El fútbol es el deporte de equipos más practicado y practicable. Con un objeto  esférico algo mullido -una pelota hecha con tiras de trapo, como en los tiempos de Maricastaña- y cuatro chavales dispuestos a darle patadas, se forma el partidillo. Pero de los tiempos de Maricastaña a los tiempos actuales, el fútbol ha cambiado de modos –de jugar con una pelota cualquiera en un descampado de tierra, a hacerlo con un balón reglamentario en un campo de césped- y de modas –de jugar vestido con la ropa de  faena diaria, a jugar con un uniforme debidamente etiquetado exclusivo para la ocasión-,y por supuesto de condición –de ser una actividad lúdica practicada por pura afición al deporte, a convertirse en una actividad deportiva practicada, en bastantes casos, por pura afición al dinero-.             Para los jugadores de países subdesarrollados, el fútbol ha supuesto una salida de la pobreza, pero a la vez se han convertido en un preciado objeto de deseo para quienes usan el fútbol con el propósito de entrar en la riqueza. Otros jugadores han sido convertidos en iconos mediáticos cuyas efigies y musculaturas invaden las vallas publicitarias, y ya de paso se introducen, solos o acompañados de sus chicas, en las revistas del corazón. Para los aficionados, el fútbol es como una religión: alaban a su equipo mediante cánticos, peregrinan a las ciudades donde juegan, adquieren imágenes y objetos representativos de sus respectivos clubes, y aportan dinero para ayudar a que estos subsistan.  Para los cerebros que mueven las vísceras del futbol desde los despachos, este es un libro de contabilidad en el que el haber ha de estar siempre muy por encima del debe, aunque suele ocurrir todo lo contrario. Son hombres de negocios que no acostumbran a  meterse en política, pero si fundaran un partido político -el UFD (Unión Futbolística Democrática), por ejemplo-, con tanto apoyo social como arrastran, y tal como está ahora la política en España, seguro que no les iría nada mal. Otra cosa es cómo nos iría a los votantes.

Intente descubrir hasta dónde está dispuesto a llegar para que este mundo que habitamos pueda avanzar hacia el futuro sin resentirse de enfermedades neumológicas o de las propias que se diagnostican cuando existe falta de higiene. Pregúntese si estaría dispuesto a prescindir del su teléfono móvil, de su coche, de su aire acondicionado, de su calefacción, de la mitad de sus 4.500w de potencia eléctrica en su vivienda. Supongo que sus respuestas, al igual que las mías, son negativas. De ser afirmativas, una de cuatro: o es usted una de las pocas personas verdaderamente concienciada con el medio ambiente; o es un huraño recalcitrante; o un anacrónico anacoreta; o es un hipócrita empedernido.

            Todos sabemos que hemos alcanzado una aceptable calidad de vida que se sostiene en eso que conocemos como estado del bienestar, exclusivo de países desarrollados. Cada vez son más las máquinas y artilugios que nos facilitan la existencia o nos ofrecen comodidad. Por regla general, antes o después, todos aceptamos entrar en el juego de la evolución tecnológica. El automóvil, los electrodomésticos, el ordenador o el móvil, son elementos que poseemos y de los que nadie, hoy, prescindiría. Para fabricarlos en cantidades suficientes para cubrir nuestra demanda y ponerlos en funcionamiento se necesitan ingentes cantidades de energía, que actualmente generan diversas fuentes, entre ellas las centrales nucleares, gigantescos animales de hormigón que ingieren plutonio y defecan residuos radioactivos de los que nadie quiere oír hablar.

            Hágase estas preguntas: ¿Aceptaría tener en el tejado de su vivienda una antena de telefonía móvil? ¿Aceptaría tener un cementerio de residuos nucleares en la localidad donde vive? Si ha contestado negativamente quizá deba plantearse rechazar su móvil, su coche, vivir sin calefacción y sin aire acondicionado, y por supuesto, no hacer alardes ecológicos. Si ha contestado afirmativamente, intente convencernos de que debemos ser coherentes entre lo que pensamos y lo que hacemos para tener lo que deseamos.

