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Jonathan Coe, novelista: «Hoy en día, la realidad está haciendo muy difícil la sátira»

Publica ‘El número 11’

 

Jonathan Coe, novelista: «Hoy en día, la realidad está haciendo muy difícil la sátira» - ELISENDA PONS

RAFAEL TUPOUNET // BARCELONA
12/01/2017

Mind the gap. Cuidado con el hueco. El aviso que suena insistentemente por megafonía en el metro de Londres para advertir de la existencia de un espacio entre el andén y los vagones podría servir perfectamente como lema publicitario de la última novela del escritor inglés Jonathan Coe (Birmingham, 1961), El número 11 (Anagrama). Un estimulante cóctel de géneros (de la sátira feroz al terror gótico, pasando por el relato detectivesco y las aventuras juveniles de Enid Blyton) consagrado a alertar de las terribles consecuencias de la brecha (el gap) abierta en la sociedad británica en estos años de crisis económica y planes de austeridad. El libro retoma el hilo de una de las novelas más celebradas del autor, ¡Menudo reparto! (1994), el particular ajuste de cuentas de Coe con las políticas de Margaret Thatcher.

—Uno de los personajes de ‘El número 11’ reflexiona en un pasaje sobre «las secuelas que en realidad no son secuelas» y que apenas guardan una relación «oblicua y resbaladiza» con el original. La definición es perfectamente aplicable a la propia novela. ¿Qué le hizo volver a los personajes y al universo narrativo de ‘¡Menudo reparto!’ al cabo de 20 años?

—Quería escribir un libro sobre los años de David Cameron, una etapa que a mi juicio supuso el final y la consecuencia lógica de la era Thatcher, que es a su vez el tema de ¡Menudo reparto!. Por eso me pareció adecuado establecer una conexión entre ambos libros, pero dejando claro que son dos novelas de naturaleza muy diferente.

— ‘¡Menudo reparto!’ tomaba su título original (‘What a Carve Up!’) de una antigua película inglesa de serie B que mezclaba elementos de terror y comedia. Y en ‘El número 11’ abundan las referencias a otras películas similares. ¿Son el horror y la farsa los géneros que definen la evolución política de las últimas décadas?

—(Ríe) Es verdad que en mi cabeza existe una conexión entre esa mezcla de terror y comedia y la realidad política, aunque no sé si soy muy capaz de racionalizarlo. En su momento pensé que un pastiche de géneros como ese se ajustaba bien al propósito de retratar la era Thatcher y, puesto que ahora se trataba de hablar del final de esa época, parecía una buena idea hacer algo parecido.

—La novela arranca con la misteriosa muerte de David Kelly (científico británico e inspector de armas de las Naciones Unidas en Irak) en el 2003. ¿Por qué decidió convertir ese suceso en desencadenante de la trama?

—Creo que es un episodio que representa la terrible quiebra que se ha producido en la confianza de la gente hacia el Gobierno. A partir de ahí, el saludable escepticismo de la gente se convirtió en otra cosa, en malestar y cinismo. Y cuando en el 2008 llegó la crisis y se vio que los responsables de la misma no eran quienes pagaban el precio, la brecha se hizo mayor. Ahora vivimos las consecuencias, con la gente optando por la antipolítica. Solo un país en el que la gente está profundamente enojada con los políticos profesionales puede elegir a alguien como Donald Trump.

—La novela tiene una cualidad profética. Está escrita antes del ‘brexit’ pero el panorama que retrata sugiere que la victoria del sí era una conclusión poco menos que inevitable.

—Soy terrible haciendo predicciones, pero el brexit no me sorprendió del todo. Me pasé el tiempo advirtiendo a la gente de que la cosa iba a estar muy ajustada. Y aun así no creía que fuera a ocurrir porque me parecía obvio que era algo estúpido. Una forma de autolesión nacional. Quizá subestimé el grado de desesperación de muchos británicos. Es hasta cierto punto lógico que en situaciones desesperadas se opte por medidas desesperadas.

—El tema central del libro es esa profunda división entre ricos y pobres que la crisis y los planes de austeridad han agravado de manera dramática. ¿Qué responsabilidad han tenido los gobiernos en esa deriva?

—Pienso que para el Gobierno de David Cameron los planes de austeridad constituían un programa ideológico en toda regla. Tenían el propósito de pervertir el Estado del bienestar y establecer una división entre los pobres que merecían ser atendidos y los que no lo merecían. La crisis era una excusa perfecta para eso. Por esa razón, el lema de George Osborne (ministro de Hacienda de Cameron) de que «estamos todos juntos en esto» me resultaba tan cínico y quise convertirlo en un elemento nuclear de la novela. Lo que ha pasado en los últimos años demuestra que no estamos todos juntos. Para nada.

—En un pasaje del libro, apunta a la serie ‘Downton Abbey’ como modelo de ficción televisiva representativa de la era Cameron.

—Downton Abbey es un ejemplo de serie británica de excelente factura, pero me resultaba revelador que en un momento en el que el Gobierno estaba llevando a cabo un ataque ideológico contra los sectores más vulnerables de la sociedad, cada domingo por la noche los telespectadores buscaran refugio en esa visión idealizada de la Gran Bretaña de entreguerras en la que la gente sabe cuál es su lugar y no hay conflictos entre la clase dominante y la clase sirviente.

— Aun así, cualquier serie de ficción parece preferible a ese cruel ‘reality show’ que usted retrata en el libro.

—La telerrealidad es la forma de televisión más deshonesta que existe. Ya desde el nombre se nos presenta como algo real, cuando es un producto tan editado, modelado y manipulado como una serie de ficción.

—¿No han quedado obsoletos los ‘reality shows’ ante campañas como la del ‘brexit’ o la de Trump, que proponen nuevas maneras de servir una versión editada de la verdad?

—El problema de escribir ficciones sobre asuntos contemporáneos es que todo cambia muy rápido. Supongo que las noticias falsas son la conclusión lógica de la telerrealidad, pero yo no lo vi venir. En mi próximo libro voy a tener que ir un poco más allá de mis propias intuiciones.

—En ese nuevo libro, ¿reincidirá en el registro satírico?

—Hoy en día, la realidad hace muy difícil la sátira. Vamos a tener que redefinir el género. Leo los tuits de Donald Trump y empiezo a pensar que son una forma de sátira. Es casi imposible distinguir su cuenta oficial de las cuentas paródicas.

—En un capítulo central de la novela se describe la defensa del Estado del bienestar como una forma de nostalgia improductiva. ¿Es ese su punto de vista?

—Por supuesto soy partidario de los servicios públicos, pero me temo que hemos caído en un discurso que puede identificarse fácilmente con la simple añoranza de un pasado idealizado. Con la elección de Jeremy Corbyn como líder, el partido laborista corre el riesgo de aferrarse a unos principios y unas formas propias de los años 70 y principios de los 80 que, me temo, no se ajustan al momento actual.