El otoño siempre fue rojo y ocre, dorado a veces. Era un tiempo feliz adornado de hojas. Tenía más nubes que azules y bailaban sus días con la música del viento. Comíamos buñuelos y, cuando hacía frío, comprábamos castañas en cucurucho de periódico gastado para calentar las manos y los bolsillos del abrigo. Porque el otoño era fresco tirando a frío. A veces helaba por las noches y siempre teníamos dos mantas o más para arrebujarnos.
No soy en absoluto ñoña, pero reconozco que echo de menos aquel otoño. Qué quieren. No me gusta que haga calor en otoño. Ni que sigan verdes los árboles de mi calle, la buganvilla no haya perdido la flor ni la glicinia sus hojas. Ni continuar poniéndome camiseta de manga corta, sobre todo porque hace un par de meses ya era otoño en el Corte Inglés –solo allí, claro- y me compré dos trajes de paño gordo que se ríen de mí todos los días cuando abro el armario.
La culpa, sin duda, la tiene el cambio climático que nos está dejando el mundo del revés. Y miren, si solo se tratara del mundo lejano, bien está. Porque a veces es difícil concienciarse con, por ejemplo, los problemas de la selva amazónica, no porque no sean importantes, que lo son, sino por lo lejos que queda y lo poco que vamos allí de visita. Pero no, qué va. Lo peor es que el cambio climático vive ya en nuestra calle y creo que hasta compra el pan en la tienda de la esquina. Ya digo. Las mañanas son templadas y las plantas florecen. Y no solo eso. Afecta también a las costumbres y usos sociales. Explico.
El año pasado por ahora estaba en Nueva York. Me tragué el halloween enterito, con su desfile nocturno de fantasmas y esqueletos locos. Había millones de personas haciendo el gilipollas por la calle. Esas casas adosadas de ladrillo con su escalerita, aparecían aquella noche con luces de colores oscuros, calabazas y telarañas –las telarañas de adorno las venden en todas las tiendas, son así de horteras-. Los vecinos se sentaban disfrazados de almas en pena a la puerta de su casa y daban caramelos a cualquier niño que apareciera por allí vestido de vampiro o similar. Aunque parezca mentira, los había a miles. Te daban escobazos , te hacían ¡uhhh! por todas las esquinas y gritaban hasta perforarte los oídos.
Naturalmente, me pareció el colmo del mal gusto, digno en exclusiva de esos americanos vulgares y macarras. Por tanto, aunque allí sí hiciera tiempo de otoño, con su viento y su lluvia, decidí que prefería mi otoño casero aunque fuera templado.
No contaba con el cambio climático. Porque anoche era 31 de octubre. Hacía muy bueno en mi calle y los árboles saludaban desde todas sus hojas verdes. Pero no solo eso. El cambio había afectado a las personas: La calle estaba tomada al asalto por calabacitas, esqueletos, vampiros, brujas y fantasmas –sobre todo estos últimos, porque la mayoría había tirado de sábana para disfrazarse- y cientos de veces llamaron a mi puerta para hacerme ¡uhhh!, gritarme algo parecido a trick or treat, y pedirme dinero o gominolas.
He decidido que aborrezco al cambio climático, sobre todo si ejerce su influencia sobre las personas. También aborrezco el halloween. Y más esta versión extremeña de barrio. Así que me voy esta mañana a buscar el frío por ahí con mis castañas en el bolsillo, mi paquete de huesos de santo y mi traje de paño gordo que acabo de desenterrar.
Feliz día de Todos los Santos.