Pedro Peloto, el dueño del bar Cisne Negro, descorchaba todos los 31 de Diciembre varias botellas de cava para despedir el año junto a sus clientes asiduos. En su bar se podía comer lagarto y anguila con tomate, pajaritos fritos y ancas de rana a la romana. Tenía la barra en forma de U y un cuartito del tamaño de una cabina telefónica por retrete. El bar de Pedro Peloto lindaba con el Mesón Deva, más conocido por La Bodega, cuyo dueño era un cántabro de Potes al que llamábamos Goyo, que servía vino de todos los tipos conservado en tinajas de barro: manzanilla, mistela, moscatel, de Jerez, de Málaga, de misa, de pitarra. Frente a La Bodega, estaba el bar Tao, decorado con motivos orientales, y contiguo a La Bodega el bar Amador, cuya máquina de discos contenía la mejor música de la calle, elegida por Manolo Amador, su dueño, gran aficionado al cine mudo, que había colgado de las paredes del bar posters de Charlot, de los Hermanos Marx, de Buster Keaton y de Harold Lloyd. Al bar Amador le seguía el mesón Los Toneles, umbrío y rústico, cuyas paredes empastadas con espeso y áspero temple le daban una apariencia de habitáculo encovado. Frente a éste, teníamos el bar Rey, quizá el más amplio de la calle, y también el más indefinido, ya que no se caracterizaba estéticamente por nada en especial. A pocos metros del anterior, en la misma acera, nos topábamos con el bar Roji, muy conocido por sus mejillones rellenos y sus manojos de gambas. Frente al bar Roji estaba el bar Pato, que dependía de la cafetería Pato, ubicada en la Plaza Mayor. Más alejados, junto a la Plaza de la Concepción, nos encontrábamos con el bar La Cocina, donde guisaban unos riñones al jerez riquísimos; el bar Jaype, conocido por sus “bolas”, peculiares y apetitosas albóndigas de patata; el bar Suca y el Reloj, este último ofrecía bocadillos enormes.

             Todos estos establecimientos estaban situados en la calle General Ezponda de Cáceres -también llamada Empedrada-, más conocida en la década de los ochenta por la calle de los vinos, porque todos los fines de semana, tanto por la mañana, como por la tarde y noche, se ponía a rebosar de gente que acudía a sus bares a tomar el aperitivo. A estos se unían el bar Rioalto y El Brocense en la colindante Plaza de la Concepción; y el bar Los Candiles, conocido por sus sabrosas patatas bravas, con el Parrita, único que servía cerveza negra, situados ambos en la adyacente calle Cruz. De paso, y ya fuera del contexto hostelero, cabe mencionar un salón de juegos recreativos situados frente al bar Cisne Negro, donde jugábamos nuestras partidillas de billar, pimpón o futbolín.    

        Hoy, el bar Cisne Negro es un locutorio-multitienda. La Bodega, el bar Rey, el bar La Cocina, el Rioalto y El Brocense están cerrados. El bar Roji ha sido engullido por el Hotel Don Manuel, el bar Pato ha pasado a ser el restaurante El Toro, y el salón de juegos recreativos terminó convirtiéndose en un mesón que ahora se llama Dónde Manuel. El bar Amador exhibe al lado derecho de la puerta de entrada una inscripción de azulejos que dice: “Abierto desde 1965”. Este establecimiento y el mesón Los Toneles son los únicos de la calle que aún conservan su nombre y estructura. El bar Los Candiles todavía sirve sus patatas bravas, pero ahora su especialidad más valorada es el arroz con bogavante.

             La calle de los vinos es hoy una vía poco transitada, lóbrega y tristona. Bienvenida sea pues la idea del Ayuntamiento de intentar reanimarla ofreciendo ayuda económica a quienes estén dispuestos a abrir en los locales cerrados nuevos servicios hosteleros o culturales. Nostalgia aparte, Cáceres necesita volver a tener su animada y característica calle de los vinos.
“Me llamo Juan Jiménez Parra y soy adicto a la nicotina”. Supongo que así habría hecho yo mi presentación, hace trece años, en una terapia de grupo para dejar de fumar. Luego proseguiría diciendo que a los doce años ya había dado alguna chupada a algún cigarrillo de un paquete comprado clandestinamente entre cuatro amigos, más por amor a lo prohibido que por saber qué se sentía al aspirar humo de tabaco, tal como hacían los adultos con tanta satisfacción y asiduidad. Aquellas primeras caladas me supieron muy desagradables y me produjeron una tos brusca e interminable. No volví a inhalar humo de ningún cigarrillo, hasta que con quince años de edad caí en el vicio, tras obstinarme en aprender a saborear el humo prendido de nicotina, en este caso por ese afán que suelen tener los adolescentes por adquirir conductas de adulto.            Pero de la misma manera que me obstiné en aprender a fumar, lo hice para dejarlo, arduo empeño del que salí exitoso sin ayuda, después de varios intentos. El hecho de escuchar suaves maullidos de gato dentro de mi pecho cuando me acostaba cada noche, me llevaba a recordar los dos paquetes de cigarrillos fumados durante el día, y en mi conciencia se encendía la llama de la culpabilidad por el mal trato que me estaba dando al meterme en los bronquios tanta impureza. Un día decidí fortalecer mi debilidad ante la insistente llamada de la nicotina, y a fuerza de mucha voluntad, conseguí no fumar. El día siguiente fue más duro; y más el seguido. El cuarto estuve a punto de claudicar, en mi mente sólo cabía el deseo de fumar. Después de estos primeros días, viví otros quince sumido en una extraña tristeza, intentando ahuyentar los fantasmas nicóticos que me llamaban incesantemente. Tras estos quince días de inefable depresión, noté que poco a poco mi mente se centraba más en todo lo que me rodeaba y menos en la llamada del tabaco. Ahora digo que fui adicto a la nicotina.

