Especial Paradores
La decoración del Parador conserva aires monacales, que se respiran entre pasillos y bajo bóvedas hasta alcanzar la gran joya del edificio: su claustro renacentista.
Espíritu monacal


Parador de Trujillo. La austeridad del granito y la modernidad de sus habitaciones encuentran armonía en este antiguo convento, en una de las más bellas plazas de esta ciudad cacereña.

El Parador de Trujillo es el mejor centro de operaciones posible para seguir, por tierras extremeñas, la Ruta de los Conquistadores con la calma que requiere. Calma que se halla en cualquier rincón del que fuera Monasterio de Santa Clara, de recios muros y amplios salones, construido en el siglo XVI y habitado en sus tiempos por monjas concepcionistas, cuyo único contacto con el exterior se producía a través de un torno, que se conserva a la entrada.

Sus antiguas celdas han dado paso a habitaciones nobles y modernas –todo un contrapunto con estilo– en las que priman la madera y los tonos cálidos. El refectorio es hoy un agradable bar, animado a todas horas, donde tomarse un respiro y charlar antes de sucumbir a la carta del restaurante: sopa de tomate al comino, embutidos ibéricos, solomillo de ternera retinta a la parrilla con torta del Casar… y un helado artesano de queso que al propio Pizarro a buen seguro le hubiera gustado probar.

Para descansar, después, un patio luminoso repleto de naranjos y limoneros.

Abriendo horizontes
Los caminos hacia el Nuevo Mundo comenzaron en Extremadura, en el triángulo que une Trujillo, Guadalupe y Medellín, cuna de conquistadores.

Trujillo merece, más que ningún otro lugar, el apelativo de “cuna de descubridores”, título de una ruta que comienza en su recinto intramuros, junto al Palacio de Luis de Chaves “El Viejo”, residencia de los Reyes Católicos.

La memoria histórica encuentra su sitio en la casa natal de Francisco de Pizarro, en la plazuela de Santa María, donde se alza también la iglesia gótica de Santa María la Mayor. Grandes personajes tienen panteones en su interior, como Diego García de Paredes, apodado el “Hércules extremeño” y que participó en la toma de Granada y en la conquista de Nápoles.

Para conocer la casa donde nació Francisco de Orellana, descubridor del Amazonas, hay que alcanzar la calle de las Palomas. Y para contemplar la estatua ecuestre de Pizarro, la Plaza Mayor, donde destaca el Palacio del Marqués de la Conquista, casa de Hernando de Pizarro en el siglo XVI.

Guadalupe es nuestro siguiente destino. Y también su monasterio, convertido en el centro religioso de mayor influencia de la Hispanidad. Frente a su escalinata, la fuente en la que fueron bautizados los primeros indios traídos de América por Colón.

En Medellín es una fortificación árabe la que vela la ciudad desde lo alto de un cerro, ya en Badajoz. En la iglesia de San Martín fue bautizado Hernán Cortés, a quien se honra con un monumento en el solar que en su día ocupara su casa natal.

Durante el primer fin de semana de mayo, Trujillo celebra su tradicional Feria Internacional del Queso con una amplia participación de países de Latinoamérica, donde los conquistadores llevaron su más preciado manjar: el producto extremeño por excelencia.
A la hora de hacer compras, Guadalupe es el paraíso de los golosos, con muchos dulces para elegir: roscas de yema, muégado, perrunillas… Para quienes prefieran algo más artesano, alguna pieza de calderería, en cobre o latón, a la venta en alguna de las tiendas de recuerdos abiertas en torno al Monasterio.
Visitar el Parque Nacional de Monfragüe, a 35 kilómetros de Trujillo, el punto de mayor interés ornitológico de España, donde se pueden realizar rutas senderistas. En él se asientan colonias de buitres leonados. Para conseguir el mejor punto de observación hay que subir al Salto del Gitano. Para las mejores panorámicas, al castillo.

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