Se han disparado las subidas de precios, de inflación, de hipotecas, de todo. Por eso, este nuestro gobierno autonómico tan social y tan justo  anunció hace unos meses que iban a subir no sé cuánto más a los funcionarios de esta digna autonomía, a la sazón los peores pagados del estado español -con la excepción de los cargos y los de libre designación, que son, en contrapartida, unos de los mejor pagados-. O eso creí haber escuchado. Porque no ha sido así. En mi condición de funcionaria en activo -aunque inactiva- debería haber tenido la agradable noticia de una subidita de salario a final del mes de la cuesta arriba. Y no. No digo yo que no hayan aplicado un rácano aumento salarial en mi nómina. Pero el resultado de tal generosidad ha sido la disminución del dinero a percibir cada mensualidad. Aunque sé que es debido a no sé qué tramos del IRPF y otras zarandajas similares, no deja de parecerme pelín injusta una "subida"que se convierte en bajada. Sobre todo porque los tramos del IRPF no afectan a las hipotecas, ni al pan, ni a la leche, etcétera, y yo los pago cada mes.

?Para cuándo, de verdad, medidas económicas serias como disminución de impuestos para la franja de los normales, los del sueldo ajustado? Naturalmente, no me refiero a 400 euros de propina.

 Lo malo de que empiece la campaña nos es que lo haga en segundas rebajas y se contagie de los ofertones, qué va. Es que nos fuerzan a oirlos porque no hay quien se libre y que, encima, estemos obligados a optar. Pero, encima, para optar tenemos que pararnos un momento en observar quiénes son y qué ofrecen. Y eso, que ni siquiera nos esté permitida la indiferencia, desde mi punto de vista, es lo peor de todo.

Ya tienen las listas preparadas nuestros partidos, que por aquí consisten en dos, aunque cada vez se aproximen más a uno. Es curioso, pero nunca sé para qué nos sirven estos señores y señoras candidatos, después algunos electos diputados o senadores. Pasan las legislaturas y pasan con ellas los otrora candidatos sin pena ni gloria, sin controversia, sin ni siquiera fama. Nunca -excepto si se trata de conocidos anteriores al lance electoral- he vuelto a saber nada de ellos ni a recordar sus nombres. Mientras duran en Madrid, a la mayoría -hay puntualísimas excepciones- tampoco les escucho o veo en el Congreso. ?A qué van? Qué hacen allí, además de cobrar un sueldo y meterse en política?

Trato de imaginar al candidato/a y las razones por las que se pasean unos meses por los mítines y los pueblos intentando un escaño. Supongo que mucho, muchísimo, tiene que ver con la vanidad, esa virtud tan inseparablemente humana. Uno tiende a suponer que todo lo merece y que llegó por méritos propios. Uno suele pensar que sin él nada acontecería igual y que, menos mal, al fin se dieron cuenta en el partido. Uno hasta es capaz de  creer a pies juntillas en sí mismo y en las múltiples tonterías que tiene que gritar en escenarios y emisoras de segunda. A todo se acostumbra uno con tal de llegar a Madrid imbuido en la idea de su propia grandeza y -tal vez, aunque menos seguro- en la de su partido. Porque, esta segunda parte, la de creer en el partido es difícil de entender a la vista de los programas y las proclamas electorales. Si elegir candidatos tuviera consecuencias para la vida diaria -cuestión que dudo bastante-, prefiero concebir un candidato cínico pero sabiendo lo que hace que un idiota metido a candidato sin más credo que el impuesto por el partido y sin otro quehacer que el de llegar a ser un bulto invisible y bien pagado, pero, eso sí, en el congreso.

Respecto a las rebajas, saldos y promesas suelen vivir en el mundo virtual, allá donde moran los imposibles o las mentiras sin más. Y como ellos, un buen día, pasado el periodo electoral, hacen fffffffff y se desinflan. Dejan de ser lo que fueron cuando se liquida la temporada de ofertas, esta que, !horror!, tenemos encima. 

En años así, lamento que la acracia haya perdido vigencia en estos tiempos tan demócratas. No obstante, contemplo muy en serio la posibilidad de no presentarme nunca de candidata. Mientras, no creo que los vote.

 

Hoy, Día Mundial de La Crisis - no pregunten cuál, porque llevan toditos los medios macahacando el asunto unas pocas de horas-, recibo un e-mail recordándome que tengo un blog abandonado y que o bien decido alimentarlo o, de lo contrario, lo asesino ya para evitarle una muerte por inanición que siempre resultan más dolorosas. Así que empiezo a dar aliento a este espacio precisamente hoy, día tan económicamente aciago aunque espero que no guarde relación lo uno con lo otro y el blog camine por las redes o se quede colgado de ellas sin tener en cuenta el batacazo bursátil.

La realidad es que a mí estas crisis tan gordas casi nunca me afectan mucho, suelen resultarme lejanas como si fueran noticias de otro mundo, o, por lo menos, no lo hacen tanto como las crisis cotidianas. Ya sé que la economía es súper importante y que si va mal, pues todo va mal, pero no creo en el reinado de la economía sobre todas las cosas y casi todos los temas económicos se me hacen difíciles de comprender. Además, yo tengo otros problemas, qué quieren que les diga.