            Les escribo esto porque quizá les ayude a dejar de fumar, porque en invierno se apetece el calor de los bares y hace frío en la calle.

Cuando un batallón de espermatozoides avista un óvulo, todos acuden a él ansiosamente, pero sólo uno de los coludos gametos masculinos consigue traspasar su membrana, llegar al núcleo y unírsele para comenzar a formar el embrión. Los científicos aún no han podido averiguar si el espermatozoide que penetra en el óvulo es el que estaba colocado en el sitio oportuno en el momento justo, el más fuerte, el más inteligente o el más astuto. Dependiendo del cromosoma que transporte el espermatozoide (X o Y), el embrión terminará convirtiéndose en un niño o una niña.

             Un niño y una niña sólo se diferencian al nacer en los genitales, pero enseguida sus progenitores los embuten en ropitas que revelan su sexo a primera vista, azul si es niño y rosa si es niña. A partir de ahí, a la dualidad hombre mujer siempre se añadirán rasgos diferenciadores, sobre todo tópicos, como ese que atribuye únicamente a las féminas una interminable y cacareadora charlatanería cuando se reúnen más de tres, o se las achaca una incontenible propensión a la práctica del chismorreo, o se las acusa de ser unas compradoras compulsivas; o de ser malas conductoras. Sin embargo, los hombres abusamos de la verborrea cuando nos reunimos en los bares, donde nos desahogamos despellejando a esos conocidos que se han comprado ese coche carísimo que nosotros anhelamos y que a veces conduciríamos con peligrosidad, pisándole, para amortizar su ilimitada potencia.

            Cierto es que la mujer es más sensible que el hombre, y más pacífica. Pero por lo demás, afín es su coeficiente intelectual al del varón, y por lo tanto igual su resistencia ante las adversidades, su asunción de las dificultades y su capacidad para solucionar problemas.

            En realidad entre el hombre y la mujer sólo existe una única e irremediable diferencia: la fuerza física. Cualidad de la que muchos hombres intrépidos se han servido para defenderse de sus agresores, y a la vez a muchas mujeres ha convertido en víctimas de sus cobardes maltratadores.    

Sé de una chica que se sentó con su novio a la mesa de un restaurante de postín, de esos que en vez de cartas de menús, ofrecen libros con poemas gastronómicos; de esos en los que no se habla, se cuchichea. Justo en el momento que mascaba su delicioso Pudin de mar azul  envuelto en esencia de romero y hierbabuena, del bolsillo de la chaqueta de su novio surgió a todo volumen el sonido de una desagradable emanación gaseosa corporal –llámese pedo- que éste tenía colocado en su móvil para hacerse el gracioso con los amiguetes. Qué vergüenza.

            Existe una extensa gama de sonidos de lo más variopinto para móviles, desde el timbre de toda la vida, pasando por canciones populares, himnos futbolísticos y onomatopeyas, y a veces, si no programamos su silencio, pueden sonar inoportunamente y hacernos pasar momentos de apuro. Mi amigo el octogenario escritor don Eliseo García,  hace unos días estuvo en París con dos viejos amigos y fueron a ver una representación de la ópera La Valquiria, de Richard Wagner. A mitad de la obra, a uno de sus amigos comenzó a sonarle el móvil emitiendo el pasodoble España cañí. ¿Y qué decir? Que a más de un espectador se le escapó una sonrisa demasiado sarcástica; y que su amigo se llevó la bronca de su vida por no haber desconectado el móvil al empezar la representación.

