La revolución digital

Google y nosotros

¿Se preocupan gigantes como Amazon por la tiendas de juguetes que cierran?

Ángeles González-Sinde

Como los padres cada vez más compramos los juguetes en webs, parece ser que las mayores tiendas de juguetes del mundo tienen problemas económicos y quizá tengan que cerrar. Como conservo una fantasía infantil, la noticia me sugirió inmediatamente un cuento en el que los niños ven con asombro como desaparecen los lugares donde los juguetes se pueden ver y tocar. Ya solo podrían elegirse en internet viendo sus escuálidas fotitos digitales en, pongamos, Amazon, pero sin palparlos. Hasta no haberlos pagado y recibirlos en casa, los juguetes, aunque seguirían existiendo como existen las fábricas alicantinas llenas de personas de carne y hueso que los manufacturan, serían una entelequia. Nada de una experiencia táctil y olfativa (¿quién no recuerda el olor a muñeca nueva?). Desaparecerían los escaparates a los que tanto nos gustaba pegar las narices en la infancia. ¿Y qué perderíamos? La capacidad de proyectarnos al futuro, de imaginarnos con esa muñeca, esa construcción, ese triciclo, esa cocinita en las manos. Sería un empobrecimiento tremendo para la psique infantil porque el juguete, no lo olvidemos, sirve para aprender a vivir.

Pues bien, de esas transformaciones habla Belén Gopegui en su última novela, ‘Quédate este día y esta noche conmigo’, en la que una matemática al borde de la jubilación y un joven a punto de terminar la carrera de ingeniería cuestionan a Google mediante una larga carta. Todo empieza porque Mateo envía una solicitud de admisión a la Singularity University de Silicon Valley, una iniciativa muy exclusiva financiada en gran parte por Google, y es rechazado. Entonces Olga le propone intentarlo de nuevo, pero sin atenerse a las reglas. Esa extensa solicitud de empleo que generan entre los dos es la novela e indaga en nuestra relación con la red y, sobre todo, en los criterios del gran buscador, puerta inevitable por la que entramos los usuarios a internet. Somete a examen el poder de Google para ordenar la enorme, caótica, desmesurada oferta de contenidos y, por lo tanto, para describir el mundo. Es Google quien decide qué formará parte de la información común y qué no, priorizando así una imagen de personas y colectividades según sus propios baremos y criterios siempre comerciales, como gran plataforma publicitaria que es.

Lo que Gopegui se pregunta es: si un robot con un buen algoritmo sabe que somos tan previsibles como para mandarnos información personalizada, ¿es que no existe libre albedrío? Y si no existe y en el fondo nuestro destino está bastante escrito en nuestra carga genética, los condicionantes ambientales, sociales, biológicos, el ‘big data’ y el rastro digital que generamos, ¿somos responsables de nuestras decisiones? ¿Y es mérito nuestro aquello que hacemos bien? En otras palabras, ¿tiene sentido hablar de la meritocracia, de que algunos se merecen que les vaya mejor porque han hecho méritos, mientras a otros les va mal porque no se esfuerzan? Es una pregunta importante, pues, como señala la novela, es la creencia dominante hoy. Sin embargo, cualquier desempleado deja de creer automáticamente en la meritocracia cuando sabe que trabajó y se esforzó como el de al lado y aun así fue despedido. También el que tiene un empleo precario e insuficientemente remunerado sabe que la meritocracia es una falacia. Tonto es el que triunfa y se arroga todo el mérito, cuando el azar de haber nacido en tal lugar y en tal época en sí mismo ya marca. Como afirma Gopegui, el mérito es una pantalla vacía, un pretexto. Mejor sustituirlo por perseverancia o talento, cualidades que no se poseen sino que se encuentran y se usan, algo mucho más democrático y esperanzador.

De la esperanza habla mucho Gopegui. Y de la desesperanza e impotencia de quien es rechazado. ¿Se preocupa Google por cuanto excluye? ¿Se preocupan el algoritmo, el robot? Yo también me lo pregunto. ¿Se preocupan gigantes como Amazon por el mundo que dejan fuera? ¿Por las tiendas de juguetes que cierran? ¿Por los niños que no podrán mirar escaparates sino solo los anuncios que los publicistas ideen para sus cabecitas? El nuevo modelo de capitalismo global no tiene responsabilidad ni obligación más allá de sus accionistas, y sin embargo, como señala Gopegui, las personas seremos como sea el mundo. No hay separación entre individuo y sociedad. Somos una misma cosa, amalgamados.

Aunque a veces la lectura sea dura, está permeada de un afecto por los personajes y una dulzura muy propia de Gopegui y de un optimismo que siempre subraya la fuerza del estar juntos, resistiendo y planeando soluciones para vivir mejor muchos y no unos pocos. Porque bondad y generosidad son posibles, solo hay que ponerlas en práctica.

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