Los españoles tenemos fama de creativos, de festivos, de palabreros y orgullosos. También dicen, o decimos, que somos envidiosos a más no poder y nos fastidia el éxito ajeno, que nos lavamos mucho y ensuciamos más, y que siempre llevamos el reloj atrasado para no tener que reconocer que somos unos impuntuales recalcitrantes.

             Dicen  -¿o decimos?- que España es el país de Europa donde mejor se vive. Es uno de los tópicos mas señalados sobre las condiciones e idiosincrasia de esta España nuestra. Cierto es –y esto no es un tópico- que los españoles somos gente sensata que no nos matamos trabajando, pero tampoco dejamos el trabajo por hacer. En ese justo equilibrio impera lo razonable: trabajar para vivir, y no vivir para trabajar. A pesar de que nos amenaza ese nuevo falso concepto neoliberal de que quien más trabaja más dinero obtiene, y quien más dinero obtiene vive más satisfecho.

             Chauvinismo aparte, lo cierto es que España seduce y atrae, y bien pudiera ser el paraíso en la tierra, pero no lo es por culpa de los demás, que son los que se empeñan en estropearlo todo.

            En España nadie transgrede nunca las normas de convivencia, lo hacen los demás. Todos pagamos religiosamente nuestros impuestos y nunca intentamos engañar al fisco, quienes lo hacen son los demás. Ningún español conduce infringiendo las normas de tráfico, son los demás. Ningún español tiene hijos que suponen mala compañía, son los hijos de los demás. Nadie trapichea para acaparar, ni abusa de los servicios comunes, eso lo hacen los demás. Tampoco el español tira papeles al suelo, ni chicles remasticados, no escupe ni orina en las aceras, esas cochinadas las hacen los demás. El español dice “La gente no sabe comportarse” en vez de decir “La gente no sabemos comportarnos”, porque la gente son los demás.

            Si, España podría ser un país envidiable, pero no lo es por culpa de los demás. Y porque ningún español pensamos que somos uno más de los demás; o los demás de los demás, como dice cantando Alberto Cortés.

“Él no era lo que se dice un George Clooney, pero ella lo creía. Ella no se parecía en nada a Sharon Stone, pero él la imaginaba tan bella como la actriz”. Así comienza la última novela del octogenario escritor don Eliseo García., titulada Navegantes sin rumbo. “Ambos se perdonaron y pincharon al unísono en la pestaña Apagar a la vez que se despedían mirándose a través de sus weecams. Siempre nos quedará Internet, dijo él justo antes de que sus pantallas se apagaran para siempre” Y así termina.

            De nuevo hago mención de una novela sin publicar de don Eliseo García y recomiendo leerla cuando vea la luz a través del blog que el veterano escritor está preparando en la red. Les adelanto que esta nueva obra denuncia los pufos, bulos, transgresiones, y en general la mala utilización de Internet. Y también, ¿cómo no?,  elogia todo lo que tiene de beneficioso.

            El protagonista se llama Juan Portero y es el típico usuario español de ADSL al que la Ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, consideraría enemigo público número uno, porque es un pirata internauta especializado en descargar e intercambiar  pelis y música protegidas con derechos de autor. Chateando, Juan conoce a Daniela Garay, una chica paraguaya soñadora que escribe preciosos cuentos para niños que ella misma ilustra con bellos dibujos, trabajos que comienza a dar a conocer a través de Internet con la esperanza de que algún editor se interese por su trabajo, algo que ocurre, y transcurridos dos años, gracias a una editorial argentina, Daniela se convierte en una de las escritoras e ilustradoras más conocidas de Latinoamérica. Incluso varios de sus libros son versionados a películas muy difundidas y descargadas ilegalmente de la red  por navegantes como Juan Portero. 

            Ya no les descubro más, Sólo decirles que después de leer la novela, he sacado la conclusión de que Internet da la oportunidad a muchos artistas, escritores y músicos de mostrar sus creaciones sin necesidad de pasar filtros de intermediarios, aunque luego corran el riesgo de ser divulgados ilícitamente por la misma red.

