La curiosa impertinente

El libro del Buen Humor

Carmen Martínez-Fortún

Cada vez que tengo que explicar a Juan Ruiz se me alegra el corazón pues este clérigo amador me es especialmente querido. Prodigio de simpatía, sabiduría y nula pedantería, generoso y disfrutón es además portentoso poeta. Todo esto intento transmitir a los alumnos, persuadida de que, como dijo Delibes allá por el siglo pasado, un pueblo sin literatura es un pueblo mudo. Y cuando los profesores de Secundaria nos peleamos contra el tiempo, los programas, la tiranía de la imagen y el desprecio por los libros, maldigo el atentado continuo a las humanidades en un mundo que necesita tanto de ellas.

Lo bueno, sin embargo de ser profesora de jóvenes, es que ellos, aunque no lo sepan, contagian el entusiasmo que la vida aún no les ha hecho perder.

Y así mantenemos las ganas de descubrirles el tesoro de nuestras letras. Y esto, querido lector, no es un tópico. La literatura salva del desencanto que amenaza cuando no se ven resultados visibles mucho más que sustancias tales como el triptófano que activa la serotonina y no sé cuántas cosas más.

Si la frustración avanza porque alguno de los chicos cree que el famoso Tenorio es un cantante, solo puede salvar el humor, y así lo prueba en el siglo XIV, época mala donde las haya, el Arcipreste de Hita con reveladores consejos: «El hombre, entre las penas que tiene el corazón, debe mezclar placeres y alegrar su razón».

Yo le sigo cuando escribe que «como de cosas serias nadie puede reír, algunos chistecillos tendré que introducir». Y por eso a menudo abandono las páginas graves de los periódicos con la última patochada de Trump, Puigdemont o Rovira, por ese orden, y me centro, por ejemplo, en los extraordinarios poderes de las personas pelirrojas, capaces de soportar el dolor fuera de toda ponderación.

Cada vez que me tiñe mi legión de cañas, insto a mi amable peluquera a que huya de los tonos anaranjados que detesto. Pero si con ello voy a tener superpoderes, cambiaré de criterio. Y me dirijo a todas aquellas a las que como a mí las mechas se les vuelven rojizas y lo odian. ¡Pedazo de mujeres que vamos a ser!

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