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«Nadie se atreve a escribir este libro. Ni siquiera yo»

 

«Nadie se atreve a escribir este libro. Ni siquiera yo» - CARLOS VALBUENA

ELENA HEVIA
15/01/2018

Ante Solenoide (Impedimenta), la última novela del escritor rumano Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), solo cabe la admiración sin límites por un autor que concibe la literatura como la iluminación del yo profundo. Impulsada por una extraña y fascinante maquinaria textual, el libro sigue la vida miserable de un escritor fracasado que malvive como profesor de instituto. Atentos a este hombre, porque cualquier año de estos, si es que existe la justicia, le van a dar el Nobel.

–Se podría decir que esta novela puzle es un punto de llegada de sus obsesiones: los personajes extravagantes, las arquitecturas alucinadas, los sueños... ¿Quiso hacer una obra total?

–Cuando escribí Cegador, mi anterior novela, que en realidad es una trilogía, los periodistas me preguntaban si había vida después de aquello. Y mi respuesta es esta novela.

–¿Se puede leer como la reescritura del diario de Franz Kafka?

–Realmente lo que escribe mi protagonista, que no tiene nombre, puede ser leído como un diario pero también como una novela fantástica. Es un texto que intenta abarcar las diferentes personalidades de mi héroe y, de alguna manera, el libro que ningún escritor se ha atrevido a escribir. Ni siquiera yo.

–Esa es buena... pero lo ha escrito usted.

–Sí, de una forma paradójica sí, pero solo lo he logrado cuando he entendido cuan miserable es ser escritor. Porque mi novela es también un panfleto contra la literatura.

–Su personaje dice que no quiere escribir por placer ni para divertir a nadie, sino para comprenderse. ¿Esa es la idea?

–Eso es. Eliminar de la figura del escritor todo lo que tiene de falso, de correr tras los premios y la gloria.

–¿Y podríamos decir que su héroe es un trasunto de Mircea?

–Digamos que es un gemelo mejorado, mucho más devoto de su arte de lo que jamás podré ser.

–¿Sería capaz de pedirle a un amigo que quemara su trabajo?

–Claro que no. No podría. Pero tanto Virgilio como Kafka lo hicieron y por eso les tengo una enorme admiración.

–Hay una frase en el diario de Kafka de la que se ha hablado mucho. El día en que Alemania le declaró la guerra a Rusia escribió: «Por la tarde fui a nadar». Usted no es tan despectivo con la realidad. Solenoide podría ser también una novela política.

–Bueno, Franz Kafka fue un profeta político aunque no participara en la política de un modo directo. Sin embargo, sus obras presienten mejor que nadie el genocidio judío y los horrores del siglo XX. Así que no tienes que estar implicado en política para ser un escritor político.

–¿Y en qué medida Solenoide participa de eso?

–Es mi primer libro que tiene una dimensión ética explícita. Trata de un mundo en el que existe el mal y en el que los hombres se sienten sin ningún tipo de poder sometidos al sufrimiento. Este es un texto humanista en el que existe una esperanza para el futuro, incluso en las condiciones oscuras en las que vivimos.

–Imagino que sueña mucho.

–Desde los 17 años anoto todos mis sueños. Bueno, los que consigo recordar por la mañana. De ellos seleccioné unos 50 para utilizarlos en Solenoide y les añadí una interpretación. Muchos de mis cuentos nacen de ahí y he llegado incluso a soñar versos.

–En los sueños, los lugares, los espacios tienen una característica especial. Y esa arquitectura fantasiosa estilo M. C. Escher o Giovanni Battista Piranesi tiene un peso importante en la historia.

–En Solenoide, he intentado construir una ciudad en la que me guste vivir. Y me he dado cuenta de que mi corazón se siente a gusto en una ciudad en ruinas. La ruina es una metáfora de todas las cosas de este mundo, del hecho de que las personas desaparezcan y nada sea para siempre.

–¿De verdad se siente a gusto en una ciudad en ruinas?

–Hace tres años, una revista belga preguntó a muchos escritores cómo se imaginaban el paraíso. Y respondí imaginando un planeta con innumerables ciudades desiertas. En la que no existían más que niños que no hacían más que explorar los diferentes lugares. Creo que eso forma parte de un viejo recuerdo de cuando vivía en un edificio junto a 30 familias y yo era el único niño de aquella comunidad. Podía entrar en cualquier casa y era recibido con los brazos abiertos.

–En la novela, las pistas que da sobre la infancia del protagonista –la suya– no son muy felices.

–Viví una infancia extremadamente traumática porque los años 50 en Bucarest fueron muy tristes. Todo era desagradable y doloroso. Las vacunas, las temibles inyecciones, los dentistas que operaban sin anestesia. Era terrorífico. Y a todo eso hay que añadir una feroz dictadura. La pobreza era extrema. Yo vivía con mis padres en una habitación minúscula, allí dormíamos y cocinábamos. Pero al fin y al cabo era un niño y simplemente disfrutaba de la edad que tenía.

–Una de las cosas más inquietantes de la novela es esa recurrencia a las piezas dentales, a las pieles muertas, a los órganos internos del cuerpo, a su corrupción.

–Sí, se ha hablado de suprarrealismo anatómico. Presto mucha atención a los detalles expresivos y el cuerpo es el que mejor expresa porque a través de él sentimos las sensaciones y el sufrimiento. Si no hubiera sido escritor, habría sido biólogo o entomólogo. En Solenoide me he centrado en los parásitos que son los organismos más inquietantes.

–De hecho, su héroe llega a convertirse en un ácaro. Eso es kafkiano.

–Mi álter ego se ve reducido al tamaño de un parásito por otro personaje que es una especie de dios de los ácaros. Y con ello he construido un mito crístico porque el escritor es enviado para salvar el mundo.

–La casa donde vive su protagonista es, de hecho, un laberinto. ¿Es esa la estructura de la novela?

–Es como un cuerpo humano con muchos órganos diferentes que funcionan al mismo tiempo, aunque parezcan independientes. Está la historia de la familia de George Boole, el creador de la lógica. Una de sus hijas se casó con Charles Howard Hinton, autor de ciencia ficción interesado por la cuarta dimensión. Otra, la escritora Ethel Lilian Boole, se casó con Wilfrid Voynich, que dio nombre al Manuscrito Voynich, un libro extrañísimo escrito en un alfabeto desconocido hacia el siglo XV.