Si usted accede a Intenet, entra en Yuotube y escribe en el buscador de la página  “arco cuadro niños” podrá ver un vídeo de una prueba que hizo una cadena de televisión con el propósito de demostrar que el arte puede ser un instrumento de persuasión social fácil de ridiculizar y con el que cualquiera puede ridiculizar a cualquiera. Podrá ver cómo unos niños de tres años pintan al barullo un lienzo que es colgado clandestinamente en la feria de arte Arco y muchos visitantes elogian. A esto lo podemos llamar seducción por ubicación. Seguramente ese mismo lienzo colgado en una exposición colectiva de una casa de cultura de barrio, por ejemplo, daría para exclamar: ¡qué mamarrachada!

            Podemos pensar que el arte es un inefable objeto de deseo que se esconde donde menos esperamos porque quien lo esconde olvida con facilidad dónde lo hizo. Valga esta larga metáfora para discernir que el arte puede ser cualquier cosa que sugestione nuestros sentidos, principalmente los visuales y auditivos, pero muchas veces lo percibimos o sentimos porque alguien nos incita a ello, aunque ni siquiera ese alguien sepa en realidad por qué. Ahora bien, partiendo de que a todos no nos gustan por igual los mismos colores ni los mismos sonidos, llegamos a la conclusión de el arte es una apreciación sensitiva cargada de subjetividad. Cabe preguntarse pues en qué nos  basamos cada uno para admitir o rechazar una propuesta artística.         

            Suele ocurrir que muchas personas admiten el común denominador de profanos en lo concerniente a la interpretación de obras de arte, algo debido sobre todo a que exigen un nexo entre lo que establece la realidad y lo que ofrecen muchos artistas. Por otro lado, contemplar una composición artística determinada requiere a veces renunciar a prejuicios estéticos y a veces aceptar innovaciones extrañas.

            Visitar una muestra de arte contemporáneo  conlleva someterse a la reflexión sobre múltiples propuestas vanguardistas que nos revelan la evolución creativa del ser humano, aunque corramos el peligro de confundir la apreciación de la creatividad con la seducción por ubicación.   

<a href="http://www.youtube.com/watch?v=iuU7hSzFutc"><img src="/comunidad/Themes/default/images/video.gif" border = "0" width="10" height="6"></a><br /><a href = "http://www.youtube.com/watch?v=iuU7hSzFutc">Ver vídeo</a><br />Formato: YOU<br />Duración: 3:44

Siempre me ha gustado buscar semejanzas físicas entre personas y animales. Por ejemplo, veo gente con la cara angulosa y los ojos ligeramente curvados hacia el tabique nasal y relaciono sus rostros con el de un zorro o un coyote; alguien con ojos redondeados y la cara ancha se me asemeja a un perro San Bernardo o a un koala; una cara humana con nariz achatada y ojos pequeños a una serpiente –que no tiene por qué ser viperina-, o a un perro bóxer; de ser la nariz afilada y algo ganchuda, a un ave rapaz. Claro que no sólo la cara se presta e este juego de similitudes persona-animal, también otras partes del cuerpo colaboran a que uno le eche imaginación al asunto y se entretenga en pensar que un varón con las piernas largas anda parecido a un ave zancuda, como el flamenco o el pelícano; que los andares de una mujer con los pies   planos calzando zapatos de altos tacones recuerdan al pingüino, o los que caminan con las piernas abiertas encorvados hacia delante, al chimpancé.

            Hace tiempo cayó en mis manos un revista que contenía un genial reportaje gráfico que se titulaba De tal dueño, tal perro, con diez o doce fotografías que mostraban  las cabezas de varias personas junto a las cabezas de sus respectivos perros, y créanme, se diría que los canes eran fieles caricaturas de sus dueños.

            A los animales siempre se les ha buscado mucha simbología y sus figuras se utilizan para representar a países, como el gallo a Francia y el toro de lidia a España. Pero son los chinos los que más discurren y basan el transcurso de su existencia en el mundo animal: el año de la rata, del búfalo, del gallo, etc.

