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La mejor actriz del mundo

 

Meryl Streep, en los Globos de Oro. - AFP PHOTO / ROBYN BECK

Meryl Streep, cararacterizada como Donald Trump, el pasado junio. - AFP PHOTO / ROBYN BECK

POR OLGA PEREDA
16/01/2017

Puede que Donald Trump sea la única persona del mundo que piensa que Meryl Streep (Summit, Nueva Jersey, 1949) es «una actriz sobrevalorada». Al presidente electo de EEUU le sentó tan mal el discurso de la protagonista de Kramer contra Kramer durante los Globos de oro –con sutiles críticas a Trump, sin mencionarle– que arremetió contra ella y la acusó de ser una «lacaya de Hillary Clinton». El hombre con más poder del planeta debe desconocer que Streep, con 19 nominaciones al Oscar (en tres ocasiones ha ganado la estatuilla), tiene «en algún cajón de su caótica oficina» una carta de Bette Davis en la que la nombraba su sucesora.

A sus 67 años, la risueña y amable Streep es la mejor actriz viva del mundo. Sin ella no se entiende el cine americano de los años 70 y 80. Ningún colega de profesión la critica. «Les pago para que hablen bien de mí», se ríe. La ausencia de enemigos no es lo único que la convierte en una rara avis. Lleva casada casi 40 años con el mismo hombre, vive en una apartada granja y ha tenido cuatro hijos, cuya crianza ha sabido (y podido) conciliar con una carrera brillante.

Meryl Streep tiene todo lo que Donald Trump detesta. Es feminista feroz, ecologista concienciada, proabortista y partidaria del matrimonio gay. Como medio Hollywood (o entero), es demócrata. En el año 2008, cuando recibió el premio Donostia por toda su carrera, aseguró que «estaba mirando inmobiliarias en San Sebastián» por si Barak Obama no se convertía en el nuevo inquilino de la Casa Blanca.

Hija de una artista y de un alto ejecutivo de una empresa farmacéutica, Streep –gafas gruesas, hierros en los dientes y pelo corto y rizado– era la pequeña de tres hermanos y siempre destacó en canto e idiomas. Coqueteó con la idea de ser intérprete en Naciones Unidas, edificio que visitó un día acompañada de su madre. Viendo a las traductoras en sus cabinas, soñó con ser como ellas y «crear la paz entre personas que no se entienden». Con 15 años ingresó en el selecto Vassar College para estudiar Arte Dramático y años más tarde se graduó en Yale. El teatro se convirtió en su auténtica escuela al interpretar textos de Shakespeare, Tennessee Willimas, Arthur Miller...

En 1977 debutó en el cine de la mano de Fred Zinnemann en Julia. Un año antes había conocido a John Cazale, el Fredo Corleone de El Padrino. Se enamoraron y comenzaron una vida juntos. Ambos coincidieron en la maravillosa El cazador (Michael Cimino), donde la enfermedad del actor (un incurable cáncer de huesos) ya era patente. Cuando Cazale comenzó a estar realmente mal, Streep anuló compromisos profesionales y se mantuvo a su lado hasta que murió, en 1978, cuando tenía 42 años.

Fallecido su amor, Streep se volcó en su trabajo. Y su ascensión fue imparable. La inmortal y revolucionaria Kramer contra Kramer (1979) –en la que ella misma escribió sus diálogos– le puso en bandeja de plata su primer Oscar. Tres años más tarde volvía a conseguirlo con La decisión de Sophie, película sobre el Holocausto para la que aprendió alemán y polaco. Su corazón también volvió a latir. Lo hizo con el venerado escultor Don Gummer, graduado en Yale como ella. Se lo presentó su hermano y el flechazo fue tan súbito que se casaron a los pocos meses. Ambos iniciaron una nueva vida en una apartada granja de Connecticut. Han pasado 39 años y siguen –¡oh, milagro!– juntos.

La meticulosa, exigente y versátil Streep no dudó en hacer parones temporales en su fructífera carrera para criar con calma y dedicación a sus cuatro hijos. «Los años maternales», los llama ella, que ha defendido con uñas y dientes el derecho de su familia a tener vida personal alejada de la vorágine rosa. Dos de sus hijas le han seguido los pasos en el mundo de la interpretación. La otra es modelo. Y el único varón, músico. «Mi hijo (que ahora tiene 36 años) no es precisamente admirador de toda mi filmografía», se rió Streep en el 2009 durante un encuentro con prensa internacional en París.

Una de las razones por las que la venerada dama del cine tardó tanto en venir a España era, precisamente, su familia. A pesar de que la dirección del Festival de San Sebastián (que se celebra en septiembre) la tentaba año tras año para el Donostia, siempre se excusaba en sus hijos. A ellos les dedicaba el verano entero. En el 2008, sin embargo, acudió a su llamada. Lo hizo después de que la convenciera Robert de Niro. «Tienes que ir, allí saben cómo tratarte», explicó la actriz imitando la voz de su incondicional amigo. La protagonista de La dama de hierro (filme que le valió su tercer Oscar) sabe hacer reír. Lo hizo, con una audiencia planetaria, el pasado junio imitando a Donald Trump. Solo necesitó una peluca rubia, una barriga de espuma y una capa de pintura naranja. Boom.