Terminaba mi anterior artículo diciendo que me iba a por piñas. El día anterior, sábado, lo habíamos pasado en casa bastante atareados y yo propuse que hiciéramos una “incursión campestre” que no obtuvo ni siquiera respuesta por los más peques, mientras que la jefa contestó afirmativamente. El caso es que como mandan los que deberían obedecer, nos dejamos pasar el tiempo entre dudas y reproches, pero el caso es que no salimos.

El domingo no dí opción, dije que me iba al campo de paseo y a por piñas y quien quisiera que me acompañara. Todos tenían cosas más importantes que hacer, así que me equipé adecuadamente porque amenazaba lluvia y con la mochila a cuestas me dispuse a estrenar mi nuevo bastón de “trekking”. Se trataba en esta ocasión, principalmente, de disfrutar de la naturaleza, de salir de casa, lo de las piñas era una excusa perfecta, aunque es verdad que las necesitaba para encender las lumbres futuras; nunca he utilizado esas pastillas modernas que dejan un olor a petróleo que hacen el ambiente irrespirable. Mi sorpresa fue que el primer pino que encontré era piñonero y aparte de la función que yo buscaba me dio la posibilidad de disfrutar del rico sabor de sus frutos. Así que allí mismo hice la carga para todo el invierno, 12 o 15 piñas son suficientes, seguro que hasta me sobran. Con la mochila cargada seguí la ruta establecida por los alrededores de La Sierrilla y recordé que ya queda poco tiempo para iniciar la época de las setas. Desde que hace años nos enseñaron Vito y Raquel, auténticos expertos junto con el tío Carlos, todos los otoños salimos al campo a buscar setas. Es cierto que tan sólo cogemos las pocas que conocemos: boletus, champiñón, parasol, pie azul, amanita cesárea y níscalo. Ese es un principio básico para no asumir riesgos innecesarios, comer solamente aquella que no presenta dudas, ya que hay setas comestibles que son parecidas a otras venenosas. Si en otoño son las setas, membrillos, granadas y castañas, en invierno dedicamos nuestras salidas a los espárragos, principalmente cuando vamos a Valdeobispo, donde son tan abundantes que su gentilicio ha pasado a ser “esparragueros” en vez de “valdeobispeños”. Por cierto, en mi paseo dominical pasé por la portera de una finca donde en un cartel se decía “prohibido coger espárragos”, así que ya sé donde podré tenerlos sin necesidad de ir al pueblo de mi suegro. Yo no sabía que tan cerca de la ciudad hubiera espárragos, así que gracias al dueño por ofrecerme su finca, aunque si lo pienso bien, creo que es el artículo treinta y tantos  de la Constitución Española el que habla de la propiedad privada. ¿Seré capaz de pisotear la CE por una “maná” de espárragos trigueros?. En primavera también hay productos silvestres, más si cabe que en el resto de estaciones, pero las criadillas no las veo ni con lupa, ¡mira que son difíciles las puñeteras! Y los cardillos y la manzanilla ni se conocen en casa, a su recogida me enseñaron mis padres hace ya muchos años, siempre íbamos a los mismos lugares, o la carretera de Carmonita o la finca “La Natera” del vecino Miguel Bote. En fin, que en todas las estaciones del año hay productos silvestres con los que podríamos sobrevivir, la pena es que no haya cerezos, me iba a poner las botas.