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La atalaya

Vikingos (II)

 

Fernando Valdés Fernando Valdés
02/01/2017

El desastre de Ishbilia no desanimó a los piratas normandos, que, poco a poco, iban intensificando sus ataques contra las costas peninsulares. No sólo andalusíes, sino, también, de los principados del Norte. Llegaron a intentar varias veces el asalto a Santiago de Compostela y, pese a ser derrotados en 968, consiguieron apoderarse de la ciudad (970), aunque parece que por poco tiempo. Cruzaron el Estrecho y sus saqueos se extendieron por la costa levantina.

En 859 consiguieron llegar a Pamplona, Ebro arriba, y tomar prisionero al rey García I, que hubo de ser rescatado mediante un crecido rescate. Todos estos episodios y algunos más, que no cito, nos resultan hoy casi novelescos y dignos de un guión cinematográfico, pero en su tiempo provocaron un pánico incontenible en las poblaciones no sólo de la costa, también del interior. Sobre todo en las emplazadas junto a un gran río.

En al-Andalus, la subida al poder de Abd al Rahman III (912) y, en especial, su proclamación como califa (929), poco después de la sumisión definitiva de Batalyús, puso sobre la mesa un problema que se sumaba al auge de los fatimíes en el Norte de África: el control de los mares territoriales y el del Estrecho.

La política de prevención conllevaba con seguridad no sólo la vigilancia del litoral y la creación de una fuerza naval de reserva para actuar con rapidez cada vez que hubiese peligro de desembarco, sino la reorganización de las fuerzas de aquellos territorios con proyección marítima. Puede parecernos extraño, pero eso afectaba a Batalyús, como capital de la Marca Inferior, es decir, de un territorio sujeto a administración militar. Su fachada atlántica debía estar por fuerza dentro de la jurisdicción de su gobernador.

Parte de la costa, hoy portuguesa, dependería del caído general que residía en Batalyús. Se tomó la decisión, que es digna de destacarse, de dividir el litoral de al-Andalus en tres zonas, con cabecera en Alcaçer do Sal –Qasr Abi Danis-, Almería –Almariyya- y Tortosa –Tartush-. A cada base naval se la dotó de atarazanas. Fue la primera estructura naval de la que tenemos noticia en la historia de la Península Ibérica.