Para los que creían que con el Nobel de Literatura a Bob Dylan se había tocado techo en cuanto a extrañeza respecto al premio sueco, llega ahora el anuncio de que el galardón, salpicado por la controversia, no acudirá a su cita este octubre y por lo tanto, tampoco en diciembre para su concesión. La polémica que lo ha disparado tiene todos los ingredientes de un thriller escrito por Stig Larsson: corrupción, tráfico de influencias y abusos sexuales en el lugar menos esperado, la meca del reconocimiento literario.

La no concesión del Nobel de Literatura es una situación totalmente extraordinaria puesto que, salvo en 1935 que quedó desierto, y los paréntesis de las dos guerras mundiales, el premio no ha faltado a su cita. El anuncio de la decisión de la Academia Sueca, la encargada de seleccionar los galardones, se produce tras una serie de acusaciones de agresión sexual contra el fotógrafo francés y gestor cultural Jean-Claude Arnault, esposo de la académica y poeta Katarina Frostenson, quien también fue acusado de la posible filtración del nombre de hasta siete ganadores antes de que se hicieran públicos.

PENSÁRSELO DURANTE UN AÑO / La resolución de la Academia ha sido tomarse un año de reflexión después de que hasta ocho miembros hayan decidido abandonar su puesto de un total de 18. Tras la marcha de Frostenson, obligada por las circunstancias, el cese más comentado ha sido el de la secretaria permanente Sara Danius, que dejó su cargo en abril y ha sido sustituida con rapidez por el escritor Anders Olsson. La situación es crítica porque en la actualidad la academia tampoco alcanza los 12 cargos efectivos que exigen sus estatutos para una votación válida. La intención es que el año que viene se hagan públicos los premios correspondientes al 2018 y 2019.

Con la institución en caída libre, no hay día en Suecia, que la prensa o la televisión no recoja las peleas entre los académicos. Entre las reformas que se requieren está la revisión de sus prácticas y la modernización de sus estatutos. Y es que pocos cambios ha habido en la esclerotizada institución fundada en 1786 cuyos miembros son vitalicios y cuya silla permanece vacía hasta su muerte en caso de renuncia. «Los métodos serán más estrictos con respecto a los conflictos de intereses y a la gestión clasificada como secreta», prometen.

La bomba que ha hecho estallar el conflicto tiene nombre y apellido, Jean-Claude Arnault, francés residente en Estocolmo desde hace más de 50 años, era hasta hace unos meses uno de los hombres que acumulaban más poder y prestigio en el mundo de la cultura sueca. Casado desde los años 90 con Frostenson, mantenía una amistad muy estrecha con el resto de los académicos y se le solía denominar el miembro de la academia número 19. La plataforma de su poder, sin embargo, fue el centro cultural Forum, parcialmente subvencionado por la Academia sueca, que acogía los encuentros con grandes autores de la literatura sueca e internacional, así como exposiciones, representaciones teatrales y lecturas. Arnault también gestionaba dos pisos uno en Estocolmo y otro en una zona exclusiva de París, propiedad de la academia.

Todo era perfecto hasta que el pasado mes de noviembre Matilda Gustavsson publicó el reportaje El Wenstein sueco en el que 18 mujeres acusaron a Arnault de abusos sexuales, realizados tanto en el interior del centro cultural como en los pisos que gestionaba. De esos abusos, no se habrían librado, al parecer, las esposas y las hijas de los académicos. La conmoción fue tremenda, máxime cuando todo apuntaba a que Arnault también había filtrado los nombres de los ganadores.

Estirando del hilo, la prensa sueca también ha sacado a la luz un posible conflicto de intereses, ya que la esposa de Arnaud era la encargada de repartir las subvenciones de la institución. Y además, dos actuaciones del posible pasado de predador sexual del agente cultural: una acusación en estos términos que hace 20 años una mujer dirigió a la Academia sueca y que ésta archivó y la más curiosa, la que le sitúa también por aquellas fechas tocándole el trasero a la por entonces veinteañera princesa Victoria, la heredera al trono del país nórdico.