            Sí, las personas y los animales tenemos más en común de lo que creemos. Imitamos con frecuencia a los animales. Algunos lo malo, como esos tipos que son bastante burros porque conducen como cabras torpemente igual que gansos. Otros lo bueno, como esos a los que su mujer les dice con mucha asiduidad: “Manolo, estás hecho un tigre”.

 

Publicado en El Periodico Extremadura, el día 15 de Abril de 2009.

Algunas cafeterías son dispensadores de lectura y puedes tomar un café o un vino, y si no tienes prisa, puedes leer tu periódico preferido, ese que te informa como a ti te gusta de lo que pasa en el mundo. Y después, si no es tarde, ojear otros periódicos que te cuentan cosas que no te gusta leer; y contrastar. Y si aún te sobra tiempo puedes tomar un suplemento semanal y echarle un vistazo. Sales del establecimiento con dos Riberas del Guadiana dentro tu estómago, con tres euros menos en el bolsillo y la cabeza más amueblada.

            Hace unos días en una de estas cafeterías cayó en mis manos una revista cuya portada mostraba la cara de un hombre con barba poco extensa y bien recortada, exenta de bigote, y una gran mancha cutánea de color morado que rodeaba su ojo izquierdo. Encima de su cabeza se podía leer en letras mayúsculas: “Mariano Barbacid, el hombre que puede salvarnos del cáncer”. Pasé página hasta llegar al reportaje que hablaba de él: investigador oncológico miembro del equipo de científicos que aisló y descubrió el primer oncogén humano, al que no le gusta hablar de su vida privada en las entrevistas, le gusta la jardinería, y cree –y explica por qué- que una de las características más importantes de un investigador es la creatividad; y también piensa que su biografía no interesaría a nadie.

            Justo cuando terminaba de leer la entrevista del prestigioso científico, dos jóvenes se colocaron en la barra a mi lado, enseguida uno de ellos tomó un periódico deportivo y comenzó a ojearlo. En una de sus páginas pude ver la  fotografía de un famoso futbolista dando unas patadas a un balón. Junto a su imagen se podía leer en mayúsculas: “El hombre que puede salvarnos de perder la liga”. El resto de la página lo ocupaba una entrevista al “crac” con textos resaltados. “La creatividad es la característica más importante que debe tener un futbolista” “Siempre tuve ilusión por fichar por este club”, entre otros.

            Pagué mis dos Riberas del Guadiana y salí del bar preguntándome si la biografía  del famoso futbolista, en caso de ser publicada, interesaría a mucha gente.

 

Artículo publicado en el Periódico Extremadura el día 19 de Marzo de 2009.

Al avispado Octavio Unquera se le pegó una redonda piedrecilla a la vista pescando en un río truchero y se le ocurrió el negocio de su vida. Hacía poco tiempo había leído en internet un semanario argentino en el que publicaban una entrevista hecha a un tipo que se había forrado vendiendo miles de trocitos metálicos de un avión que se había estrellado en la cordillera de los Andes. El argentino en cuestión había conseguido hacer creer a los compradores que las partículas férreas se habían impregnado de una extraña energía positiva en el momento de la colisión del aparato y todo aquel que poseyera una de ellas podía sentirse amparado por una excelente salud y la buena suerte de por vida. Hubo de utilizar el argentino un montaje publicitario a la norteamericana para llevar su empresa a buen término: mucha y constante labia retórica entre programa y programa de televisión, y algún regalo añadido con la compra del fetiche. El caso es que bastantes compradores llegaron a creer que sus talismanes metálicos eran más efectivos que la mismísima penicilina. Pensó Octavio Unquera en buscar a las redondas piedrecillas del río su propiedad curativa ficticia, acreditada por sus redondeadas formas conseguidas por la madre naturaleza mediante un constante roce energético de unas contra otras, y venderlas como rosquillas, siempre que se hiciera apoyándose en un montaje publicitario infalible; o sea, a la norteamericana. Y así, a base de la charlatanería interminable de algunos famosos de televisión rosa contratados para la ocasión, y regalando con cada una de ellas una minirradio de las de todo a cien, el amigo Octavio Unquera comenzó a vender las primeras piedras. Y lo mismo que le ocurriera al argentino, a él muchos compradores le bendecían por vender esas piedras tan milagrosas; otros dudaban de si en realidad compraban la piedra o la pequeña radio. El asunto es que el río se quedo sin piedras y las truchas ya no tienen donde esconderse.

