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Cruzando fronteras

La dulce evasión

 

Comienzan mis columnas con la descripción del entorno. Los personajes cuentan lo que sienten o lo que les pasa y después el lector hace de las suyas. Les crea una historia, hace paralelismos o me los endosa a mí, supongo, aunque a veces yo solo pasaba por allí, y simplemente me quedé a contarlo. Ésta pretendía, con ahínco, alejarse. Rehuir los noticiarios, los corrillos mañaneros que a veces se posan en mi libreta irremediablemente. Desprenderse del humo sórdido de lo cotidiano que nos envuelve, no en una niebla romántica, ni siquiera interesante, como una buena novela de Hammett, sino en una irrespirable muralla de sordos, empeñados en levantarla tan alto como aquellas torres gemelas que se creían invencibles en Walt Street. Las hojas de los árboles se les pudren encima o se caen exhaustas de resistir las acometidas del verano eterno. Los abrigos de los escaparates, tan apetecibles siempre, se reflejan desolados ante los que no se detiene nadie. Y los probadores esperan esquivados por los cuerpos sudorosos, sabiendo que solo el roce de la lana les produciría una asfixiante urticaria. Ni en el trabajo, ni en la familia es posible reencontrar la calma arrebatada, porque muchos andan cabizbajos, también en su busca, mascullando las noticias que se han convertido en el mantra opuesto al OM que en yoga vibra dentro, puro, para vaciarnos y hacernos sentir en paz. Solo parece efectivo excavar junto a Steve MacQueen un túnel largo que nos lleve fuera de todo esto, aunque sea por unas horas. En la penumbra silenciosa de la sala he construido mi pasadizo, estoy dentro, ligera y protegida, huyendo feliz con Billy Wilder a un Chicago en blanco y negro, a una Florida con palmeras y peces voladores donde un saxo tenor y un contrabajo bailan al ritmo del ukelele de Marilyn. Bella, despreocupada. Que solo dice buscar un millonario que tenga un yate para llevarla lejos. Estoy lejos. La música calipso hace bailar a Jack Lemmon con maracas y una rosa en la boca y mueve mis pies. Nada es imposible, no hay barreras, la alegría lo desborda y supera todo. No hay mejor medicina para los malos momentos que los besos americanos de Sugar; y para nosotros, pobres mortales, imitarlos, guiñar un ojo y seguir adelante, porque saben, nadie es perfecto!!