Hace años trabajé como portero de discoteca en un pueblo cercano a Ciconia. Mi cometido era cortar los tickets de entrada, y luego, a media jornada, hacer guardia en los baños para evitar que nadie se metiera. Pero, como los clientes iban precisamente a eso, al final me daba por satisfecho si no se metían demasiado. El volumen de la música era infernal, así que yo me ponía tapones en los oídos, creo que porque inconscientemente pensaba que el que no escucha es como el que no ve. Y lo que allí veía era puro vacío existencial torpemente disfrazado de diversión.      

Yo había publicado ya mis primeros libros y a espera de que el mundo se rindiera ante mi talento, ay, iba de empleo en empleo –a cual de ellos peor– sometido a la falta de talento del mundo. Pasaron los meses y llegaron las Navidades, y el jefe me pidió que durante las Fiestas trabajara de camarero. Acepté. Puestos a estimular la memoria, recuerdo aquella noche en la que tres jóvenes (dos chicos y una chica) se hicieron dueños de una esquina de la barra, donde extendían a placer rayas kilométricas de polvo blanco. Yo tenía que desdoblarme para poder servir copas y al mismo tiempo enfrentarme al trío hasta que hicieran desaparecer aquellas rayas. ¡Y vaya si desaparecían: la esnifaban por turnos! Así estuvimos –ellos y yo– toda la noche. Cuando regresé a casa eran las nueve de la mañana. Me sentía vacío, deprimido. Necesitaba dormir. Pero una vez en la cama aquellas malditas rayas no se iban de mi mente. Y entonces, de repente, me eché a reír mientras me decía: “Tienes que escribir esto, Fran. Tienes que escribirlo”.

(Este textamento fue publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 20 de agosto de 2008).

Francisco Rodríguez Criado

 

En referencia al perpetuo odio entre los españoles, Azorín se preguntaba en  su libro En Huellas en la arena. El canibalismo español: “¿No se acabará el canibalismo español?”. Y a continuación lanzaba otra pregunta retórica: “¿No llegará un momento en que en la amada España se dé una era de justicia y de serenidad?”. Pues está difícil, amigo Azorín. Habría que recordarles a los optimistas ante el futuro de la raza humana que en Atapuerca, cuna del hombre europeo y por tanto del hombre español, hace, pongamos, 780.000 años ya aparecieron fósiles de lo que, dicen los paleontólogos, fue un banquete de canibalismo donde unos simpáticos homínidos se zamparon a otros. El hombre es un lobo para el hombre, cuando no una merienda. Pero con la modernidad las cosas han cambiado. Ahora es contraproducente arrancarle el hígado de un bocado a tu vecino porque al fin y al cabo es un cliente en potencia al que venderle un seguro o una lavadora. Además, la buena salud actual de la cocina española nos da un respiro: es lógico pensar que cuanto más sabrosos sean nuestros platos, menos tentaciones tendremos de comernos un brazo humano, que, supongo, acarrea digestiones más pesadas.

Puede que el canibalismo, en el sentido literal de la palabra, haya desaparecido de nuestras geografías; no así el odio y el rencor, que son alimentos fundamentales de nuestra dieta como lo fue el estofado humano en los tiempos cavernarios. Hacen bien esas mujeres que huyen espantadas ante piropos como “Estás para comerte”. Inconscientemente saben que si bien el hombre de Atapuerca ha muerto, su espíritu sigue vivo.

(Este textamento fue publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 18 de octubre de 2006).

Francisco Rodríguez Criado

 

 

 

Leyendo un número atrasado de la revista de literatura Quimera me entero de que Vladimir Nabokov, antes de morir, mandó quemar su novela inacabada The original of Laura, y que ahora sus herederos no acaban de decidir si deben seguir las indicaciones del escritor o bien lanzar la obra al mercado. Esta historia nos remite al asunto de Kafka y su editor, Max Brod. El primero, casi inédito en vida, le pidió al segundo que quemara todos sus manuscritos. Si ahora disfrutamos de los libros de Kafka es porque Brod fue un chico desobediente y pasó esos textos no por el fuego sino por el tráfago de la imprenta.