Año mil novecientos sesenta y nueve, mes de abril, día once, miércoles, catorce y treinta y tres minutos. En un pequeño bar llamado “Los Amigos” de un pequeño pueblo, un arrinconado televisor sujetado por una repisa casi a la altura del techo muestra a una mujer muy redicha que da las noticias del día. Justo debajo, dos hombres se relajan  y se transmiten sus vivencias rurales. El campo es el epicentro de referencia para la conversación, el ganado y la cosecha el argumento a seguir. Gasto yo tanto en pienso y tu otro tanto en alfalfa; y el agua se hace rogar. Gusta a estos lugareños hablar de sus cotidianas labores; y de sus gastos y ganancias.

             No hacen caso a la caja parlanchina, pero justo en mitad del debate ocurre lo impensable: ese cajón que encierra el telediario en blanco y negro vence al soporte metálico que lo sujeta a la pared para caer de bruces justo al lado de Deogracias, que es de la pareja de conversadores el que está de espaldas y más cercano al maldito invento.

             “¡Pero hostias, Gervasio, bien podías haberme avisado!”, recrimina irritado el sorprendido Deogracias a su compañero de plática. “¡Te juro por la Virgen del Buen Pensamiento que no me he percatado de que se estaba cayendo ese trasto, Deogracias!”, responde el otro con cara de asustado para dar fe de su inculpabilidad. “Ya le dije a mi hija cuando lo trajo que no me gustaba ese aparato del demonio. Sabía yo que la caja terminaría cayendo. Claro, con tanto títere dentro…”, replica la abuela Francisca desde la penumbra de un rinconcito del bar. “Que no madre, que ya le he dicho que dentro no hay nadie, sólo cables y cosas raras, a ver si se le mete a usted en la cabeza”, responde Josefa, propietaria del bar. “Pues yo te digo a ti que los trucos que encierra esa caja son cosa del mismísimo diablo. Ese aparatejo no traerá más que desgracias a la gente, ya lo  verás. El día que se le caiga a alguien encima te darás cuenta de que yo tenía razón”, concluye la abuela Francisca desde su apacible rinconcito del bar.    

El arte es un asunto humano del que todo el mundo conoce, se tiene un concepto personalizado de lo que es y sin embargo nadie sabría definirlo de una manera concreta. Para los más reflexivos, el arte es una forma de materializar el pensamiento; para los metódicos, todo lo contrario, una manera de convertir lo corpóreo en inmaterial. De ahí que los primeros busquen constantemente nuevas formas de transmisión de ideas en el tiempo sin estar sujetos a cánones de elementos, imágenes o sonidos determinados, sirviéndose sin excepción de todo lo que les rodea. Por ejemplo, representar lo más minimalista, la nada, mostrando una habitación totalmente vacía; ejemplificar luego la soledad dentro de la habitación colocando una silla en medio; si colocamos otra silla en una esquina de la habitación, podríamos significar la inquietud o el desconcierto; si las colocamos una frente a otra, la concordia; y si las colocamos con los respaldos pegados, la discordia. Hemos utilizado un objeto dentro de una habitación para sugerir conceptos. ¿Es eso arte? Para los más reflexivos, quizá sí, porque englobarían la habitación y la silla en un todo para captar esas ideas; sin embargo, los más metódicos quizá sólo den protagonismo a la silla y exijan de ella un atractivo estético para aceptar que la propuesta se pueda considerar arte. Los reflexivos fabrican la silla en su mente y la utilizan para trasmitir conceptos en un espacio determinado; los metódicos necesitan tomarla ya fabricada, y una vez que aceptan su estética, la trasladan a su mente. Para estos últimos, el arte, en este caso, está sujeto a la estética de la silla.

