Cartas al director

Fantasías

Problema con la pornografía

Dolores Bravo  // Barcelona

La pornografía se ha convertido actualmente en un acto consumista banal al alcance de los niños mediante los dispositivos electrónicos y ordenadores, con la cual, ausente la autoridad de los adultos, caen en una pendiente adictiva que los perjudicará de por vida, a menos que se tomen medidas contundentes.

Pero, ¿cuál es realmente el problema?

La pornografía llena la mente del que la ve, con fantasías degradantes que sólo producirán aburrimiento frente a las mujeres de carne y hueso llegando al punto de hacerle emocional y físicamente incapaz de tener una vida sexual normal.

La psicóloga MaryAnne Layden dice que «perjudica el rendimiento sexual de sus consumidores con problemas de eyaculación precoz y disfunción eréctil.

Después de continuadas experiencias sexuales anti naturales a través de revistas, películas e internet tienen dificultades en tener sexo con un ser humano real: el porno reduce su capacidad de experimentar el sexo».

El porno le entrena para aburrirse del compromiso. El hombre adicto deja de ser cautivado por una mujer, se ha convertido en un glotón que nunca se llena.

Las modelos más seductoras no logran mantener su interés más allá de unos segundos, cuánto menos su novia/mujer.

La persona que ve porno, experimenta una muerte interior, sin embargo, regresa una y otra vez al engaño de lo que sólo le deja más vacío que antes.

Esto es así porque su parte espiritual, que debe ser gobernada por la razón y satisfecha por un orden superior, le orienta a un uso del sexo adecuado a su finalidad, esto es, a la reproducción.

La pornografía, así como todos los actos que violan este mandamiento de fecundidad física y sobrenatural, dejan al hombre en condiciones pésimas para subir por la cuesta de la perfección a la que todos hemos sido llamados.

Dios nos creó con el mandato de crecer y multiplicarnos, y cuando la función reproductora se aparca y sólo emerge el apetito sexual saciado a base de actos de lujuria pero que nada tienen que ver con el amor comprometido, se distorsiona no sólo la mente, sino el alma, incapaz de mirar a las criaturas con sencillez, y menos todavía de comprender a Dios.

Las relaciones se rompen y el hombre, cuando no el niño o la mujer, se aisla en un mundo cíclicamente oscuro y sin salida del que sólo puede huir con la ayuda de Dios o de una fuerte determinación.

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