Fuego o imprenta, esa es la tesitura de los familiares de Nabokov. Me pregunto, a sabiendas de lo enrevesado que era el famoso autor de Lolita y Pálido fuego, si esa petición de destrucción no sería un avieso juego por su parte para poner entre la espada y la pared a sus herederos cuando él ya estuviera criando malvas. Por eso de los vasos comunicantes, me estoy acordando ahora de La visita de la vieja dama, una tragicomedia en tres actos de encantadora maldad en la que su autor, Friedrich Dürrenmatt, plantea un dilema similar: una multimillonaria anciana visita Güllen, su empobrecido pueblo natal, para ofrecerles a sus habitantes mil millones de libras si acaban con la vida del futuro alcalde, con quien tiene una cuenta pendiente.

Si los familiares de Nabokov pudieran leer esta humilde esquina de prensa, yo les recomendaría que hicieran una fogata con el manuscrito de la discordia. Cierto que dejarán de ganar dinero fácil, pero no es menos cierto que con un poco de suerte podrán dormir a pierna suelta.

(Este textamento fue publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 13 de agosto de 2008).

Francisco Rodríguez Criado

Mi novela Historias de Ciconia ha nacido cuando menos lo esperaba, en pleno agosto, con 40º a la sombra. Si la criatura sobrevive a estos calores, será presentada en sociedad en septiembre.

(Para conocer más datos sobre la novela, pulsar aquí).  

 

Desde una óptica antropológica resulta interesante comprobar lo fácil que es hacerse famoso en España. Para conseguirlo basta violentar con inquina los códigos de una pseudrotribu aparentemente rival, a esperas, cómo no, de ganar puntos en la pseudotribu a la que uno pertenece. Pasó con Pepe Rubianes, con el fotógrafo Montoya, y pasa ahora con Lluís Suñé, un edil de ICV-EUiA de Torredembarra (Tarragona), quien, en un intento de ser más catalán que nadie en el tema de las balanzas fiscales, inició en su blog un simulacro de campaña de apadrinamiento de niños extremeños. Un poquito de polémica, escaso respeto hacia el prójimo y mucha mala leche y ya tenemos el cóctel servido. Falta, eso sí, el empujoncito de los medios de comunicación, que son al fin y al cabo quienes ponen la guinda en el pastel de los rifirrafes ideológicos.

Y como vivimos en un zoo humano cada vez más polarizado, tarde o temprano las trifulcas acaban involucrando a todas las tribus de la sociedad, ya sean progresistas o conservadores, católicos o ateos, nacionalistas o antinacionalistas, culés o madridistas. En fin, nadie se libra hoy día de practicar el arte de provocar, y el que no está apretando el gatillo es porque está cargando la munición. El hombre, ese animal de dos patas, solo sabe vivir atacando, unas veces gigantes y otras, en la mayoría de los casos, molinos de viento.  

La Junta de Extremadura va a emprender una querella contra el ínclito Suñé pese a que este ha dado muestras de arrepentimiento. (Yo diría que está arrepentido no por el pecado cometido sino por las previsibles consecuencias que le acarreará ese pecado). Supongo que es obligación ética de la Junta formalizar esa querella, pero en mi opinión está de más porque va a alimentar la bicha de oportunistas en ciernes que buscan sus quince minutos de gloria.

Puede que Suñé intentara humillar a Extremadura, pero con su acción lo único que logró fue humillarse a sí mismo.

(Artículo publicado en Extremadura 24 horas el 4 de agosto de 2008)

Francisco Rodríguez Criado

 

Me acuerdo de aquella tarde en el Parque de Cánovas, cuando yo tenía seis años, en la que se me ocurrió birlar un caramelo en un quiosco mientras mis padres compraban una bolsa de pipas. Unos metros más adelante, llegando a la Cruz de los Caídos, decidí confesarles (con orgullo) el hurto. Mi padre, una persona muy recta (y en aquellos tiempos demasiado visceral), me llevó de la mano, muy enfadado por mis inclinaciones delictivas, hasta el hombre de las chucherías para que le devolviera el caramelo. Fue una escena instructiva, porque tras ese mal trago me juré que nunca volvería a sonrojarme a los ojos de nadie por apropiarme de lo ajeno. La anécdota me la ha refrescado este aforismo que he leído en una novela de Marta Rivera de la Cruz: “El buen Dios perdonará a los que roban libros si es para leerlos o estudiarlos”. Gracias a los vasos comunicantes propios de la literatura, me he acordado de otras novelas, las de Bashevis Singer, en las que los personajes actúan no empujados por nobles ideales –como los que me enseñaron en casa siendo niño–, sino por el azote de sus incontrolables pasiones. Leyendo a Singer, o a Hamsun, o a Dostovievski siempre me he preguntado si es oportuno que el ser humano ate en corto sus pasiones o si por el contrario es legítimo alimentarlas para apurar al máximo el cáliz de la vida. El tema no es baladí, porque las pasiones, "la deformación del alma" como las definiera Ortega, son inherentes a nuestra naturaleza. Ahora que nadie me lee –al menos no mi padre, que anda de viaje–, reconozco que aquella tarde me equivoqué: debí confesar mi crimen después de comerme el caramelo.

