REEDICIÓN DE UN ESCRITOR ESTADOUNIDENSE

El poeta que amaba las cosas sencillas

William Carlos Williams publica una completa antología

SERGI SÁNCHEZ epextremadura@elperiodico.com BARCELONA

Muy de vez en cuando una película logra coger de la mano a aquellos que no entienden de poesía y les invita a entrar en ese mundo, no con ilustraciones o análisis sino provocando sensaciones. Recientemente lo ha logrado Terrence Davies en Historia de una pasión, encerrando al espectador en la soledad de Emily Dickinson, y vuelve a hacerlo ahora Jim Jarmusch con Paterson, que no es un biopic de William Carlos Williams sino algo mucho mejor, una quintaesencia de la mirada sencilla y directa pero esmeradamente profunda de uno de los grandes poetas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, al que muchos críticos sientan junto a T. S. Eliot y Ezra Pound, de quienes fue contemporáneo.

Por cierto, el efecto rebote de la poesía en una película tiene ya su tradición: ocurrió con E. E. Cummings gracias a Hannah y sus hermanas y descubrió a muchos a nada menos que a W. H. Auden en Cuatro bodas y un funeral, en el que es quizá el principal mérito de esa comedia.

No existiría Paterson, protagonista de la película, poeta y conductor de autobuses en la ciudad del mismo nombre, si no hubiera existido su admirado William Carlos Williams (1883 -1962), que aunque vivió siempre en Rutherford, Nueva Jersey, trabajó durante 40 años en la cercana ciudad de Paterson como médico pediatra y obstetra atendiendo más de 2.000 partos y, entre uno y otro, garrapateando sus esenciales poemas en papelitos. Poemas necesariamente breves porque el tiempo de descanso no daba para más y porque el papel más a mano era el dorso de sus recetas.

VENDE MÁS LIBROS / El estreno del filme, que fue la mejor película internacional del 2016 según algunos críticos, ha logrado despertar un interés general por el poeta y ha multiplicado las ventas de sus libros, especialmente de Paterson, un excepcional, por largo y ambicioso, poema épico sobre la pequeña ciudad que el autor se dedicó a retratar, habitantes, historia y paisaje con el mismo ahínco con el que Walt Whitman hizo el censo poético de Estados Unidos.

El caso es que Paterson tiene ahora nueva vida en las librerías. A él se unirá en marzo la próxima edición en Lumen de los Poemas reunidos del autor en edición de Andreu Jaume y excelente versión en castellano de Michael Tregebov, Edgardo Dobry y Juan Antonio Montiel. El libro reunirá varios de los poemarios de Williams –pero no Paterson– ya conocidos, al que se unirá el primerizo Kora en el infierno, publicado en 1920 e inédito.

Paterson, la ciudad, es como se aprecia en la película un lugar al que han azotado distintas crisis –y la última, no digamos– después del desmantelamiento de la industria armamentística. Allí se montó en un tiempo el Colt Paterson, rudimentario revólver que más tarde se perfeccionaría gracias al modelo 45, imprescindible en tantas películas del Oeste. Pero cuando la glosó Williams era un perfecto microcosmos para su objetivo: retratar la pluralidad y la sencillez esencial del pueblo norteamericano al ser posiblemente el lugar con mayor pluralidad de emigrantes –españoles incluidos– de la zona. De hecho, la madre del poeta era puertorriqueña, de ahí el sorpresivo Carlos de su nombre.

LA AMÉRICA DE LA CALLE / Ese melting pot le sirvió para reflejar lo que más le interesaba, la América popular y el habla de la calle que trasladó a sus poemas sin adorno y, lo más importante, sin rima pero sí con un especial y personal ritmo interno con el que, como asegura el editor Andreu Jaume, «intenta fundar una tradición desde cero».

Uno de los poemas más conocidos de Williams, La carretilla roja, es casi un haiku: «Tanto depende de/ una carretilla/ roja / barnizada por agua de la lluvia / al lado de las gallinas blancas». Y es fácil detectar en él el modelo de los poemas de Paterson, el personaje de la película, escritos en realidad por el poeta Ron Padget, tan obsesionado como él por los objetos. «No hay ideas sino en las cosas», escribe, constatando que estas no sirven como símbolo sino como realidad en sí misma. Ese famoso verso, que forma parte de la primera parte de las cinco que componen Paterson, el libro, funciona como reveladora llave de su poética.

Lo explica el editor Andreu Jaume. «Su visión poética es como la de un médico de pueblo, alguien que sabe escuchar a los demás para entender los síntomas y sus enfermedades y es capaz de explicarlas sin prejuicios y sin una visión ordinaria. Puede parecer muy sencillo pero es un poeta muy, muy complejo», asegura este experto en su obra.

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