Editorial

Alemania, la suerte de Europa

Faltan seis días, pero la suerte está echada. Angela Merkel y su partido democristiano, la CDU en coalición con los socios bávaros de la CSU, serán los ganadores de las elecciones. Las incógnitas habitan en los demás partidos. ¿Cómo quedarán los socialdemócratas del SPD? ¿Regresarán al Bundestag los liberales? ¿Cuál será el impacto de la ultranacionalista AfD? ¿En qué situación quedarán La Izquierda y Los Verdes? De la respuesta a estos interrogantes dependerá el futuro Gobierno alemán.

En los 12 años en los que ha ocupado la cancillería, Merkel ha tenido serias caídas de popularidad como, por ejemplo, con la crisis de los refugiados iniciada en verano del 2015, cuando se quedó completamente sola, sin ningún apoyo del resto de la UE. Sin embargo, la estabilidad económica que su gobierno ha dado a Alemania cuando la mayor parte de países europeos se desangraban sumidos en la peor crisis que se recuerda, ha convertido a la cancillera en un aval de progreso y continuidad. Es cierto que en estos años el riesgo de pobreza y de precarización ha crecido y que las diferencias entre este y oeste del país han aumentado en vez de reducirse, pero una gran mayoría de alemanes sigue confiando en ‘mutti’, en mamá, como se la llama popularmente, que les promete una Alemania en la que vivir mejor y más felices, según reza su programa electoral.

Aunque las urnas confirmen la mayoría parlamentaria que los sondeos otorgan a los democristianos, la Alemania que salga de estas elecciones puede deparar sorpresas y algunas, desagradables. Merkel necesitará coaligarse con otra fuerza. Si los liberales entran en el Bundestag como parece probable, pueden ser de nuevo socios como ya lo fueron en el pasado. Si los resultados apuntan a una repetición de la coalición con los socialdemócratas, existe el riesgo de que la extrema derecha del AfD, según el número de escaños, acabe convirtiéndose en la oposición parlamentaria, y sería una pésima noticia.

La posibilidad de un Gobierno en minoría o de unas nuevas elecciones sería un puñetazo a la política de estabilidad, marca de la casa de Merkel.

Sería un mal escenario para Alemania, pero también para Europa porque guste más o menos, la cancillera es una roca sólida a la que agarrarse en un mundo en el que los líderes de dos grandes países se llaman Donald Trump y Vladimir Putin.

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