(Este textamento fue publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 26 de marzo de 2008).

Web de Francisco Rodríguez Criado

La ilustración es una reproducción del cuadro El hedonismo, de la pintura Ana Roldán, incluido en la serie Nueve pasiones.

En una democracia es tan nocivo dejar en libertad a un culpable como condenar por error a un inocente. De esto segundo sabe mucho Rafael Ricardi, un ciudadano que acaba de salir de la prisión de Topas (Salamanca) tras pasar a la sombra los trece últimos años por una violación que no cometió. Uno de los dos violadores era bizco, y Ricardo fue de entre los que pasaron por la rueda de reconocimiento el único que cumplía ese requisito. Además, era toxicómano, indigente y tenía antecedentes. En fin,  no había necesidad de buscar más pruebas: el bizco era el culpable. Que los restos de ADN encontrados en una gasa de la víctima en el año 2000 no coincidieran con los de Ricardi resultó entonces un detalle sin importancia. Tampoco el acusado estuvo fino: en dos ocasiones se confesó culpable de los cargos, quizá porque en su estado físico y mental no era fácil distinguir entre la culpabilidad y la inocencia, términos que en el subconsciente a veces son fronterizos. Y puede, en efecto, que fuera culpable de otros delitos, pero no de este. Cabe incluso la posibilidad de que hubiera delinquido impunemente en numerosas ocasiones para conseguir dinero con que comprar la droga para luego, capricho del destino, acabar pagando por una fechoría de la que no era responsable. Y es que la justicia, como el fútbol, es así: arbitraria.

En este mundo de pecados y pecadores siempre ha de haber alguien que pague las consecuencias, y a falta de un chivo expiatorio un bizco bien puede hacer su función. Que levante la mano quien nunca haya tenido la sensación de ser el único bizco en el sitio equivocado y en el momento equivocado.

Web de Francisco Rodríguez Criado

(Este textamento fue publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 30 de julio de 2008).

 

 

Entiendo que los psicólogos enseñen a sus pacientes a combatir la depresión, es su trabajo y eso les honra. Pero sería una buena idea (si acaso no lo hacen ya) explicarles que esta enfermedad es como el vino: inofensiva cuando se consume con moderación. Yo lo hago todos los días. Deprimirme, digo. A veces mis obligaciones terrenales no me dejan tiempo para saborear la derrota y he de conformarme con ir de un lado para otro con la sonrisa de oreja a oreja, satisfecho de haberme conocido mientras ahuyento los malos pensamientos con un abanico de Loco Mía. (¡Ay esos días tristes en los que uno no tiene un rato libre ni para deprimirse a gusto!) Fiel a mis principios, siempre intento hacerle un hueco a la depresión. Antes del desayuno, después de comer, en los prolegómenos de la siesta, qué sé yo, aprovecho cualquier momento para tumbarme en una cama erizada de púas y preguntarle al techo quién soy, de dónde vengo, adónde voy, esas cosas. La ausencia de respuestas agrava mi vacío existencial, sí, pero en los asuntos metafísicos lo importante no es ganar sino participar. No deprimirse nunca sí que es deprimente.

Bubi, sin embargo, vive anestesiado contra el desaliento. Tanto optimismo por su parte, creo, denota una lucha camuflada contra la cruda realidad, un mero mecanismo de autodefensa. Pero igual esta impresión mía es fruto de la envidia de tratar día a día a un tipo que, al contrario que yo, nunca se ha planteado hacerse el harakiri. En fin, yo lo tengo como un buen amigo porque sé que el día en que le pida que me corte la cabeza con un sable, lo hará con la mejor de las sonrisas.

 

 Web de Francisco Rodríguez Criado

(Este textamento fue publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO Extremadura el miércoles 5 de julio de 2006).

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