Imposible resistirse a la carta del restaurante del Parador, especializado en el más típico recetario de la tierra. Para acompañar la comida o la cena, un tinto Ribera del Duero de su cuidada bodega.
Parador de Salamanca. Está lo suficientemente cerca de la ciudad como para descubrirla sin prisas, y lo bastante lejos para relajarse mientras se contempla su mejor panorámica.
Situado en la margen izquierda del río Tormes, sobre un montículo que mira de frente el casco monumental de la ciudad, se alza el Parador de Salamanca, que, sin ser un edificio histórico de ilustre pasado, destaca por su elegancia y por pequeños detalles que lo hacen grande. También, por ser un balcón excepcional desde el que contemplar las torres de la Catedral y un lugar de descanso privilegiado, ajeno al bullicio habitual de la urbe estudiantil.
Sus habitaciones están decoradas con mucho gusto en colores nobles y cálidos, con la presencia de mármoles y otros materiales de lujo, que aportan todo el confort necesario.
Un estilo moderno y contemporáneo se exhibe tanto en el interior como en el exterior del Parador, que cuenta en sus instalaciones con una piscina al aire libre, un área de juegos infantiles, exuberantes jardines tropicales y una pista de tenis para ejercitar los músculos después de un paseo por la amable ciudad castellana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Por la Vía de la Plata
Salamanca es una de las localidades por las que pasa aquella antigua ruta romana que atravesaba el Oeste de la Península para unir Norte y Sur.
Aprovechando un camino natural, utilizado por el hombre y el ganado, los romanos trazaron una calzada con el fin de unir el sur de la Península con la costa atlántica.
Tropas, comerciantes y viajeros circularon por ella difundiendo a su paso la lengua, la cultura y los modos de vida propios del Imperio, que creó así una gran ruta para la comunicación y el comercio. Un camino que sería utilizado después tanto por árabes como por cristianos durante la Edad Media y que nos sirve ahora para descubrir las paradas que en su día la formaron, entre las ciudades de Sevilla y Gijón.
Antes de iniciar la ruta, es conveniente una pequeña aclaración. La palabra “plata” deriva del árabe “bal’latta”, que quiere decir “empedrada”, tal y como era esa calzada, con dos altos en el camino señalados en la provincia de Salamanca: la propia ciudad y Béjar.
Una buena excusa para visitar la capital salmantina, ciudad que bulle en torno a su impresionante Plaza Mayor y que brinda a sus visitantes un itinerario cultural de los mejores de la Península y que debe pasar siempre por la Universidad, la Casa de las Conchas y sus dos Catedrales: la vieja, románica, y la nueva, gótica.
Béjar es, por su parte, cabecera de una zona montañosa de numerosos alicientes paisajísticos, que hay que disfrutar con tranquilidad después de recorrer su calle Mayor y admirar su Palacio Ducal del siglo XVI. Tras caminar por su centro histórico, se nos presentan dos opciones: visitar la hermosa villa de Candelario o proseguir la Ruta de la Plata hacia Zamora, si se mira al Norte, o hacia la extremeña Baños de Montemayor, si decidimos poner rumbo al Sur.
La leyenda dice que el diablo enseñaba magia negra a los estudiantes en el interior de la Cueva de Salamanca, que es, en realidad, la cripta de la desaparecida iglesia de San Cebrián. Un lugar mágico en el que realidad y fantasía se mezclan. Se puede visitar de noche –viernes y sábado– mientras tiene lugar un espectáculo de luz y sonido.
Una ciudad monumental como Salamanca no tiene por qué olvidarse de la aventura. Es posible practicar piragüismo surcando las aguas del río Tormes o montar en bicicleta por el carril habilitado del paseo Fluvial.





