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Cruzando fronteras

Macabro censor

 

Se inclinó sobre él porque apenas se escuchaban, y le gritó al oído que le amaba. La cogió por los antebrazos separándola un poco, la sonrisa incrédula, casi cautelosa, se le escapaba sin remedio bajo el bigote. Había preparado el viaje con detalle para compartir aquella mágica impresión que tuvo la primera vez que atravesó el Bósforo, buscando su asombro al caer el sol sobre las cúpulas y los minaretes. Para que esa luz, dulce, le hiciera por fin verlo, mirarlo como él la miraba desde hacía ya un año. Embelesado. La atrajo contra su pecho, para no dejarla nunca más. Los demás bailaban, bailaban, bailaban. George Michael les dedicaba desde la tumba un golpe de cadera que rabiosamente imitaban, despeinados, sudorosos, los brazos arriba, coreando el estribillo entre carcajadas. Él también tenía calor, pasada sus dedos entre el cuello de la camisa, cerrada por la estrecha corbata negra. Apenas podía llenar las copas de Moet que se alineaban en la barra, y que desaparecían para volver a desfilar sedientas, mirándole con prisa y con un guiño pícaro. Como el de la guía que, desde que llegó, lo miraba moviendo despacio los labios para que pudiera leerle la palabra ánimo, muda, preciosa. Decidió presentarse a su vecina de mesa, al descubrirse, ambos, moviendo los pies bajo el mantel mientras observaban en la pista, la gente abrazada al son de Van Morrison. Él terminaría, en enero, cinco años después, sus estudios sobre Pamuck para poder presentar la tesis, y ella había sucumbido a un arrebato de última hora, casi sin mirar el destino, huyendo de las celebraciones familiares llenas de interrogantes, de los lastimeros suspiros de su madre después de que su marido la abandonara apenas una semana antes de Navidad. Chocaron sus copas, brindando por los comienzos. Cerrando casi imperceptiblemente los ojos para desearse, sin sospechar cuánto de común tenían, no volver a sucumbir a la soledad a su vuelta, vivir. Y así, porque andaban todos mirándose, nadie lo vio venir, solo, de oscuro, descargó 180 balas y su desprecio sobre ellos. Muertos. Como en la sala de fiestas de Toronto, como en Bataclan. Aniquilando con su inquisidora rigidez, con su fanática superioridad, la música, las risas, los besos, la vida. Una vez más.