¿Qué pensaría Adolfo Hitler si levantara la cabeza y se enterara de que en Alemania un matrimonio formado por un alemán blanco de Postdam y una negrita de Gana han sido padres de mellizos, uno blanquito, como los querubines de Rubens, y el otro negrito, como los ángeles de Machín? Seguramente se frustraría una barbaridad al comprobar que su teoría de la genética selectiva es contrariada por la naturaleza, porque esta permite que dos seres humanos de distinta raza se gesten a la vez en el mismo vientre, y ya se sabe que la naturaleza es sabía. Con la noticia de los hermanitos negro y blanco, los racistas han perdido argumentos para defender la superioridad de unas razas con respecto a otras.

            Estos dos niños se alimentarán de la misma leche materna, aprenderán a la par a andar, a hablar, a escribir y leer, irán al mismo colegio y puede que a la misma universidad. Quizá uno de los dos sea más inteligente que el otro, o más sensible, o más simpático, o más introvertido, aunque ahora no podríamos decir cual. Pero por desgracia, siempre habrá personas -¿personas?- que sólo los valoren por el color de su piel. Si, la naturaleza es sabia, pero a veces también se equivoca y crea personas con las pupilas demasiado hurañas, incapaces de admitir todos los colores posibles de la piel humana.

             Fíjense ustedes lo que puede ocurrir en EE.UU., que llegue un negrito llamado Obama a la Casa Blanca y la tiña de color café con leche. Y es que la policromía se extiende por el mundo y ya nos podemos encontrar en Rusia a un noruego negro, en Argentina a un indio irlandés o en España a un japonés peruano. 

            Tengo una amiga andaluza que es rubia –ocre amarillo- y tiene los ojos azules –azul ultramar-, podría pasar perfectamente por nórdica, está casada con un extremeño de piel morena –marrón claro- que podría pasar perfectamente por árabe, han adoptado a dos niñas, una es africana y tiene la piel color marrón oscuro y la otra es oriental y tiene la piel levemente amarilla –amarillo de Nápoles-. Como verán, un paleta rica en matices para los ojos del que mira con el corazón.

Artículo publicado en el Periódico Extremadura el día 8 de Agosto de 2008.

            No olvidaré la carita expectante de Isabel, una sobrina Santanderina de ocho años que alucinaba en la Plaza de San Jorge una primavera de hace tres años, al ver muchas cigüeñas revoloteando en los campanarios de la Iglesia de la Preciosa Sangre. Se la notaba a la niña sorprendida, más por la cantidad que por el ave en sí. A Cantabria también llegan las cigüeñas, pero no se ven tantas juntas y por todas partes. La cría volvió a Santander llevándose de recuerdo una cigüeña de peluche que conserva en una estantería de su casa.

            En contraposición, recuerdo una fotografía que hace unos dos años publicó el Periódico Extremadura, en la que se veía a una mujer destruyendo, a las bravas con un palo, un nido que las cigüeñas habían levantado en el tejado de su bloque, a pocos metros de su terraza. La fotografía, en cuestión, fue tomada por alguien que la había sorprendido cometiendo la expoliación, y la envió al Periódico con el propósito de denunciar el hecho. La mujer se estaba tomando la justicia por su mano, en vez de reclamarla a Medio Ambiente para que le quitaran aquel repollo de matojos, que seguramente, a pocos ciudadanos les hubiera gustado tener tan cerca de su casa.

            Y es que del cigüeñicidio a la trena sólo hay un paso, así que cuídese de no molestar a ese pájaro. Ojito con ponerle la mano encima. Y si el susodicho se invita por la cara a tomar un vinito en su casa y le exige un ribera de Guadiana de los caros, ni se le ocurra hacerle un feo. Y si al día siguiente se presenta de nuevo y le exige que le ponga en canal digital un documental sobre los trucos del pelícano para pescar en el Guadiloba, usted acceda por si acaso, aunque sea a costa de su película favorita. Hágame caso, porque las cigüeñas son muy vengativas y al final terminan azuzándole a algún ecologista fanático. O lo que es peor, le puede ocurrir lo que le ocurrió a un conocido mío, que les negó hospitalidad y se la liaron, llamaron a sus primos los flamencos y estos le montaron, para todo el verano, un tablao en el tejado de su casa y no pudo pegar ojo durante noventa noches.

             Si existe la reencarnación, yo lo tengo claro,  me pido ser cigüeña.

Por creer que el hombre nunca ha pisado la luna y manifestarlo en público, algunos me han llamado lunático. Pero por lo menos sólo se ha quedado ahí, que Galileo, por saber que la tierra giraba alrededor del sol y demostrarlo a los que interesaba que se siguiera creyendo que era el sol el que giraba alrededor de la tierra, estuvo a punto de morir en la hoguera.

