DIVULGADOR DE LA BOTÁNICA

El gurú de las plantas Carlos Magdalena


DAVID CASTRO

POR JUAN FERNÁNDEZ

Si viéramos en time lapse el crecimiento de una trepadora, creeríamos que es un animal escalando una pared. Si espiáramos el desarrollo de una raíz a cámara rápida, veríamos que avanza, gira, sube y baja por la tierra como si fuera un reptil. Al escarabajo que lo poliniza, el nenúfar victoria regia del Amazonas le pone hasta calefacción. Las plantas no tienen cerebro, pero piensan, sienten y se comunican con el entorno. Son seres vivos como usted y como yo».

Carlos Magdalena (Gijón, 1972) habla con el ímpetu acelerado de un iluminado y luce el aspecto desaliñado de un anacoreta, pero no dice nada que no provenga de la pausada observación científica, y si acepta que le llamen «mesías» es solo por estrategia de marketing. Como si se tratara de un extrañísimo espécimen originario de una selva remota, su caso reúne un ramillete de rarezas que le convierten en una rara avis única en el mundo.

No ha pisado un aula de universidad en su vida, pero sabe más de plantas que el catedrático de botánica más avezado. En España es un perfecto desconocido, pero el divulgador David Attenborough le ha puesto por las nubes en sus documentales de la BBC. En su Asturias natal no pasó de camarero, pero hoy es el horticultor estrella del Kew de Londres, el jardín botánico más importante de Reino Unido. Se fue de casa para buscarse la vida a salto de mata y hoy recorre el planeta buscando especies vegetales en peligro de extinción para salvarlas, aventura que ahora ha contado en el libro El mesías de las plantas (Debate).

Criado en una floristería

Si Carlos Magdalena fuera un árbol, el primer nudo en el que convendría detenerse estaría a la altura de las raíces. Hijo de la dueña de una floristería y de un comercial, su infancia huele a los geranios que su madre vendía en su local y suena al canto de los jilgueros que su padre le traía de sus viajes. Por entonces, su mayor ilusión consistía en ir a la finca familiar y entregarse al cuidado de plantas y animales como quien sigue las instrucciones de una voz interior muy pura. «¿Cuándo empezó lo mío? Antes de tener conciencia, me recuerdo trasplantando macetas, haciendo injertos y dando de comer a los pájaros», cuenta Magdalena, quien de niño solo tenía una idea clara en la cabeza: «Cuando fuera mayor quería ser Félix Rodríguez de la Fuente».

Podría haber basculado hacia la zoología, pues su fascinación primigenia por los animales no era menor que por los vegetales. Lo cierto es que su intuición botánica se desarrolló con la naturalidad con que mudó los dientes de leche y cuando vino a darse cuenta estaba tan familiarizado con la floración de las angiospermas como con los lunares de su piel. Entendía a las plantas.

Tanto, y de forma tan natural, que en aquel momento no se le ocurrió que su sexto sentido vegetal podía encerrar un futuro profesional. El sistema académico tampoco ayudaba. «La idea del profesor dando lecciones en el aula me echaba para atrás. Además, yo soy un naturalista, pero no existía una carrera que incluyera la botánica, la horticultura, el paisajismo, la jardinería… O me hacía biólogo o ingeniero forestal, y no me atraía».

El siguiente hito trascendental en su vida ocurrió en el anillo 28 de su tronco y tuvo forma de hachazo. Tras cortar con su novia, perder su trabajo de camarero y enterrar a su padre, de pronto se vio como los árboles que sufren una poda salvaje: confrontado ante la tesitura de elegir un nuevo camino y partir de cero con savia renovada. Era el momento de volar del nido y «escuchar la London calling», esa llamada a la aventura que había estado retrasando durante años.

Sin billete de vuelta

Se marchó a Londres sin billete de vuelta, con la excusa de aprender el idioma y la vaga idea de probar suerte en el mundo de la botánica, pero sin saber cómo ni dónde y abierto a la idea de seguir explorando el planeta una vez dominara el inglés. La cabra tira al monte: al poco de encontrar su primer trabajo de sumiller en el restaurante de un hotel, empezó a encargarse de los arreglos florales del local. «Un día se me ocurrió hacer un ramo con las especies que encontré en el jardín y, sorprendidos, me preguntaron dónde había estudiado floristería. En cuestión de semanas, mi habitación era una jungla», recuerda.

Sin más brújula que su olfato, empezó a recorrer las instituciones londinenses que podían guardar relación con las ciencias naturales. Visitó museos, exploró parques, se pasó por el zoo… Pero la gran epifanía le aguardaba en el jardín botánico. «Fue cruzar la puerta del Kew y sentir de pronto: este es mi sitio. Nunca había visto nada igual. Más de 80.000 especies vegetales ante mis ojos, multitud de hábitats naturales reunidos, era el paraíso», rememora.

Una misión

Para colmo, volviendo esa tarde extasiado al hotel, en el metro encontró una hoja de periódico que hablaba de las dificultades que estaban encontrando en el Kew para salvar a la Ramosmania rodriguesii, un arbusto originario de la isla de Mauricio del que solo quedaba un ejemplar y que no lograban reproducir. El hombre que susurraba a las plantas tenía una misión: a los pocos días se plantó en el botánico, pidió audiencia con el director y le soltó: «Yo necesito este lugar, pero hay algo que usted no sabe, y es que este lugar me necesita a mí».

Escamado por el descaro de aquel español que enseguida se puso a hablarle de las mejoras que urgían en el jardín, el responsable del Kew le ofreció entrar a trabajar como becario. Magdalena se agarró a aquella oportunidad como una hiedra a las grietas de un muro. Su sabiduría natural con las plantas tardó poco en llevarle a especializarse en el tratamiento de variedades en riesgo de extinción y en los últimos 15 años se ha dedicado a viajar por los cinco continentes buscando modalidades vegetales que están a punto de desaparecer.

A varias ha conseguido salvarlas del exterminio, como la Nymphaea thermarum, el nenúfar más pequeño del mundo, que ya había sido dado por perdido y él logró reproducir, o la propia Ramosmania rodriguesii, del que fue capaz de obtener lo que nadie había conseguido: semillas para que nazcan nuevos ejemplares.

Ahora, su labor como rescatador de especies en peligro la combina con la divulgación. Da conferencias, enseña principios de horticultura a lugareños de todo el planeta para que sus hábitats sean sostenibles y contagia su amor por el reino vegetal a todo el que le escucha. «En el origen hubo una célula que se dividió y dio lugar a dos tipos de células. Unas decidieron explorar el mundo y alumbraron a los animales. Las otras se asentaron en el terreno y dieron lugar a las plantas. Pero todos venimos de lo mismo», advierte.

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