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EL LADO ASESINO DEL CÉLEBRE PILOTO ALEMÁN

El Barón Rojo vuela en cómic

 

El Barón Rojo vuela en cómic -

El Barón Rojo vuela en cómic -

ANNA ABELLA epextremadura@elperiodico.com BARCELONA
19/01/2018

«Soy cazador por naturaleza. Cuando derribo a un inglés, mi pasión por la caza se calma, al menos, un cuarto de hora», decía en sus memorias Manfred von Richthofen (1892-1918), leyenda de la aviación de la primera guerra mundial, el temible Barón Rojo (por el insólito y llamativo color con el que pintaba sus aeronaves), el que más aparatos enemigos abatió: 80. La oscuridad del mito alemán se ha impuesto en los últimos años a la imagen romántica de piloto noble y caballero que respetaba los códigos de honor y la vida de los adversarios valientes. Quiso contribuir desde el cómic a «desmitificar la leyenda» el dibujante Carlos Puerta (Madrid, 1965), capaz de reflejar la mirada gélida y penetrante del joven y rubio militar de ojos claros que aterriza junto al avión que acaba de derribar y que, al lado del cadáver del enemigo y mirando al lector, afirma: «Le he metido una bala y lo veo morir. Y para mí, este espectáculo supone un placer extraño. No conozco nada mejor en el mundo. ¡La guerra es algo fantástico!».

Tras llevar a la viñeta a otro aviador de la gran guerra, Godwin Brumowski, que también pintó su aeronave de rojo, Puerta se propuso en el 2012 afrontar la historia de Von Richthofen en una ficción libremente inspirada en su vida, y el resultado fue Barón Rojo, una primera trilogía de espectaculares imágenes que Norma reúne ahora en un volumen integral. Firma el guion el francés Pierre Veys, con quien Puerta ya trabajó en Adamson para el mercado francobelga. «Su pasión era matar enemigos y disfrutaba con ello. Él mismo lo decía en su libro [El avión rojo de combate], que escribió mientras convalecía de una grave herida en la cabeza. Acababa de matar a un ser humano y ya estaba deseando subir a un avión para seguir matando. ¿Quién piensa así? Era un poco como el malvado Zaroff [conde de ficción que disfruta cazando náufragos]», destaca el dibujante.

EL ROSTRO DE CHRISTIAN BALE / Según Puerta, en aquella época, «la sociedad de principios del siglo XX tenía otro sentido de la vida y la muerte. Los jóvenes fueron a la guerra pensando en matar y en ser héroes y realizarse como hombres. Tenían la guerra idealizada». Y Von Richthofen, para quien ha tomado de base el rostro del actor Christian Bale, era un aristócrata ambicioso y ególatra. «No sentía ninguna empatía, ni sentimientos, a diferencia de pilotos como Antoine de Saint-Exupéry. Empezó su carrera en la caballería, con los ulanos, donde descubrió cómo matar con el sable y la carabina, pero se pasó a la aviación porque le permitía masacrar a diestro y siniestro. Encargaba a un orfebre de Berlín una copa cada vez que abatía un enemigo y aterrizaba junto a cada avión derribado para recoger algo que le servía como trofeo».

«Podemos imaginar qué habría podido pasar si un ser así hubiera llegado vivo a la segunda guerra mundial –augura Puerta–. Como pasó con Göring, que voló en su mismo escuadrón de combate en la gran guerra, o con su primo Wolfram, nazi de la Legión Condor que bombardeó Guernica». Pero unas balas anónimas mataron a Von Richthofen mientras sobrevolaba el río Somme el 21 de abril de 1918. «Es un ángel caído que tuvo un final nefasto», añade, aludiendo a la alegórica portada del integral, donde dibujó al barón crucificado en la hélice de su propio avión.

EPISODIOS REALES / El guionista y el dibujante narran episodios reales de la vida de Von Richthofen como un ahorcamiento de monjes acusados de colaboracionistas, el día después de haber gozado de su hospitalidad, perpetrado por su batallón de caballería, y la matanza que personalmente provocó desde su avión al disparar sobre cosacos a caballo sobre un puente. Pero los autores también se toman una controvertida licencia fantástica, que es atribuirle poderes telepáticos al protagonista. «Igual no los tiene pero el personaje cree sentir el odio o el miedo de sus adversarios. Así puede adivinar sus movimientos y vencerlos fácilmente. Eso le hace arrogante, un Juan sin miedo».

RIGUROSO CON LOS DETALLES / Puerta, que vive en Vigo, se forjó un nombre en el mercado francobelga. Incomprensiblemente no ha sido profeta en su tierra, donde empezó en los años 80 de la mano de Josep Toutain en revistas como Creepy y donde ha ilustrado, entre otras, las novelas de El capitán Alatriste de Pérez-Reverte. Impresiona su magistral trabajo en Barón Rojo. Desde las escenas urbanas, hiperdetalladas y realistas, hasta los rostros y las expresiones de los personajes (que capta de las suyas propias, reflejadas en un espejo), pasando, por supuesto, por los espectaculares combates aéreos, usando «el expresionismo para crear un efecto de realidad muy inmersiva, por la gestualidad y la luz».

Cada álbum le lleva un año de trabajo, condicionado en gran parte por la documentación. «Soy muy riguroso y fanático con las armas, los aviones, la ropa, en cómo se mueven las personas en cada época... Porque hay lectores que se fijan mucho en ello». Hasta el punto de que se preocupa de saber cómo era un salpicadero de un modelo concreto de avión o la palanca para soltar las bombas para evitar las críticas más puntillosas. «El cine de aviadores de la época no me sirve porque no me fío de su rigurosidad, no suelen usar réplicas exactas», explica quien confiesa no haber volado más que en aviones de línea a causa de su vértigo. Por ello, en las escenas en el cielo, para saber cómo se mueve un aparato u otro, recurre a expertos, como su editor francés, piloto y fotógrafo de combate.

Se suceden las páginas silenciosas, incluso sin onomatopeyas, con pocos diálogos y textos de apoyo, donde el dibujo manda y lo cuenta todo. «La historia no necesitaba mucho texto. Pierre quería que fuese muy visual y yo intento cuidar mucho la narración, para que fluya y el lector se deje llevar por las imágenes», añade Puerta, muy influido por el cine mudo y el cine expresionista alemán. Que el lector no espere, pues, ningún «ratatatatá» ni un «ding dong». Verá, eso sí, un plano de un pueblo, otro de un campanario y otro de una campana agitándose. «El ruido debe sonar en la mente».