DIARIO EXTREMEÑO EN INDIA (V)

Alabado seas, Vicente Señor

Anna Ferrer, esposa del fundador, cumplirá el próximo enero 50 años de servicio a la causa que saca de la pobreza extrema a millones de indios. En una charla con EL PERIÓDICO EXTREMADURA explica cómo fue el largo camino que la trajo hasta aquí

Miguel Ángel Muñoz Rubio

En enero de 2019 hará 50 años que Anna Ferrer llegó a Anantapur. Entonces ella tenía 21, una joven periodista inglesa, enviada especial a la India que se enamoró de Vicente Ferrer, el hombre con quien compartió no solo un proyecto de vida en común sino toda una oda de lucha contra la pobreza extrema. Anna nos recibe en un salón de actos del campus de la fundación donde nos encontramos. «¿Os cuidan bien?», pregunta con su voz delicada, con esa educación y cuidado en los modos que la hacen sencillamente cautivadora. A partir del inicio de esta charla de una hora de duración, todo será una lección de sabiduría, de sentirte pequeño ante la mujer que sintetiza la inspiración, la motivación y la determinación que posibilita la conquista de los sueños.

Vicente era un jesuita español que durante sus primeros 16 años en la orden trabajó como misionero. Le permitieron hacerlo en la India, el país por el que se sentía fascinado. Pero no tardó Vicente en darse cuenta de que lo suyo era dedicarse a las personas, no a los libros sagrados ni a las instituciones. Fue así como colgó los hábitos, salió del trabajo tradicional de los misioneros y se fue a los pueblos para estar al lado de los más pobres.

Era Vicente un hombre ambicioso que promulgó el desarrollo como vía para evitar la marginación, de modo que se granjeó muchos amigos, pero también algunos enemigos, sobre todo gentes del gobierno y prestamistas, a quienes estaba dejando sin trabajo porque cada vez eran menos los indios que iban a los bancos a pedir dinero puesto que Vicente les daba trabajo. Comenzó así una cruzada gubernativa para que el jesuita no obtuviera la nacionalidad. Sin embargo, la cerrazón generó un efecto boomerang en forma de campaña campesina para impulsar su no expulsión del país, lo que obligó al gabinete de Indira Gandhi a reconducir la situación y a aceptar que Vicente Ferrer se quedara y que lo hiciera para siempre.

Anantapur, uno de los lugares con más sequía del planeta (¡cuántos casos de suicidio de jornaleros se registran porque la falta de lluvia arruina sus cosechas!), fue el lugar elegido para iniciar su obra. Aquí llegaron en 1969 cuatro personas: Vicente, Anna y dos voluntarios indios. Empezaron de cero, sin fondos, ni casa, ni oficina, ni equipo, ni nada. Durante los primeros 25 años trabajaron en 200 pueblos, ahora lo hacen en 3.500. Si crees que todo es posible, puedes subir montañas.

La fundación llegó a una India cuyos habitantes habían perdido la esperanza, pero Vicente les enseñó la forma de conocer y reivindicar sus derechos, que la mujer estudiara para erradicar la violencia contra ellas (¡si han tenido que dejar de hacer ecografías en los hospitales porque había madres que al enterarse de que llevaban a una niña en sus entrañas directamente abortaban!), a construir lavabos (¡la gente mea en las cunetas porque no hay baños y en Nellore 254 familias viven en un cementerio, mancados de los servicios básicos!). Estamos en el mundo para remediar los sufrimientos, las guerras, las injusticias. Ese es el sentido de nuestras vidas. Vicente Ferrer vino a salvar la tierra para salvar al ser humano, para poner en sus manos los mecanismos del progreso. Instruyó a personas debajo de chozas y de árboles. Concienciación, conocimiento, educación y corazón. Trabajó de lunes a domingo; «no hay una palabra que se llame vacaciones», decía. Es normal que aquí lo adoren como se adora a un Dios.

Anna Ferrer termina su charla entre aplausos. Horas después suena el despertador. A la entrada de Siddarampuram hay una fuente pública en la que se agolpa una cola de indios con sus garrafas y a las puertas de una choza una niña descalza da saltitos sobre un charco. Entramos en una escuela de este poblado de Anantapur donde se desarrolla el programa de nutrición. Con los dedos índice y pulgar una madre distribuye un huevo duro entre sus dos pequeños. Se nos acaban de romper todos los esquemas de la embustera Europa moderna. Alabado seas, Vicente Señor.

Outbrain