Si ya eres usuario, accede...

Recordarme

¿No recuerdas tu contraseña?
Accede con redes sociales...
Si todavía no eres usuario, regístrate...

¡Regístrate ahora! para recibir los titulares del día en tu e-mail.

¡Regístrate ahora! para poder comentar noticias, participar en sorteos y concursos.

Menú Accede
Si ya eres usuario, accede...

Recordarme

¿No recuerdas tu contraseña?
Accede con redes sociales...
Si todavía no eres usuario, regístrate...

¡Regístrate ahora! para recibir los titulares del día en tu e-mail.

¡Regístrate ahora! para poder comentar noticias, participar en sorteos y concursos.

tribuna abierta

Visión de la vieja España

MARCELINO CARDALLIAGUET Catedrático
18/03/2017

 

A veces me sorprendo del espacio que se va interponiendo entre ciertas generaciones venerables --ya un tanto chochas y desgastadas-- y los jóvenes actuales, totalmente desmemoriados con respecto a la España de tan solo unas décadas. Por supuesto, me refiero a un ‘espacio’ conceptual, mental, ideológico; no al espacio físico o geográfico que sigue reduciéndose en función del volumen demográfico de cada nueva generación.

Entre los setentones y los veinteañeros han ido surgiendo grandes huecos para instalar los nuevos proyectos, mecanismos sociales e instrumentos políticos que han ido demoliendo muchas verdades fraguadas en la ‘Vieja España’. En la España ‘Eterna e Imperial’ que nos vendieron a nosotros; heredera de ‘valores eternos’, del ‘Imperio hacia Dios’ y de las ‘Montañas Nevadas’, que parecían llenar aquellos horizontes, derruidos por la guerra, con nuevos rayos de luz y de esperanza.

En este tiempo ha surgido una nueva patria --prosaica y utilitaria-- cuyos ‘valores’ han dejado de ser ‘eternos’, para hacerse terrenales, crematísticos, funcionales y de altos rendimientos. En la que malviven la mayoría de los jóvenes actuales; trapicheando de crisis en crisis; añorando tiempos en los que tener trabajo era una cuestión de voluntad, y en la que formar una familia dependía de la presencia romántica del amor entre dos personas y no de la simple percepción de un salario decente y digno para mantenerla.

En mis tiempos juveniles hablar del futuro era hablar de algo real, tangible, colocado solamente a la vuelta de unos años; que dependía únicamente de la voluntad de prepararse, estudiar, hacerse un ‘hombre de provecho’ --trabajador y honrado-- en el que los demás podían confiar sin temor al fraude.

Este ‘espacio’ y esta confianza han desaparecido en los umbrales mismos del ‘Tercer Milenio’. Toda una generación de administradores de los bienes comunes, de economistas neoliberales, de ‘responsables’ de la res-pública y de políticos del montón, han logrado cambiar los parámetros de la convivencia a lo largo de las últimas décadas del siglo XX. A las que llamaron: ‘La Transición’; seguramente para que todo el mundo supiera que las cosas iban a cambiar; barriendo los viejos escenarios y conceptos de ‘honradez’ y ‘trabajo’ para sustituirlos por ‘empresa’ y ‘rendimientos contables’, ‘eficiencia explotadora’ y ‘mordidas presupuestarias’, contabilizadas como compensaciones necesarias al ‘capital’.

En la ‘Vieja España’ --tradicionalista y católica-- la Fe era creer en Dios por encima de todas las cosas. En la España nueva, la fe es la «confianza en los mercados»; en los métodos económicos de eficiencia inversora. En las ecuaciones inmutables para que, pagando salarios ramplones, eludiendo impuestos y estafando --mediante empresas interpuestas-- al mayor número de clientes, obtener los más altos rendimientos de nuestro ‘capital’.

La Esperanza, ya no está puesta en el ‘Jardín del Edén’; sino en los ‘paraísos fiscales’ que nos permiten eludir cualquier cooperación dineraria para resolver los problemas sociales del Estado. Y, finalmente, la caridad ha sido raída de todas las conciencias --incluso de los españoles de comunión diaria, que suelen ser ministros-- para evitarlos la molesta quemazón en sus conciencias que produce el remordimiento.