viernes, 01 de febrero de 2008 18:07
Francisco Rodríguez
Sobre un hombre que se llama como yo

Confieso con cierta amargura que hay un hombre, casualmente llamado Francisco Rodríguez Criado, que me persigue con obstinación desde el día de mi nacimiento, hace ya treinta y cuatro años. No quiero hablar demasiado de su persona, que es débil, cobarde y fatalista bien lo sabe Dios, y eso me basta. Por todos los medios he tratado a golpes de acabar con su poderosa influencia: lo he empujado a trabajos ingratos, lo he arrastrado a sueños imposibles de realizar, lo he comprometido sentimentalmente con mujeres desapacibles, en fin, lo he sometido sin piedad al vértigo de la vida. Me pregunto si no habré sido en exceso severo; no obstante, no tengo cargos de conciencia, él tampoco los tuvo cuando retorció mi alma con pensamientos impuros y me alejó sin escrúpulos de la utopía de la infancia. En cualquier caso, ahí sigue, vivo.
Escribo estas líneas desde la desesperación de quien sabe que tiene a su mayor enemigo colgado a sus espaldas.
Escribo estas líneas sin saber por qué las escribo.
Escribo estas líneas, quizá, por necesidad.
No tengo más que añadir. Si acaso una última confesión: me apena la certidumbre de saber que no descansaré con plenitud hasta que ese hombre, casualmente llamado Francisco Rodríguez Criado, se aleje definitivamente del espacio y tiempo del que parten estas líneas.
(Este texto forma parte del libro Siete minutos, La bolsa de pipas, Mallorca, 2003)
(Imagen: Mirallmar, de Eduard Samsó)