Sin ir más lejos, acaba de pasarme el ayuntamiento de mi ciudad una liquidación por importe de doce mil cuatrocientos noventa y nueve coma cincuenta y cuatro euros con el honrado propósito de que dicha cantidad sea abonada -por mí, se entiende- en un plazo no mayor de treinta días. Todo porque se me ha ocurrido construir una casa y me ha dado por hacerla de manera legal, no como la mayoría.

Resulta que si construyes a la buena de dios sin permisos ni proyecto ni nada pues cuando la acabas te vas allí a vivir y !hala! Si por casualidad el ayuntamiento se da por enterado del asunto lo más que te puede ocurrir es que te pongan una multa que nunca, nunca, llegará a a la antedicha cantidad  de doce mil cuatrocientos noventa y nueve coma cincuenta y cuatro euros. Y encima te has ahorrado el arquitecto, el aparejador, el plan de seguridad y el control de calidad.

De manera que se me ha puesto cara de haber hecho el canelo al tiempo que me ha entrado una especie de desasosiego que bien podría denominarse crisis económica aunque no incida en la tasa de empleo ni en la capacidad de ahorro del español medio, sino únicamente en la mía. Algo cambia: esta crisis sí que la entiendo, !vaya si la entiendo! La entiendo y la sufro, que es peor. Tanto, que gracias a ello, soy capaz de imaginarme a este pobre país y a este pobre mundo en crisis que habito temblando y temiendo el futuro sombrío sin un euro de repuesto en la caja y me compadezco de ellos. 

Ahora, !por fin!, sé perfectamente lo que es el declive económico: se parece mucho a tener que pagar una licencia de obras  en tu ayuntamiento.

El otoño siempre fue rojo y ocre, dorado a veces. Era un tiempo feliz adornado de hojas. Tenía más nubes que azules y bailaban sus días con la música del viento. Comíamos buñuelos y, cuando hacía frío, comprábamos castañas en cucurucho de periódico gastado para calentar las manos y los bolsillos del abrigo. Porque el otoño era fresco tirando a frío. A veces helaba por las noches y siempre teníamos dos mantas o más para arrebujarnos.

No soy en absoluto ñoña, pero reconozco que echo de menos aquel otoño.  Qué quieren. No me gusta que haga calor en otoño. Ni que sigan verdes los árboles de mi calle, la buganvilla no haya perdido la flor ni la glicinia sus hojas.  Ni continuar poniéndome camiseta de manga corta, sobre todo porque hace un par de meses ya era otoño en el Corte Inglés –solo allí, claro- y me compré dos trajes de paño gordo que se ríen de mí todos los días cuando abro el armario.

La culpa, sin duda, la tiene el cambio climático que nos está dejando el mundo del revés. Y miren, si solo se tratara del mundo lejano, bien está. Porque a veces es difícil concienciarse con, por ejemplo, los problemas de la selva amazónica, no porque no sean importantes, que lo son, sino por lo lejos que queda y lo poco que vamos allí de visita. Pero no, qué va. Lo peor es que el cambio climático vive ya en nuestra calle y creo que hasta compra el pan en la tienda de la esquina. Ya digo. Las mañanas son templadas y las plantas florecen.  Y no solo eso. Afecta también a las costumbres y usos sociales. Explico.

El año pasado por ahora estaba en Nueva York. Me tragué el halloween enterito, con su desfile nocturno de fantasmas y esqueletos locos. Había millones de personas haciendo el gilipollas por la calle. Esas casas adosadas de ladrillo con su escalerita, aparecían aquella noche con luces de colores oscuros, calabazas y telarañas –las telarañas de adorno las venden en todas las tiendas, son así de horteras-. Los vecinos se sentaban disfrazados de almas en pena a la puerta de su casa y daban caramelos a cualquier niño que apareciera por allí vestido de vampiro o similar. Aunque parezca mentira, los había a miles. Te daban escobazos , te hacían ¡uhhh! por todas las esquinas y gritaban hasta perforarte los oídos.

Naturalmente, me pareció el colmo del mal gusto, digno en exclusiva de esos americanos vulgares y macarras. Por tanto, aunque allí sí hiciera tiempo de otoño, con su viento y su lluvia, decidí que prefería mi otoño casero aunque fuera templado.

No contaba con el cambio climático. Porque anoche era 31 de octubre. Hacía muy bueno en mi calle y los árboles saludaban desde todas sus hojas verdes. Pero no solo eso. El cambio había afectado a las personas: La calle estaba tomada al asalto por calabacitas, esqueletos, vampiros, brujas y fantasmas –sobre todo estos últimos, porque la mayoría había tirado de sábana para disfrazarse- y cientos de veces llamaron a mi puerta para hacerme ¡uhhh!, gritarme algo parecido a trick or treat, y pedirme  dinero o gominolas.

He decidido que aborrezco al cambio climático, sobre todo si ejerce su influencia sobre las personas. También aborrezco el halloween. Y más esta versión extremeña de barrio. Así  que me voy esta mañana a buscar el frío por ahí con mis castañas en el bolsillo, mi paquete de huesos de santo y mi traje de paño gordo que acabo de  desenterrar.

Feliz día de Todos los Santos.