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Mendoza reivindica el humor y las humanidades al recibir el Cervantes

El escritor promete seguir siendo «el de siempre» y se confiesa «atemorizado» de cómo va el mundo

OLGA PEREDA
21/04/2017

 

El premio Cervantes no le cambiará. Seguirá siendo, aseguró, el mismo de siempre. Ni el prestigio que supone recibir el mayor galardón de las letras españolas ni los 125.000 euros que comporta modificarán un ápice su (humilde) forma de ser. «Han transcurrido ya varios meses desde que el ministro de Cultura me comunicó que me habían concedido el Cervantes y todavía no sé cómo reaccionar. Este premio no es fácil de asimilar. No peco de insincero al decir que nunca esperé recibirlo». Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) nunca aspiró, efectivamente, al Cervantes. El humor siempre ha sido el hermano pobre del arte y él, que concibió a un extraterrestre para que le sacara los colores a Barcelona, solo concibe la literatura con sonrisas.

GRATITUD Y ALEGRÍA / Y el humor, no podía ser de otro modo, tuvo una importante presencia en el sencillo discurso que Mendoza pronunció ante los Reyes en el acto de entrega del galardón, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, cuna de Cervantes. El autor recibió el premio con «profunda gratitud y alegría» y la promesa de que seguirá siendo el de siempre: «Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores». Y seguirá llenando folios, pese al «temor» y el «esfuerzo» que van asociados a la escritura.

Traductor, novelista, ensayista y dramaturgo, Mendoza rememoró sus años de juventud, la época del Preu (preuniversitario) en la que leyó por primera vez y «por obligación» el Quijote. Todos sus compañeros lo hicieron, ya fueran de ciencias o letras. «A diferencia de lo que ocurre hoy, en la enseñanza de aquella época prevalecía la educación humanística, en detrimento del conocimiento científico. La pomposa abstracción que hoy llamamos Humanidades, antes se llamaba, humildemente, Lengua y Literatura».

El hermano Anselmo fue el que les metió a la fuerza el Quijote. A los 30 fieros muchachos de su clase (no había chicas, por supuesto) no les hizo mucha gracia. «Nuestra imaginación literaria se nutría de El Coyote y Hazañas bélicas y las sesiones dobles del cine de barrio eran nuestro Shangri-La. Pero el Siglo de Oro, francamente, no».

Consciente de que a clase no se iba a jugar sino a aprender, abrió el Quijote con el mismo ánimo con el que se aprendió de memoria los afluentes del Ebro: ninguno. Pero lo hizo y se rindió a su encanto. Le fascinó el lenguaje cervantino.

Desde niño, Mendoza –cuyo padre era amante de la cultura y, sobre todo, del teatro y de Lope de Vega– quería ser escritor, pero no sabía ni cómo ni sobre qué escribiría. «La lectura fue un bálsamo y una revelación. De Cervantes aprendí que con el idioma se podía cualquier cosa: relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje o transcribir un diálogo sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia».

PELO REVUELTO Y BIGOTE FIERO / Una década después, convertido en un bachiller «o un tonto», volvió a leer del tirón la célebre obra de Cervantes. «Yo llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote. Era ignorante, inexperto y pretencioso. Pero no había perdido el entusiasmo». Y la leyó una tercera vez, convertido ya en «un buen padre de familia». Al igual que don Quijote, a esas alturas de su vida había recibido algunos palos, ni muchos ni muy fuertes. Y, como Sancho Panza, se había tenido que apear muchas veces del burro.

Volvió a las andanzas de Alonso Quijano después de la llamada del ministro de Cultura para anunciarle el premio. De las cuatro lecturas, dijo, ha sacado muchas conclusiones. La fundamental: que a él le pasa justo lo contrario que al hidalgo caballero. «Don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza. Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera. Por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el el mundo».

El autor de La verdad sobre el caso Savolta (novela con la que debutó y triunfó) trufó su discurso con notas de humor y quiso hacer un paréntesis para rendir homenaje a dos personas fundamentales en su vida y en su carrera literaria: Pere Gimferrer, que le dio la primera oportunidad, y la fallecida Carmen Balcells.

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