Un palo era una espada; una caja de cartón sujeta con cinta aislante, la reluciente armadura; la mitad del cuero de un balón de reglamento sujeto con el cordón de una bota y adornado con unas plumas de paloma era el yelmo del valeroso caballero que, a lomos de un invisible corcel, aniquila dragones y bestias, derrota legiones de caballeros malvados y rescata a los desvalidos inocentes. Mi bici, que era igual que la del Piraña, el de Verano Azul, en ocasiones se convertía en la de Pello Ruiz Cabestany o en la de Pedro delgado; la cuesta de la panadería de mi barrio, los lagos de Covadonga (al final de la cuesta había un pilón). En cambio otras veces, con una botella de plástico incrustada entre el guarda barros trasero y la rueda, la transformaba en una flamante Harley Davison, que recorría a toda velocidad la Ruta 66, escapando del sheriff del condado y sus ayudantes.

Un atlas, una ventana abierta al mundo, miraba el mapamundi y tras el nombre de una ciudad lejanísima, hallaba historias de otras gentes, el devenir de su suerte, cómo sería su cultura, su lengua y costumbres, los paisajes, los animales. Fijaba las rutas, tanto navales como terrestres, organizaba la expedición, y partía hacia ese lugar desconocido, sentado en el sillón de mi cuarto.

Todos hemos escrito relatos en clase de lengua, yo los hacia también para mis cuatro compañeros de tropelías. A mí me suspendían por las faltas, y a ellos por copiarme hasta la ortografía. Pero no era por mis notas en los exámenes que el profesor siempre me incluyera en el grupo de empollones que redactaban los guiones de las representaciones mímicas, de clase de música o las de teatro, para fin de curso.

Jugando con la imaginación, fui pasando la infancia, la pubertad y la adolescencia. Con el primer amor, salté de los senderos de fabula pueril al delicado campo de los sentimientos que florecían dentro de mí, que se traducían en mi cabeza, en versos sueltos, que escribía en cualquier papel, para que nadie los leyera. Después, cayó en mis manos una guitarra española, a la que estuve aporreando hasta que, juntando alguno de esos versos con los pocos acordes que era capaz de interpretar, logré arrancarle mi primera canción.

Todavía conservo todos los versos, poemas, en fin, todos los textos que en algún momento escribí sobre aquello que tenía más a mano: en partes de trabajo, sobres del banco, servilletas de papel, en trozos de mantel de cualquier restaurante…   Los apilo en portafolios, sin orden, junto a una decena de cuadernos que tienen ya las pastas desgastadas y los bordes oscurecidos, dilatados, de tantas veces que se han abierto. Son como el manantial de donde beben mis canciones, pero la verdad, yo lo veo cómo ese baúl donde las abuelas atesoran fotografías de todas las épocas. Leyendo cualquiera de esos textos, por mal escrito que esté, me trae a la mente la imagen de un día concreto de mi vida, o mucho mejor, revivo una sensación, un sentimiento, un sabor, el tacto de algo que ya no volveré a tocar. Está mi vida en ese puñado de papelajos.

Tenía que contar cuándo empecé a escribir. Bueno, a hacerlo bien no lo he hecho nunca, y simplemente a escribir, ya no lo recuerdo.

ERPERROANDALUZ

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Erperroandaluz, pseudónimo de uno de los miembros del taller, ha escrito este texto para rememorar –porque esa era la tarea propuesta– cómo se aficionó a escribir. Y lo hace desarrollado los primeros días de su infancia hasta llegar a la madurez, explicando de paso cuándo y por qué surgió su interés por la escritura, que es un complemento de sus actividades musicales. Hay que decir que Erperroandaluz es músico: es el guitarrista y cantante de un grupo de rock.