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Más allá de la ruta del bakalao

Una historia oral escrita por Luis Costa redescubre momentos de gloria de la escena de baile en Valencia

 

Cabina interior de la discoteca CAP3000, una de las imágenes que ilustran el libro de Luis Costa. -

Ambiente en la discoteca Distrito 10. -

BARCELONA
02/01/2017

Cuando se habla de bacalao en relación a la música, lo más habitual es que se mencionen imágenes conocidas de autodestrucción a ritmo de música tirando a mala. «Los medios relacionaron el bacalao con el consumo de drogas e introdujeron la perversión gráfica de la ka por la ce, para radicalizar el asunto», asegura el periodista y disc jockey profesional Luis Costa. «Y nada más lejos de la realidad: como ya se explica en el prólogo de mi libro y por boca de sus personajes, la palabra surgió en los 80 para referirse a la música de importación de calidad, entre otras cosas».

El barcelonés Costa ha venido aquí a hablar de su libro: ¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia (Contra), un intento (exitoso) de contar la verdadera historia de aquella escena a través de sus protagonistas. Historia de una debacle, en honor a la verdad, pero también de unos años de explosión durante los cuales Valencia fue una ciudad y comunidad de modernidad pionera.

«No existía apenas bibliografía sobre el tema y había un hueco muy claro por cubrir», explica Costa. Un referente claro era el clásico En èxtasi, ensayo de Joan M. Oleaque, «maravilloso pero breve, que no abordaba en profundidad muchas de las historias». Además, Costa no quería quedarse en la escena mákina catalana y valenciana de los 90; en su cabeza, la escena de baile de los 80 valencianos merecía una revisión.

Para el autor, marcar un punto de partida fue sencillo: «Si bien el año 1980 marca un cambio radical en la escena, con la irrupción de la figura del DJ Carlos Simó en [la discoteca de Sueca] Barraca, en los años 70 se sientan las bases del oficio, o el arte del DJ, con la presencia de algunas figuras pioneras entre las que destaca Juan Santamaría».

OTROS NOMBRES DESTACADOS / Santamaría, también referencia de la industria disquera, marca el inicio de un relato oral en el que participan otros disc-jockeys influyentes como el citado Simó, Toni El Gitano, Juanito Torpedo y Fran Lenaers, quienes desafiaron al statu quo con sonidos punk, new wave o de rock gótico; promotores como Vicente Pizcueta y Bernardino Solís; dueños de tiendas de discos como Miguel Jiménez (Zic Zac), Lucas Soria (Lucas Records), o músicos como Remi Carreres (bajista de Glamour, grupo referencial de la efímera Movida valenciana), Shaun Ryder (Happy Mondays) y Germán Bou, productor del Así me gusta a mí de Chimo Bayo.

Curiosamente, Bayo no aparece en el libro, perseguido sin éxito por Costa durante meses. ¿Por qué? «Me dijo que estaba liado y que no disponía de tiempo para hacer la entrevista, porque tenía otras prioridades en ese momento».

Quizá Bayo quería reservar sus conocimientos sobre la época para una recién publicada novela coescrita con Emma Zafón de título memorable (No iba a salir y me lié). Su ausencia queda compensada con voces explosivas. En cabeza, Toni El Gitano y sus anécdotas sobre robar discos en El Corte Inglés o rendir tributo a Ian Curtis en Gigoló, una discoteca de tarde para críos… simulando su suicidio. Huele un poco a leyenda en sus palabras. «La memoria es selectiva y caprichosa», avisa Costa. «Pero hay que saber leer entre líneas e ir reuniendo e interpretando la información. En todo caso, aquellos días fueron muy locos, libres y entusiastas, y cada uno los vivió y los recuerda a su manera. Creo que ahí está la gracia también».

EL AUGE Y LA CAÍDA / Si en los 80 el término bacalao pudo hacer referencia a música buena de importación –los sonidos llegados desde el Reino Unido y Alemania que algunos hombres buenos defendieron desde discotecas míticas como Barraca, Galaxy o Dreams Village–, en los 90 fue sinónimo de desfase. La culpa no fue solo de la prensa. «Según se desprende de los testimonios orales de los protagonistas, también estuvo la supuesta incapacidad de los propios gestores de reinventarse y mantener esa escena vanguardista que los había encumbrado. Sucumbieron a los cantos de sirena procedentes de las taquillas de sus salas». El fiestero Sito (alias de un Alfonso barcelonés) resume el paisaje en las últimas páginas del libro de manera contundente: «Eran chavales que iban hasta el culo. Y la música ya era diferente también, tío».

SABER DIVERTIRSE / Este primer libro de Costa, jefe de prensa de Razzmatazz Clubs desde el 2009, se llama ¡Bacalao! y no ¡Ruta del bakalao! o ¡Ruta Destroy!. Eso ya marca su carácter, un espíritu más reivindicativo que escabroso. «Espero que el lector reciba algo de la intensidad de aquellos días y compruebe la vitalidad de todo lo que se cuenta en sus páginas», dice el autor. «Entonces sabían divertirse; a nosotros parece que se nos haya olvidado».