            El 20 de julio de 1969 el mundo entero estaba pendiente del alunizaje, Armstrong  posaba el primer pie humano sobre la superficie de la luna. Desde entonces hasta hoy ha habido mucha controversia sobre el tema, la mayoría de los mortales creen   que los astronautas Amstrong, Aldrin y Colling llegaron a la Luna, pero existe una minoría –entre los que me encuentro- que aún lo duda.

            Algunos desconfían porque piensan que el alunizaje del Apolo XI fue un montaje de los norteamericanos, realizado en unos estudios de Hollywood o Nevada, para dar en las narices a los soviéticos, que en 1957 habían puesto el primer satélite en órbita. A esto hay que añadir que varias fotografías que se tomaron de los distintos alunizajes realizados por el resto de las naves Apolo se prestan a ciertas suspicacias. El caso de la bandera que ondea en la superficie de la Luna, un satélite sin atmósfera y  sin viento. No se ven estrellas en el cielo. Las sombras de los objetos se proyectan como si a estos los iluminaran luces desde ángulos distintos. En una fotografía aparece una roca marcada con la letra C. Y otras anomalías que nos hacen sospechar. Incluso he oído en un bar de mi barrio que Amstrong y Aldrín tuvieron una bronca monumental e incluso llegaron a las manos porque los dos querían ser los primeros en pisar la luna, pero no se hicieron daño gracias a que ya se habían puesto los trajes pertinentes. Dicen que eso ha llegado a saberse en España porque Colling se lo chivó a una cuñada suya que es amiga de la prima segunda de la mujer de un español -aunque creo que esto debe ser un bulo, porque España es el país de Europa donde mejor se crían los bulos-.

            Pero para mí la prueba más evidente de que los norteamericanos no han llegado a la luna es que allí no existe todavía ningún MacDonals.

            Una nave espacial procedente de la Tierra llamada Phoenix ha llegado a Marte después de recorrer 679 millones de kilómetros durante nueve meses. Al parecer su propósito es encontrar agua, y por lo tanto, vida marciana. Y yo me pregunto: ¿para qué? Agua tenemos en la Tierra en abundancia –el 70% de la superficie terrestre-, ¿por qué buscarla fuera? También es cierto que esta muy mal repartida y provoca conflictos entre los habitantes de distintas zonas del globo terráqueo, España es un ejemplo de ello. ¿No sería mejor que los señores de la NASA dejaran de darse esos gustazos soberbios mandando al espacio naves correveidiles que suelen terminar convertidas en chatarra cósmica y además cuestan un dineral, e invirtieran ese pastón en fabricar máquinas potabilizadoras y distribuidoras de agua para acabar con la sed que sufre gran parte de la humanidad?

            Además, yo personalmente creo que con la que tenemos liada los terrestres con el tema de la inmigración, haber enviado esa nave es tentar a la mala suerte, ¿porque quien nos garantiza a nosotros que no sean los marcianos quienes al vernos descubran que existe un planeta más próspero que el suyo e intenten venir a la Tierra en pateras o cayucos siderales? Señores de la NASA, ojito con sus experimentos, que nos pueden salir más caros de lo que nos están saliendo. Luego nos vemos al señor Berlusconi sumido en el problemón de crear cárceles especiales para marcianos con la piel verde sin documentación. ¿Y Zapatero cómo llevaría a cabo su nueva política de inmigración? Porque si los marcianos son todos iguales y no somos capaces de distinguir a unos de otros, la falsificación de papeles estará a la orden del día, y a ver como los controlamos cuando empiecen a traer a la Tierra a su prole, tanta criatura clonada; y el problema se agrava si encima acostumbran a formar familias numerosas. Imagínense qué dirían entonces los agoreros de la “España se rompe”: “¡A las cruzadas, que España se marcianiza!”.

            Ahora, también cabe la posibilidad de que descubramos que Marte es algo así como Las Vegas en el sistema solar. Pues entonces nada, bienvenidos sean los marcianitos que se instalen en la Tierra con la billetera llena.

