Hace apenas un año y medio el capitalismo pedía ayuda a los Estados y a los ciudadanos de a pie para no ahogarse con su propio vómito. La avaricia estuvo a punto de hacer saltar los resortes del sistema y entre todos tuvimos que echar una mano para que el tinglado siguiera en pie. No han pasado ni siquiera dos años y algunos bancos ya nos repasan por la cara sus segundos mejores resultados de su historia. Hasta políticos de derecha ponían en tela de juicio las bondades del capitalismo y, de repente, los tahúres más tramposos del mundo han dado la vuelta a la realidad y nos están haciendo creer que la culpa de la crisis bancaria, financiera, económica y laboral la tienen los asalariados, esos que en España pagan más impuestos en la declaración de la  renta que los empresarios, pero que luego tienen peores coches, peores casas y peores vacaciones. El genial dibujante Quino lo reflejó con una viñeta elocuente en la que tres adineradas piezas negras del ajedrez, a pesar de estar rodeadas en el tablero por un montón de obreros y trabajadoras de color blanco, se enfrentaban al siguiente problema: juegan las negras y dan jaque mate cuando les da la gana. En esto radican nuestros males: en que nos reparten las cartas y cuando juntamos cuatro ases nos dicen que el juego ha cambiado y que ahora la cuestión es acercarse a siete y media. Ante esta crisis podemos optar por aprovecharla y conseguir logros para la humanidad como la tasa Tobin, o bien permanecer atontados ante unos trileros que acabarán por sacar su máximo rendimiento contable aunque se lleven el planeta por delante. ¿Qué hacemos? 


Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 8 de febrero de 2010.

Puntada sin hilo

Me encanta la expresión  “no dar puntada sin hilo”.  Me acordé de ella la semana pasada, cuando escuchaba a Javier Arenas mencionar la cadena perpetua y a Alicia Sánchez Camacho gritando que no cabemos todos. Hay quien cree que son deslices, salidas de pata de banco de dos políticos que están en la oposición en sus Comunidades Autónomas y que quieren ganar notoriedad a toda costa. Pero creo que todo está muy bien estudiado y que sus declaraciones se enmarcan dentro de la lógica de un partido que quiere abdicar de aquel cacareado centro para dar un viraje a estribor. Hay quien cree que la política consiste en eso, en ir diciendo lo que los más ruidosos quieran escuchar, independientemente de que sea una barrabasada, una incongruencia o una crueldad con los más débiles. Un observador extranjero se preguntaba por qué en España no había partidos ultraderechistas con representación parlamentaria como los de Fini en Italia o Le Pen en Francia. La respuesta es sencilla: el sector poblacional de ese espectro ideológico también existe aquí, pero se siente más o menos reconfortado en un partido que ya no tiene reparo en reclamarse de derechas, que asume sin complejos la defensa de una sociedad confesional, que no esconde sus tintes ultranacionalistas, que preconiza la expulsión de los extranjeros pobres, que reclama para sí un discurso amparado en la mano dura más rancia y decimonónica sin parar a reflexionar ni un minuto sobre las consecuencias de sus propuestas. Es verdad. No dan puntada sin hilo y a lo mejor les sale hasta bordado. Lástima que cuando se pinchan siempre lo hacen en la piel de otros.

Prohibido prohibir ha pasado de ser el lema del 68 a convertirse en la página web de los fumadores tolerantes. Parece ser que los hay y de hecho conozco a alguno, no muchos. Hace diez años, en un restaurante del Pirineo, un señor preguntó si me molestaba que se encendiera un puro después de comer. Dudé en la respuesta. En el comedor había ya una decena de personas fumando a las que les importaba tres pimientos que yo estuviera dando una crema de verduras a un bebé de siete meses. Me dio cargo pensar que estaba en mi mano impedírselo al único fumador educado que había en la sala, pero me armé de sinceridad y respondí que le agradecería mucho que no lo hiciera.
 
El jueves salí del médico con mi asma y fui a buscar a mis hijos a la puerta del colegio. Se abarrotaban centenares de niños de apenas un metro de altura que iban esquivando cigarrillos, tragando el humo bien de cerca, enganchando trozos de ceniza candente en un chubasquero y, de vez en cuando, llevándose alguna quemadura superficial. Se me ocurrió decirle a una señora que se le estaba quemando un cilindro blanco que llevaba en la mano. No captó la ironía y se sintió indignada cuando le expliqué el motivo de mis palabras. La señora tenía un argumento de peso: estaba al aire libre y de nada servía señalarle con el dedo cómo el humo de su cigarro era claramente visible a la altura de las caras de los niños. Hay situaciones tan lógicas que no necesitarían prohibirse, pero la nicotina debe tener tal capacidad destructora del sentido común que, a veces, se hacen imprescindibles normas para que nos dejen respirar. Incluso en la calle.

