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la cultura que nos viene

Mil maneras de interpretar a Shakespeare

Olga Ayuso Olga Ayuso
31/03/2017

 

Cuántas maneras distintas hay de interpretar el mismo texto y la misma palabra. Todas. «Una palabra tiene una vida que dura solamente un instante: si la repites de nuevo, será diferente: la respiración será diferente. Y la puntuación es muy importante. Pero, al final del todo, el actor vuela solo en el escenario. Las reglas se tiran por la ventana cuando está enfrente del público. El teatro funciona con tres energías: actor, autor y público y, sin las tres coordinándolo todo, no funciona. Es un trabajo en equipo». Lo dice Denis Rafter, irlandés, actor, director de teatro y una de esas personas que es capaz de firmar una obra (sea una adaptación del Hamlet de Shakespeare para que la recite Juan Echanove, sea un Edipo Rey, sea un Pedro de Urdemalas) y suscitar confianza en el espectador. Hay directores muy irregulares: Rafter nunca me ha decepcionado. Puede hacer de Julieta, sin ser camp, sin tener pluma, solo buscando su voz interior porque una persona, en sí misma, es todo lo universal que quiera ser.

Shakespeare es ese señor al que te puedes acercar en la adolescencia, pero al que comienzas a entender mejor cuando comienzan a ocurrirte cosas: cuando te enamoras y no puede ser, cuando se muere tu padre, cuando tienes, de pronto, cuarenta años más que hace cuarenta, cuando eres mujer y te peleas con el patriarcado («A mí me parece que Shakespeare ha presentado mujeres mejores que los hombres. Creo que los personajes protagonistas masculinos de Shakespeare no merecen a sus parejas»), cuando todo se ha roto y, sin embargo, andas con vida; cuando descubres a esos amigos de los que dispones de su casa y su cuenta corriente y los sujetas bien a tu alma con cercos de acero o cuando mantenerte en el trabajo roza más las intrigas político-palaciegas que ha de ver con tu valía personal. Cuando tienes 18, Shakespeare te produce respeto. Un par de décadas más tarde, regresas a él para que te explique por qué sientes como sientes.

Nos ocurre a muchos con muchos: a los maricas les ocurre: turbios de lágrimas, carne para fusta, bota o mordisco de los domadores. Los maricas que soñaban a Walt Whitman, viejo hermoso y la barba poblada de mariposas, los que no querían ser río ni querían ser nube, contra los que alzaba la voz Federico García Lorca, contra los que pedía que los confundidos, los puros, los clásicos, los señalados, los suplicantes, os cierren las puertas de la bacanal. Tendrás 70 años y pensarás cosas distintas de un poema que te sabes de memoria, como ese de Boca que arrastra mi boca: boca que me has arrastrado: boca que vienes de lejos a iluminarme de rayos o Por nada me esforcé, pues nada lo valía. Amé la naturaleza, y amé también el arte. Me calenté ambas manos ante el fuego de la vida; ahora ella se hunde y yo soy uno que parte.

Me pregunto si Lorca leyó a Savage Landor.

Murió con 38 años. Miguel Hernández con 31. Con él tuvo un desencuentro enorme, porque Hernández no pedía, exigía: se cumplían 75 años esta semana. No nos podemos permitir otro Lorca, decían en el régimen franquista, y le conmutaron la pena de muerte y le condenaron a 30 años, pero murió antes, de tuberculosis, en un penal. «A Miguel Hernández lo murieron», decía Vicente Aleixandre, que le amó con todo el amor que tuvo.

Juan Ramírez de Lucas fue el último amor de Lorca. Le vio un mes antes de que lo mataran y le envió una carta: «Es preciso que vuelvas a reír». Gabriel Celaya contaba: «Federico se reía». Se ha hecho tanto hincapié en lo tormentoso, en la muerte, la sangre, el toro y las hierbas de las obras de Lorca que a veces se olvida que, como toda la gente inteligente, tenía un humor tremendo. Entre lo que me quieres y te quiero, le escribió, dicen, sus Sonetos del amor oscuro, donde sin fruto gimen carne y cielo. O lo mismo fue a Rafael Rodríguez Rapún: lo que sí es cierto es que se los escribió a un hombre, porque a Lorca le gustaban los hombres, aunque en la adolescencia (cuándo, si no) se liara con María Luisa Natera.

Ramírez de Lucas, que fue crítico de arte y arquitectura en ABC, guardó las cartas de su amor. En ellas, Lorca le dijo que fuera político. Que no dejara de ser político nunca. Miguel Murillo ha escrito El último amor de Lorca para retratar no solo este amor ni la personalidad lorquiana, sino el espíritu ebullescente de la República, del que le pregunté un día qué habría que recuperar. Lo primero, la república. La propia república: la existencia de un contrato social entre gobernante y ciudadanos, no un sistema en que una familia, por razón de cuna, sea más que nadie y ese contrato no exista porque somos vasallos. Y, también, el compromiso cultural que hacía que Margarita Xirgu bajara del escenario y luego se pusiera a interpretar, de nuevo, para aficionados, para actores y actrices amateurs, por gusto, por amor, para poner luz en la oscuridad que se sabía que vendría después.

SEnDDenis Rafter. ‘El bululú irlandés’. Viernes, 31 de marzo. 20.20 horas. Sala Maltravieso (Cáceres)

–‘El último amor de Lorca’, 1 de abril. 20.30 horas. Gran Teatro (Cáceres)