Bailar en la oscuridad fue una de las sensaciones cinematográficas del año 2000. Como suele ocurrir de vez en cuando, los críticos fueron incapaces de ponerse de acuerdo respecto a las cualidades y carencias de la película, algo que quizá alegrara al propio director del film, el astuto Lars von Trier, que nos ofreció su trabajo bajo la políticamente correcta etiqueta de cine independiente. (La moda, últimamente, consiste en apedrear al cine estadounidense por su comercialidad).

Confieso que no me gusta el tratamiento minimalista que von Trier da a la cámara en este caso, que la película me parece rebuscadamente sórdida, que el omniscente personaje de Selma (Björk) acaba por resultarme cargante; pero por otro lado, aunque resulte contradictorio, alabo la estructura original de este drama musical. El guión, muy sólido, recuerda a los buenos guiones de cine clásico; el giro en el argumento, tan esperado como necesario, se produce cuando a Selma le roban el dinero que ha ahorrado a base de tantos sacrificios. El drama, a partir de ese momento, prosigue en la misma dirección, aunque escoge otro camino más abrupto. 

Huelga decir que no es una película para eso que ha venido a llamarse espectador de palomitas, ese ciudadano tan vapuleado en estos tiempos que ve con cierto pasmo cómo otro tipo de espectador, el pseudo-intelectual, eterno adicto a hacerse notar, ensalza este tipo de proyectos cinematográficos incluso antes de entrar en la sala.

Von Trier, con su transgresor concepto del cine, incita a la polémica. Lo suyo es el cine independiente, las películas de bajo presupuesto, el rechazo al todopoderoso Hollywood… Sin embargo, no pone ningún reparo a la hora de aprovecharse de la fama de la fabulosa Caterine Deneuve o de la no menos conocida cantante Björk.

Jugar a dos bandas. Esa podría ser su filosofía.

(Este y otros artículos en El despotricador cinéfilo)

Francisco Rodríguez Criado