No. No es que se me hayan deslizado las teclas o que sea tan ignorante como para confundir la Polinesia Francesa del Pacífico con el Caribe. Lo que pasa es que uno no acaba de entender que unas islas con climas similares, colonizadas por la misma metrópoli y con unas playas vírgenes bastante parecidas hayan llegado a situaciones tan diferentes. Ya sé que no es lo mismo seguir formando parte de los territorios de ultramar de una potencia mundial, que llevar más de dos siglos como estado independiente sufriendo los caprichos intervencionistas de algunos. Las crueles dictaduras de la familia Duvalier camparon a sus anchas y a nadie le importó nada la vida de los descendientes de aquellos esclavos africanos que tanto sirvieron para el pasado (y para el actual) esplendor europeo. Eso sí, no pararon hasta deshacerse de Jean-Bertrand Aristide, aquel salesiano de la Teología de la Liberación que pretendió sacar al pueblo de la miseria absoluta y acercarlo, al menos, a una pobreza digna. Hoy las imágenes de la catástrofe todavía están frescas en nuestras retinas y aún hay quien ingresa unos euros en las cuentas de organizaciones humanitarias. El lunes que viene será difícil encontrar la palabra Haití en algún telediario y en un par de meses Puerto Príncipe nos aparecerá en las búsquedas de noticias de google cuando Felipe de Borbón se monte en un barco. Tenemos memoria de pez y cualquier cotilleo borrará a las gentes de Haití de nuestros pensamientos. Ojalá las buenas palabras de estos días sirvan para que los disléxicos confundamos los folletos de Tahití y Haití en la agencia de viajes. Será difícil.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 18 de enero de 2010.

Las fotografía de es de Xavier Munard.¿Lugar?


Toda la vida intentando aprender algo de matemáticas y sigo teniendo dificultades. Creía haber entendido que el cero a la izquierda no valía nada, que sólo servía cuando iba a la derecha de otra cifra, y ahora resulta que el cero es el principal cebo publicitario de muchos productos: el gel tiene cero por ciento de impacto sobre los ecosistemas acuáticos y cumple requisitos estrictos de biodegradabilidad, las salchichas tiene cero de grasas, los yogures no llevan nada de azúcar ni de lactosa y los botes de verduras se envasan sin conservantes. Uno, que no entiende de números, pensaba que todos estos productos a los que se les han quitado porquerías y añadidos serían más baratos, pero resulta que son más caros. No tener algo es más caro que tenerlo y el cero se ha convertido en un adjetivo calificativo tras el que se esconde, bajo el eufemístico nombre de tolerancia cerola más pura y dura intolerancia. Viajar en avión te convierte en aprendiz de presidiario, la sospecha histérica planea sobre nuestras cabezas y cuesta trabajo encontrar una voz discordante, una voz que diga que ya está bien de pasar por un escáner hasta los más recónditos rincones de nuestros pensamientos, que ya vale de acusar a la humanidad del presunto intento de asesinato de la otra media, y de montar un escenario global en el que la sospecha y el miedo son los principales elementos de atrezzo. Para defender el mundo libre nos están vendiendo una libertad con cero por ciento de libertad, que es algo parecido al edulcorante amargo, a la sal sosa o a la luminosa oscuridad. ¿No lo entienden? Pues yo tampoco. Serán paradojas del cero.

Publicado en la contraportada  de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 11 de enero de 2010. 