(Artículo publicado en el Periodico Extremadura el mes de julio de 2006)

            Hace unos días, cuando fui a hacer la compra a una gran superficie, tropecé con un improvisado tenderete donde vendían libros al peso. Allí encontré al octogenario escritor don Eliseo García comprando quinientos veintiséis gramos de libro, concretamente de Conductas de la vieja urbanidad, del fallecido periodista y escritor Luís Carandell. Fue justo al entrar en el hipermercado, en una sección indefinida donde se exhiben y venden circunstancialmente todo tipo de ofertas. Los libros estaban colocados sobre una gran tarima, formaban torretas que simulaban rascacielos de una gran ciudad en miniatura: Manhattan podría ser. El libro que había adquirido don Eliseo pesaba en exceso para ser más bien menudo –algo más grande que el típico libro de bolsillo-, tenía unas pastas sólidas que apretaban dos centímetros de páginas rígidas y sustanciosas, carne  loncheada de papel de primera calidad. Decía don Eliseo que ese modus operandi de encasquetar libros al respetable no es de su agrado por considerarlo vulgar; que una cosa son los lomos de los cerdos y otra los de los libros. Según don Eliseo el ser humano ha nacido para vender y venderse, eso no es nuevo, pero esta estrategia para vender la cultura por arrobas sólidas se escapa de su entendimiento, y quizá de su aprobación. Aunque resaltaba el octogenario literato lo paradójico de encontrar a la venta en un popular tenderete ese medio kilo de libro que rememora las refinadas costumbres al uso de la educada y pudorosa burguesía decimonónica, tan amiga de usar infinidad de prendas y complementos para taparse y exhibir su abolengo.

            Justo cuando me trasmitía oralmente Don Eliseo su parecer, una pareja hombre-mujer de mediana edad vestidos a la moda de Miami –ya saben, como si fueran a la playa, pero sin sillas y sin sombrilla-, se acercaron al puesto y dieron un vistazo; luego él se alejó para ir a otra sección mientras le decía a ella: “Vale, coge tres kilos, pero que te los den de literatura erótica, que pesan menos porque los personajes van desnudos y entran más”.

            Don Eliseo, al escuchar aquel ocurrente comentario, me dijo sonriendo: “Juanito, ya sé porqué mi libro pesa tanto”.           

           

  

             

(Continuación del artículo EL BOTELLÓN DE PAPÁ, publicado en este blog).

Julián ha decidido no coger el coche y darse un paseo hasta el instituto donde tiene una cita con Amancio Bueno, profesor de su hijo Fran. No se le quita de la cabeza el accidente que tuvo su hijo con la moto, ya no por él, que salió ileso del aparatoso golpe, ni por la moto que quedó bastante tocada, pero se puede arreglar; sino porque Fran, que acaba de cumplir diecisiete años, dio positivo en el control de alcoholemia.

Amancio Bueno, un profesor comprometido y con un instinto pedagógico admirable, ha oído decir a su hijo y a otros chicos que sus padres hacen botellón, se emborrachan, toman pastillas y otras cosas poco decorosas. Julián sonríe y recuerda la cara de idiotas que pusieron los chavales cuando él y su mujer, junto a muchos padres y madres de otros muchachos, hicieron un botellón teatralizado al lado del de sus hijos. A él el papel de borracho le salió perfecto.

Evoca Julián, que siempre ha vivido en Cáceres, sus diecisiete años. El bar Galán, en la calle Santa Gertrudis, por la Plaza de Toros, donde tomó su primer cubata, que le costó doce pelas, justo a comienzo de los años ochenta. Seguramente hubiera dado positivo si a le hubiesen hecho el control de alcoholemia, pero claro, entonces casi ningún chaval tenía moto. Se acuerda perfectamente de una tasca, a la que su amigo Nacho puso el ocurrente nombre de “La Chicharrera” (1), que había en la Plaza de Santiago, donde los abuelos, sanotes ellos, cigarrillos Ideales o Celtas Cortos entre los dedos, bebían sus pistolas –botellas de Mirinda o Fanta llenas de vino peleón-. Y ellos, chavales de diecisiete años, sacaban a la calle litronas de cerveza y botellas de calimocho para beberlas a morro. Claro, que tampoco caían muchas porque no había manera de estirar las pesetas, y cuando se acababan, a verlas venir. Quizá ahí estuvo el inicio del botellón. Ahora, eso si, salían de casa a las seis de la tarde y a las doce, como mucho, estaban recogidos. Estos chicos de ahora es que salen muy tarde.

Julián piensa que quizá, entre sus diecisiete años y los de su hijo no haya tanta diferencia, pero claro, entonces la paga sólo daba para varios cubatas a doce pelas.

 

(1) A mi amigo Nacho se le ocurrió ese nombre porque muy cerca de este bar, al lado de la plaza de la Audiencia, había un pub bastante conocido en Cáceres por entonces llamado "La grillera", de ahí "La chicharrera". Ahora lo llaman "La chicha". En Extremadura nos gusta acortar los nombres.

