El sol allí no quemaba, sólo daba calor. El tiempo estaba quieto, detenido, y el agua fluía con lentitud haciendo crecer las flores y los frutos. El viento acariciaba mansamente la piel, y la noche no era oscura, sino estrellada, clara y luminosa.

Adán sabía que ella vendría. Ambos lo sabían todo uno del otro. Sabía que Eva se recostaría sobre su cuerpo, y le acariciaría allí mismo, exactamente en la misma costilla donde ella había tenido su cuna.

Eva conocía sus miradas. Sabía que Adán le esperaría, sabía que le haría recostar sobre su pecho. Lo sabía desde siempre.

Durante aquel tiempo indefinido se habían mirado eternamente. Se habían bebido la piel del otro y habían caminado juntos hasta el límite. Por fin Adán se decidió. O ahora o nunca, le dijo a Eva. Ella le dio la mano, una mano suave mil veces acariciada por Adán, y juntos decidieron saltar la valla… y salir de aquel infierno.

Cayeron en una tierra seca y abrasada por el sol, después caminaron bajo una lluvia que les inundaba hasta los ojos, entre árboles llenos de frutas podridas y picoteadas por los pájaros. El viento de la noche les hizo zozobrar… tenían miedo y la oscuridad lo llenaba todo, pero por fin se hizo la luz.

Adán escogió entonces una hermosa manzana del árbol y se la ofreció a Eva. Comieron de ella, la disfrutaron y se miraron a los ojos por última vez. Cada uno de ellos tomó después un camino diferente. Ni ella ni él se dieron la vuelta. Ambos buscaban el paraíso. Dios sonrió.

Pilar Alcántara 

Comentario:

“El día después” es una recreación sobre el pasaje bíblico de Adán y Eva. Aquí la fruta prohibida no está en el paraíso (retratado como un “infierno”) sino fuera de él. Además, la famosa serpiente no aparece en todo el relato. Comer de la fruta prohibida –según entiendo yo– no incita aquí al pecado sino a la liberación de los sexos, o al menos a su separación: Adán y Eva toman caminos diferentes en búsqueda de sus propios paraísos.

F.R.C