            Hace unos días me quedé encerrado durante diez minutos en un ascensor con un tipo que decía ser claustrofóbico. Llevaba en su teléfono la 9ª sinfonía de Beethoven, versión Miguel Ríos: “Escucha hermano la canción de la alegría…”. En ese tiempo recibió tres llamadas. La primera de su mujer, para decirle que había decidido dejarle por otro. La segunda del dentista, para recordarle que tenía pendientes dos extracciones de muelas y cuatro facturas. Y la tercera de su hijo, para comunicarle desde la comisaría de policía que le habían detenido por conducir borracho una moto robada sin llevar puesto el casco. Cuando nos abrieron las puertas, el hombre, paradójicamente, se negaba tajantemente a salir del ascensor.    

 

Aún guardo en mi memoria el chiquillo que yo era a los siete años, a últimos de los sesenta, camino de la Plaza Mayor de Cáceres para cambiar en sus quioscos mis cromos repes de Vida y color, y mis tebeos revistos y releídos del Capitán Trueno, de El Jabato o Rompetechos. Recuerdo su bandeja rectangular, con su suelo de piedra marmórea, que formaba un mosaico blanco y negro, desde el que se alzaban frondosas acacias y robustas palmeras que proyectaban generosas sombras a los bancos de madera. Recuerdo borrosamente el paso de Franco por aquella plaza ajardinada, abarrotada de cacereños que le vitoreaban –ahora sé que en las exaltaciones había mas ficción que franqueza-. Evoco perfectamente aquella bandeja de la Plaza Mayor fragmentada y removida por escavadoras que depositaban sus restos en camiones que se los llevaban para siempre.

            Quedó después la Plaza diáfana, minimalista, tocada sólo por ocho o diez  naranjos menudos que fueron plantados en una de sus esquinas, y por decenas de automóviles que la invadieron impunemente y ahogaron su maravillosa expansión. Creo que la primera vez que ví la plaza completamente limpia, desnuda, sin añadidos que perturbaran su dimensión, excepto los humildes naranjos, fue cuando vino a Cáceres el entonces príncipe de España Juan Carlos de Borbón, al que se le vitoreó con más franqueza que al dictador. Y fue cuando me di cuenta de que nuestra Plaza Mayor es más bella y renacentista desmaquillada que ataviada con pretenciosos aderezos  urbanos.

            No puedo evitar traer a este texto esas plazas vacías y enigmáticas, que tanto dicen y tanto callan, pintadas por Georgio de Chirico. Y otras plazas muy bellas, como la Plaza Mayor de Salamanca, la Gran Plaza de Bruselas, la Signoria de Florencia, la de San Marcos en Venecia. Plazas mudas y espaciosas, impactantes por ofrecer una extraordinaria sensación de inmensidad, amen de su valor histórico y arquitectónico. Y sobre todo por no mostrar ornamentos vacuos e innecesarios, como ahora ocurre con la de Cáceres.

           

 

A veces me pregunto qué escribirían unos niños de siete u ocho años si les pidieran en el colegio que hablaran de los políticos en una redacción. ¿Qué dirían unos chiquillos que seguramente no saben qué significan las palabras demagogia, mitin, moción, prevaricación, tránsfuga, corrupción? Probablemente definirían al político como una persona que es elegida por varias personas para que decida cómo han de vivir todas las personas. Es el razonamiento más raso y asequible que se me ocurre si intento pensar como un niño.

            Luego, cuando sean mayores, se habrán topado con muchas historias de políticos, sabrán de sus tejes y manejes, y sacarán sus conclusiones. Algunos se involucrarán en política y los demás serán sus detractores o votantes. Entre los primeros habrá individuos con pretensiones políticamente correctas y sujetos con intenciones éticamente sórdidas; entre los segundos habrá quien intente entender lo difícil que es ser buen político, pero los hay; y quien piense que la clase política es una caterva de oportunistas que cavilan y actúan con el único propósito de lucrarse, que también los hay.

            Estos últimos, sean del partido que sean, son los que han provocado que gran parte de la sociedad  española deje de confiar en la clase política. Trascurridos ya más de treinta años de democracia, los partidos políticos deberían plantearse colocar en la puerta de sus sedes unos filtros por los que deban pasar cada uno de sus afiliados que pretendan ejercer cargos de responsabilidad, de manera que no se cuelen los típicos trepas, corruptos, tránsfugas, trapicheros y demás sujetos nada recomendables que desacreditan a los políticos con ganas de hacer bien las cosas. Supongo que esa medida es inviable casi, ya que al lobo sólo se le reconoce su carácter cuando enseña los dientes.

            La política y el poder van de la mano, por ello los partidos deben impedir que no se haga bueno el dicho: “El poder no lo ostentan los inteligentes, sino los astutos”.

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