LOS VECINOS AFECTADOS POR LOS RUIDOS DE LA MADRILA CUENTAN EN EL JUICIO EL INFIERNO QUE VIVÍAN TODOS LOS FINES DE SEMANA

«De jueves a domingo dormíamos en el pasillo porque el ruido era insoportable»

Denunciaban a diario a la policía pero no solucionaban la situación, por eso presentaron la querella criminal. Los residentes aseguran que les vibraba toda la casa, a pesar de que muchos insonorizaron las ventanas

Uno de los vecinos de La Madrila, durante su declaración ayer en la sala del jurado del palacio de justicia.
FRANCIS VILLEGAS
Sira Rumbo Ortega

Los vecinos de La Madrila relatan el «infierno» que vivieron entre 2008 y 2011 por los ruidos que emitían los locales de copas. Cinco de ellos dieron ayer su testimonio en la séptima jornada del juicio, aunque no serán los únicos, ya que en los próximos días se espera que detallen su vivencia otros muchos. Ayer una de las declaraciones más duras fue la de Francisco M. S., que vive en el número 2 de la calle Santa Teresa de Jesús desde el año 2003. En su caso los problemas comenzaron en 2008, cuando Submarino y Airbag (después Gabana) comenzaron a funcionar, porque el ruido que emitían hacía que temblara toda su casa. Hasta tal punto que hubo momentos en que temió «que se partiera algún cristal» de las ventanas. El segundo de los establecimientos cerró al tiempo y no se encuentra imputado en esta causa.

Tenía una niña recién nacida (nació en 2007) a quien le era imposible conciliar el sueño. «De jueves a domingo dormíamos en el pasillo porque la niña no podía dormir. Cerrábamos todas las puertas de la casa para que hubiera el menor ruido y nosotros nos sentábamos al lado de la cuna por si lloraba o se despertaba», explicó sin contener las lágrimas. Así estuvieron hasta 2012, cuando la Audiencia dio la orden de clausurar Submarino. A día de hoy sigue cerrado.

Decidieron instalar incluso doble ventana en toda la casa pero la situación, lejos de mejorar, empeoró. El problema, asegura, no era la gente que se acumulaba en la calle, sino el ruido que generaba la música de los bares. «Era como si tuviese la discoteca en mi casa, el pum pum retumbaba en las ventanas y en la casa». De hecho, explicó, el cierre de la calle Santa Teresa de Jesús ordenado por la exalcaldesa, Carmen Heras, ni si quiera lo notó. «Si hubiese notado un cambio no habría seguido poniendo denuncias ni estaría aquí», añadió.

Dice que llamó a la Policía Local «cientos de veces», todos los fines de semana. «Les llamaba y les contaba la realidad. Me decían que mandarían una patrulla pero aquello seguía igual», señaló. A los ruidos se unía además la gente que «orinaba, defecaba y vomitaba» en su portal. En este sentido llegó a presentar un informe de Sanidad al exconcejal Carlos Jurado. Esta situación se dejó notar también en las relaciones familiares, por la irritabilidad que les generaba el no poder conciliar el sueño.

Él pertenecía a la asociación Cacereños contra el ruido, colectivo que se creó, según indicaron ayer en el juicio algunos de sus miembros, para solucionar el problema de La Madrila. Y fue uno de los vecinos que firmó la querella criminal. Contó que un día, en una visita de Heras al barrio, acudió con el colectivo. «Le pregunté que porqué desde que el Seprona había medido en algunos pisos -en el suyo no se hicieron mediciones- no se había hecho nada y me contestó que cómo iban a hacer algo si todos sabíamos que Antonio Durán -entonces presidente de Cacereños contra el ruido y que ha fallecido- era guardia civil», explicó.

VIBRACIONES / Ayer también declaró Emiliano A. M., residente en el número 3 de Hernán Cortés desde 1989 y a quien molestaban los ruidos de Down, Maquiavelo y Sugar. «Me temblaba la casa entera y tuve que quitar los cuadros de la pared porque se caían», afirmó. También aisló su vivienda instalando doble ventana, pero nada mejoró porque «a mí no me molestaba el ruido de la calle». Finalmente tomaron la determinación de marcharse los fines de semana a la casa que su suegro tenía en el pueblo, lo que supuso al matrimonio problemas con sus hijas, que entonces tenían 18 y 24 años.

Puso decenas de denuncias: «Les pedía que por favor les obligaran a bajar la música, que hicieran algo, pero nunca contestaban a estas denuncias», asegura. En 2010 la Policía Local realizó una medición en su vivienda pero nunca nadie le transmitió el resultado. Un día llegó incluso a reunirse con el exconcejal Carlos Jurado: «Le dije que teníamos un problema gordo y me contestó que no sabía qué podían hacer. También me dijo que la verdad era que ese barrio les daba pocos votos», señaló.

Se unió también a Cacereños contra el ruido. «Nos querellamos contra Heras y Jurado porque entendíamos que eran los responsables de que las denuncias no se tramitaran», contestó este vecino. Actualmente, de los tres bares que le molestaban, solo funciona Down pero dice que «ha bajado el volumen» y que la situación ha cambiado por completo.

Otro de los afectados que prestó declaración fue Ignacio A. D., que vivió entre 1998 y 2014 en el número 8 de Doctor Fleming. A él le molestaba el ruido de Tacones, sobre todo entre 2009 y 2010. «Era tremendo, de jueves a domingo mi habitación retumbaba», contó. Puso doble ventana para intentar aislar su casa pero, como le ocurrió al resto de vecinos, esto solo agravó el problema porque las vibraciones se notaban más.

habló con los dueños / Desesperado, bajó incluso en alguna ocasión a hablar con los propietarios (fueron dos en esos dos años) pero no hacían caso. Y presentó decenas de denuncias que nunca tampoco fueron contestadas. Vivía en La Madrila desde 1998 pero según él la situación empeoró desde 2007. «Fue una selva con respecto a los locales, todo el mundo hacía lo que quería. La responsable entonces era la señora Heras», afirmó. La situación de estrés que esto le provocaba le llevó a sufrir una taquicardia una noche y como secuela le ha quedado intolerancia al ruido. «No puedo entrar en bares con música porque tengo taquicardias».

También declaró la viuda del expresidente de Cacereños contra el ruido que falleció en 2012, Concepción P. G., y a quienes molestaba Tacones. Aseguró que «las vibraciones que llegaban a nuestro dormitorio eran insoportables, acostábamos a los niños en un rincón de la casa y nosotros dormíamos como podíamos». Su marido sufrió episodios de ansiedad, nerviosismo e insomnio.

Por último declaró Eutiquiano M., a quien molestaba Submarino: «No dormíamos por el ruido», dijo. Su interrogatorio fue corto porque tiene graves problemas de audición desde hace «cuatro o cinco años». El juicio continuará hoy.

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