Los veinte primeros años de cada siglo son siempre los peores. Luego todo se hace más fácil y podemos hablar de los revolucionarios años 60 o de los movidos años 80. ¿Pero cómo llamamos a la década que se ha terminado y a la que acaba de empezar? ¿Podremos hablar de los inquietos cero y pico o de la desoladora década de los diez y tal? Mientras nos aclaran esta duda, echamos la vista atrás y parece que fue ayer cuando Álvarez Cascos nos preparaba para el caos del año 2000. Pero el milenarismo que había anunciado Fernando Arrabal once años antes no llegó esa noche. Lo que sí que parece relevante es la cifra mágica del nuevo siglo, ese once que marcó un día de septiembre de 2001 para convertirse en un símbolo del memento mori de la minoría dominante. De vez en cuando un tipo con un mechero en un avión nos recuerda nuevamente que podemos morir y nos reafirma que somos el centro del mundo. La década empezó con tres mil muertos occidentales en las torres gemelas y que, para la prensa independiente e imparcial, son mucho más importantes que el millón de fallecidos violentamente en Irak o los 1434 palestinos que eran aplastados hace justamente un año. La década que viene será clave para poner los sistemas económico-productivos al servicio de la ciudadanía y de la tierra, para llevar los Derechos Humanos a todos los rincones y hacer que los mil millones de occidentales tengan en consideración a los otros cinco mil millones. Sólo así lograremos volver a tener unos felices años 20. Si no fuera por la etimología podríamos llegar a pensar que algunas décadas provienen directamente del término decadencia.

Cuando se quiere ensalzar la bondad de alguien se dice que sería incapaz de matar una mosca. Así que el tamaño del animal se establece como vara de medir y se logra la santidad cuando uno no se atreve ni a eliminar un insecto. Esta lógica se va perdiendo por el camino: si unos cuantos amigos nos hiciéramos de una cabra, le diésemos pases con arte y le clavásemos con gracia y temple una espada, seríamos llevados a la cárcel y considerados unos energúmenos. Pero si hacemos lo mismo con un toro podríamos incluso ser tratados como héroes y ganar dinero. Parece ser que no es cuestión de tamaño sino de tradición. Si nuestros abuelos y tatarabuelos hubieran lidiado cabras u ovejas hoy lo podríamos disfrazar de costumbre ancestral y no nos pasaría nada. Pero las costumbres se crean y se destruyen, como la materia. Hace 10 años que los quintos de un pueblo de Zamora dejaron de tirar cabras desde el campanario sin que el mundo se haya resquebrajado. Por eso no pasará nada si en Cataluña decidieran prohibir eso que llaman corridas de toros. Lo que resulta incomprensible, desde un punto de vista racional, es que hayamos tenido que esperar al siglo XXI para poder empezar a plantear estas cosas. Los animales no son personas, pero sí son seres vivos que no se merecen ni la crueldad ni el capricho de los bípedos. Es fácil obsequiar a un niño con un cachorrito rodeado de espumillones navideños y  acabar dejándolo en la cuneta camino del hotel de la playa. Hoy es un buen momento para pensar, antes de hacer un regalo, qué será de esos animales dentro de unos meses. Ellos nunca nos abandonarían y lo mínimo es corresponder.

 Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 28 de diciembre de 2009. 

Los que usamos el trenen esta región deberíamos recibir la medalla al mérito civil y tener nuestros nombres en el callejero. Somos los que menos contaminamos en nuestros desplazamientos y los que más ayudamos a combatir el cambio climático del que tanto se ha hablado en Copenhague. A cambio, tenemos una red similar a la que había en el resto de España hace 50 años – vías únicas y ni un solo kilómetro electrificado –  y siempre hemos tenido que quedarnos con los vagones que jubilaban en otras zonas. Los servicios ferroviarios, que siempre han dependido de los gobiernos centrales, nunca han tratado a todo spor igual, pero a la hora de pagar no se hacen distinciones. Ya nos pasó el año pasado y este viene por el mismo camino. El IPC apenas ha subido, nuestros sueldos están congelados pero los billetes van a incrementarse un siete por ciento. Subirán todos los billetes menos los del AVE de largo recorrido. La verdad es que es una medida muy social: todos los curritos a rascarse el bolsillo con la excepción de los ejecutivos que van desde Madrid a Barcelona o Sevilla y a cargo de la empresa. Es así como nos pagan a los héroes del tren, a los que cada día nos invitan a usar otros medios de transporte más contaminantes. Nos esforzamos en hacer un planeta sostenible, asumimos perder algo de tiempo en aras de un mundo mejor, soportamos estoicamente retrasos injustificados, aguantamos los malos modos de algún que otro empleado – no todos –  y acabamos pagando el pato. Estar como un tren, en Extremadura, no es sinónimo ni de calidad ni de excelencia de ningún tipo. Se lo digo yo, que lo vivo de cerca.

 

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 21 de diciembre de 2009. 

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