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Maestros

 

Dice Savater que la educación va a la deriva. Pérez Reverte que la mediocridad nos acompaña. Muñoz Molina se lamenta por el abandono de la educación clásica, la del dictado y la lectura en alto. La respuesta está en las aulas. En los niños, los aún no picardeados por la molicie ambiental, por la comunicación solo por mensaje, por la ausencia de crítica, porque acaso es posible ésta en la realidad virtual de un juego, la visión de un video de youtube convertido en viral. Nos hemos preocupado de asistir al diferente, al que acusa problemas físicos, psíquicos, ambientales. Cuán necesario era y cuánto queda aún por hacer. Y se nos olvida que hay otros diferentes, que sufren por despuntar, por aburrirse en una clase donde se repiten hasta la saciedad mínimos conceptos para adaptarse a la política del no esfuerzo de la mayoría. Y fracasan o se amoldan, inteligentes, a la mediocridad general.Nos privan así de profesionales brillantes, de políticos excelentes, de científicos punteros, de los mejores. Se nos llena la boca, contritos, con los informes Pisa, las estadísticas, donde los sociólogos barajan rápidas y variopintas soluciones a los políticos que se rasgan las vestiduras. Pero nadie parece recordar el pilar donde se asienta el edificio, ése que vemos tambalearse y tanto preocupa. La infantilización de muchos alumnos, su falta de madurez, su falta de educación, la desidia permitida, sus ínfimos niveles académicos han aumentado en sentido inversamente proporcional al descrédito de los maestros. A su falta de autoridad, a su falta de reconocimiento como un personaje vital en la trayectoria de un niño. Hay miles de maestros que reciben felicitaciones de un antiguo alumno, que le recuerdan que gracias a sus enseñanzas está donde está, varió su rumbo, eligió en contra de lo previsto, encontró su vocación. ¿Qué hace falta pues para que se produzca el cambio?. Entre otras cosas incidir en la formación de los profesores, en su proceso de selección, elevar sus sueldos para convertirlos a los ojos de esos padres que los minusvaloran en presencia de sus hijos, en una élite a la que les gustaría pertenecer. Volver a verlos como alguien preciado, a quien encomendar el futuro de lo mas preciado.