     A menudo, uno entabla conversaciones sobre este tema con amigos que tienen un concepto de arte bastante restringido. Los más estrictos sólo aceptan como arte aquellas creaciones en las que ha intervenido la mano del hombre y además representan objetos o escenas reconocibles. Para este tipo de observador, el arte se resume a un juego de destreza: un bodegón pintado con habilidad fotográfica es arte, sin embargo una composición abstracta no lo es. Digamos que anteponen maestría pictórica a creatividad. Para otros, en contraposición a los anteriores, una pintura hiperrealista puede resultar aburrida por el hecho de dejar a los ojos del observador todo al descubierto, no existe la insinuación ni la sugerencia, no admite el juego de la incógnita, y por lo tanto queda prácticamente anulada la opción a la meditación, a no ser que contenga un trasfondo emotivo determinado. Un amigo me decía que no entendía por qué en un certamen de pintura había ganado un sencillo cuadro que mostraba una solitaria fregona apoyada en una esquina, cuando había otros cuadros realistas más complejos y minuciosos. Quizá esa fregona solitaria incitaba más a la reflexión que un paisaje interior con muchos elementos. Una pintura hiperrealista y una pintura abstracta tienen el mismo derecho a ser consideradas arte y a estar expuestas en alguna galería o museo, sin embargo siempre habrá alguien que decida si las obras lo merecen o cual de ellas lo merece.

      También hay que tener en cuenta el carácter decorativo que a veces se le da a una obra de arte. Por regla general, no aceptamos que al arte se le otorgue una función  ornamental, sin embargo, a menudo ojeamos revistas y catálogos de decoración en las que vemos cuadros y esculturas. Muchos galeristas venden obras de arte a sabiendas de que su único destino será formar parte del mobiliario de una habitación. ¿Se pintaron los bisontes de las cuevas de Altamira para decorar o para perpetuar las hazañas de caza de sus moradores? ¿Qué finalidad se puede considerar más artística? A lo largo de la historia, los guerreros de muchas tribus se han pintado y se pintan sus cuerpos, en algunos casos con fines decorativos, en otros con fines estratégicos o significativos. ¿Cual de estas dos aplicaciones de pintura sobre la piel se puede considerar arte y cual no?
  El arte surge del diálogo del ser humano con el mundo, a través del arte el hombre intenta justificar su existencia y no duda en servirse de todo lo que le rodea. El hombre evoluciona, aumentan sus necesidades y ello le lleva a producir nuevos enseres y objetos, por lo tanto aumentan sus posibilidades de crear. Aparecen las vanguardias artísticas, exponentes de las inquietudes y reflexiones del hombre del siglo XX y XXI. El arte deja de ser un acto meramente interpretativo y empieza a utilizarse como medio trasmisor de ideas y conceptos, e incluso como revelador de insatisfacciones. El afán  del hombre moderno por huir de una realidad que le asfixia, producto de sus propias acciones, pero, como digo, con la que no se siente verdaderamente identificado, le lleva al desahogo a través del arte conceptual y gestual.Hemos aprendido que toda obra de arte debe regirse por una serie de principios  visuales: contenidos descriptivos, simbólicos, narrativos, gestuales; y contenidos estéticos, como son las proporciones, la materia, el volumen, el color, el trazo, todo esto ubicado en un espacio donde el equilibrio está supeditado al peso, al ritmo, a la luz,  incluso al tiempo. Podríamos decir que una buena obra de arte es para cada uno la que de alguna manera estimula excepcionalmente sus sentidos porque en ella encontramos una coherencia en su composición ajustada a nuestro entorno y personalidad. Y sin embargo, con demasiada frecuencia nos dejamos llevar por criterios de personas que hacen valer su condición de expertos y determinan la calidad artística de una obra de arte, aunque a veces sean propuestas que no  asimilamos.             Por eso cuando visitamos una feria de arte contemporáneo entramos con muchas dudas sobre lo que es o no es arte, y salimos con más dudas todavía.            ¿Qué acción, qué aplicación se puede considerar arte? ¿Se rige el arte por unas directrices determinadas? Si es así, ¿quién se atreve a marcarlas?          
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