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la cultura que nos viene

Decirlo todo en diez palabras

 

Isabel Escudero, quien falleció el pasado martes en Madrid a los 73 años. - EFE / ARCHIVO/JUAN GONZÁLEZ

Olga Ayuso Olga Ayuso
10/03/2017

La poesía, como las canciones, cierta poesía, al menos, está (o eso dice Harold Bloom, ese gorila, al que citamos mucho porque seguimos creyendo en el principio de autoridad, aunque reconozcamos sus equivocaciones en varios temas, como su ridícula Teoría del Resentimiento)... La poesía, decíamos, existe para leerse en voz alta. Y para que la memoricemos. Recuerde el alma dormida... Con cien cañones por banda... Miré los muros de la España mía... La princesa está triste, qué tendrá la princesa... En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada... Stop all the clocks, cut off the telephone...

Isabel Escudero quiso recuperar esa oralidad y, también (se lo contó a otro filósofo, a Antonio Escohotado), lo sabroso del saber. Fue maestra en cantos, poemas breves, haikus, acertijos, mínimas: esas palabras del pueblo que al pueblo iban pero que no eran tan claras como podría parecer. «Yo sé de mí que moriré algún día / Si no lo supiera, / no moriría». Juan Bonilla lo contaba también: «Isabel Escudero y Agustín García Calvo gustaban de advertir que si las piezas que leían no nos decían nada entonces las habían escrito ellos, el yo particular de cada uno, pero que si, por un acaso, alguna conseguía herirnos, entonces eso significaba que quien las había sacado de la nada o cazado en el aire no eran ni el uno ni la otra, sino algo misterioso, imposible de cuantificar, que corre siempre por debajo y que quizá pudiera denominarse pueblo».

Escudero nació en Quintana de la Serena. Su voz era suave y con ella decía, por ejemplo, que las mujeres no pueden luchar con las mismas armas que el enemigo o que los medios de comunicación no son de comunicación, porque hace tiempo que dejaron de ocuparse de lo común . O que el capitalismo había individualizado a la persona de tal manera que todo era economicista: préstamo personal, ordenador personal. O «no hay separación entre política y economía, entre estado y capital. Hoy día, sea un gobierno de izquierdas o de derechas, será un esclavo, un servidor, del régimen del capital. Es decir, del puro dinero». O que no se puede hacer más llevadero el capitalismo. Lo decía con toda la serenidad que tienen los pensadores.

Le gustaba el concepto de bondad de Antonio Machado, en el mejor sentido de la palabra bueno. Y conversar. Y escribir, recuperar la poesía en voz para las aulas, porque las canciones populares tienen valor didáctico también (era una de sus materias, la Didáctica: daba clases de Educación en la UNED: también las dio en Ciencias de la Información en la Complutense).

Y sí: era la compañera de Agustín García Calvo, el señor que se atrevió con los sonetos de Shakespeare trasladándolos a la métrica española, con su rima de sonetos, flexibilizando los pentámetros yámbicos; el que escribió contra la paz y la democracia y el hombre; el de Libre te quiero; el que estudió, con ella, con Isabel, con su mujer («Esto sí que tiene ciencia. Yo dependiendo de ti y tú de tu independencia»), el lenguaje, los modos de construir la realidad a través del lenguaje, la anarquía como sistema político. Desde sus inicios, Escudero se ocupó de codirigir Archipiélago, esa mítica revista cultural que cerró en 2009 con un número dedicado a la crisis.

Sí: Isabel Escudero era «la musa de Agustín García Calvo»: desconozco si él se dirigió a ella en esos términos: tiendo a pensar que, cuando dos personas feministas e inteligentes se encuentran y se enamoran y construyen un proyecto vital común, ambas son musas la una de la otra, si entendemos por musa esa entidad abstracta que logra que, por arte de birlibirloque, sin contar siquiera ni con tu cultura, tu capacidad de trabajo o tu inteligencia, puedas crear obras geniales. Él, que tanto habló sobre el amor y la institucionalización del amor, le dedicó Bebela, uno de sus poemarios más hermosos. Ambos crearon, juntos y por separado. Así que, sí, los periodistas tenemos que hablar también de Agustín cuando hablamos de Isabel... pero hubiera querido que se hablara de Isabel cuando falleció Agustín, no solo como la esposa que hace declaraciones sobre lo importante que fue su marido, sino como su compañera (compañero: con quien se comparte el pan) y su compañera intelectual, tan fecundos los dos como fueron.

Esta semana conmemorábamos el día internacional de la mujer, o de las mujeres, porque somos muchas y diversas: heteros, lesbianas, negras, blancas, indias o chinas, transexuales, ateas, católicas, musulmanas o animistas, veganas, feministas... y hasta machistas, que también las hay porque ningún sistema funciona sin que el oprimido mantenga la opresión. No es una fecha de celebración, no tenemos nada que celebrar: ya no se trata de las 21 mujeres muertas: eso es la punta de un iceberg que hunde el hielo mucho más abajo: en las sistemáticas faltas de respeto, el único tipo de cuerpo que muestran los medios, la desvalorización del discurso de la mujer cuando habla de sí misma y cuando se define feminista. Y un día antes murió una mujer inmensa. Sirva todo esto como homenaje y como abrazo a los amigos.

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