 

 

            Llegas al portal de tu casa y te da miedo abrir el buzón de correos. En los últimos cinco días has recogido de su interior dos invitaciones de bodas. De momento, algo blanco se ve por los agujeritos de la pequeña puerta del buzón. En efecto, un sobre alargado en el que están escritos tu nombre y tus apellidos, con la coletilla “y Señora”.  El hijo de tu antiguo compañero Bernardo, que era para ti como un hermano en la empresa, y al que no ves desde que se jubiló, hace seis años, se casa, y estás invitado a su boda. Tres bodas tienes este año: la de una sobrina, hija de tu primo Gervasio; la de tu ahijado Luisito, el hijo de tu compadre Fabián; y la de un chico al que apenas conoces.

            Con lo fácil que es coger los bártulos, tomar de la mano a la mujer o al hombre a quien quieres y montar el nido de amor en cualquier pisito. Cuántos compromisos se ahorraría la gente, porque el asunto este de las bodas se ha convertido en un negocio en el que impera la regla del toma y daca.  La clave está en convertir el toma en el doble del daca, y eso se consigue celebrando bodas multitudinarias, a poder ser en salones refinados, y eligiendo menús esnobistas, de esos que están compuestos de platos a los que se les ponen unos nombres que parecen versos gastronómicos escritos con tinta de calamar criado en piscifactoría.

            Te acuerdas de lo ocurrido a tu amigo Carlitos García, que fue invitado, junto a su abuelo, don Eliseo, a la boda de un primo lejano distinguido de los que usan niquis lacoste de mercadillo. Era una boda eclesiástica, con comitiva nupcial en chaqués ellos y con bolsos loewe ellas, restaurante de postín y menú delicatessen. A Carlitos y a don Eliseo los sentaron a una mesa copada por una pandilla de “oseas” jóvenes. Uno de los platos contenía varios sabrosos carabineros que todos pelaron con cuchillo y tenedor, menos Carlitos y don Eliseo, que no sabían hacerlo, y por vergüenza, muy a su pesar, no los comieron. “Excúsennos, pero tanto mi nieto como yo somos alérgicos a los mariscos” exclamó don Eliseo, mirando con apetencia sus hermosos carabineros. A ambos les retiraron los crustáceos y les sirvieron una rica tortilla francesa.

            Publicado en el Periodico Extremadura, el día 19 de Mayo de 2008.

           

Hacía años que no pisabas una iglesia con un sacerdote celebrando misa, quizá desde que te casaste. Te has sentado en el macizo banco de madera, junto a tu mujer, y has ojeado el interior del moderno templo. Sigue igual que cuando tú te casaste, hace trece años: las luminosas vidrieras policromas, el gran crucifijo del altar, los candelabros de forja esmaltada, el suelo de granito pulidísimo. Ves a tu hija, blanca, con cara circunspecta entre un grupo de veinticinco o treinta niños y niñas, también vestidos de blanco, que esperan, mostrando la misma solemnidad, a que comience la ceremonia que les ha traído nerviosos durante toda la semana.

            Hace dos años que tu mujer y tú empezasteis con todo. Tres años de preparativos, justo el tiempo que ha durado la catequesis de la niña. Paseos y paseos de tienda en tienda de tu mujer, hasta encontrar un vestidito de comunión original, no demasiado recargado de encajes y puntillas. Muchas veces le has dicho a tu mujer que tampoco era cuestión de buscar en la luna, que era vestido de un día. “No querrás que la niña vaya echa un adefesio”, te contestaba ella. Luego te ha tocado a ti, le has echado cinco sábados, mañana y tarde, hasta encontrar el traje y complementos adecuados. Lo bueno es que ya vas aviado de ropa para varias bodas. Tu mujer ha movido Roma con Santiago hasta dar con el modelito ideal, una vez que ha pasado tres veces por las manos del modisto de la bouquique. Sabes que tus padres, tus hermanos, tus suegros y tus cuñados, también estrenan hoy vestuario; y sabes que no sólo el cura agradece que tu hija, y casi todos los niños, tomen la primera comunión de una forma tan ceremonial, también tu vecino Pablo, que tiene una tienda de ropa, está encantado; y tu amigo Rafael, dueño del restaurante donde vais a almorzar después de la misa. Anoche echaste cuenta de lo que habéis gastado y ahora le estás echando imaginación para no tener que renunciar a las vacaciones en Benalmádena este verano.

            Sabes también que cuando termine esta ceremonia no volverás a asistir a una misa en muchos años, e incluso tu hija tampoco, porque tú no la vas a obligar. Pero ¿qué se va a hacer?, hay que cumplir con las tradiciones.

Publicado en el Periódico de Extremadura el día 10 de Mayo de 2008.

 

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