+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario de El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

Flamenco

«No hay cante payo ni gitano, sino cante bueno»

entrevista a... Salomé Pavón CANTAORA Y BAILAORA

 

«No hay cante payo ni gitano, sino cante bueno» - MANUEL MARTÍN MARTÍN

El árbol genealógico de Salomé Pavón (Madrid, 1965) produce vértigo. Hija del pianista y compositor Arturo Pavón es, por tanto, sobrina nieta de Tomás Pavón y Pastora Pavón (La Niña de los Peines) Su madre, la tonadillera Luisa Ortega, le hace ser descendiente a su vez de grandes como El Planeta, Curro Dulce, El Gordo Viejo y otros nombres legendarios del cante gitano. Para rematar este árbol de ‘locura’ Salomé también es nieta de Manolo Caracol (su madre, Luisa, es una de los cuatro hijos de Caracol). Vamos, para volver loco a cualquier aficionado que se precie del flamenco.

Pero Pavón es algo más que la rama de un árbol mágico. Debutó hace quince años en Casa Patas, santuario del que presentamos su cartel de hondura para noviembre y diciembre el pasado sábado, y aquí, en Extremadura, se hacía con el escenario, hace solo unos días, en ese Otoño Flamenco que con maestría lleva Paco Zambrano en Fuente de Cantos. Allí, en otra de sus jornadas, pudimos echar un ratito escuchando a Ismael Solomando, Fefo y el baile internacional (inconmensurable en el martinete) de Jesús Ortega. Simpática, flamenca, guapa, y generosa lo vi claro cuando me crucé con ella: «Salomé, me tienes que dar una entrevista» Y me dio algo más que eso: esta conversación, y su amistad. Disfrútenla. Va por ustedes.

--Cuando echa un vistazo al árbol genealógico al que pertenece, ¿siente vértigo?

--No, no siento vértigo, siento orgullo, pero vértigo…, orgullo de pensar: ¡madre mía de donde vengo! No quiero parecer prepotente, pero no creo que haya nadie en el mundo del flamenco que tenga el árbol genealógico que tengo yo, pero no, no siento vértigo. Antes, cuando era jovencita, cuando salía a un escenario, lo que sentía era miedo, miedo porque sabía que me iban a comparar con todos los míos que han sido unas grandes figuras, pero no, de verdad que no siento para nada vértigo. Siento mucha responsabilidad y siento mucho orgullo, pero vértigo nunca.

--¿Qué ha heredado, a su juicio, tanto de la parte Pavón como de la de los Gallos?

--¿Qué he heredado de mi familia? ¡Ojalá fuera alguno de ellos o tuviera su eco y su potencia!, pero bueno, creo que he heredado en que los recuerdos, en que mi manera de cantar es como la de ellos, pero es porque es ‘lo que he escuchao’ y lo que me gusta.

Nunca he intentado ser ellos, por supuesto, yo tengo mi personalidad e intento trasladar mi personalidad a los cantes como casi, creo, que todos los que cantamos. Todos queremos trasladar los cantes a nosotros mismos. Aunque sí creo que en algunos palos voy más por los Pavón y en otros tiro más por los Ortega, los Gallos, pero vamos, es lo que he heredado, lo que he visto, y lo que he ‘mamao’

--Cantaora y bailaora, ¿con qué se queda?

--Bueno, yo desde pequeñita he hecho las dos cosas…, A mí se me daba muy, muy bien el baile y de hecho mi padre me metió en el real conservatorio donde estuve de meritoria en el Ballet Nacional. Tenga en cuenta que mi padre [Arturo Pavón] ha sido la primera persona que ha llevado el flamenco a partitura, y aunque yo ‘servía’ mi padre me decía que ‘tenía que aprender como si fuera una carrera’ y por eso estuve en el Conservatorio de Madrid. En mi casa, además, siempre ha habido mucho flamenco y muy buenos artistas. Con cinco o seis años ya tatareaba fandangos de Camarón, alegrías de la Perla, cositas de mi abuelo, de mi tía..., ¿qué con qué me quedo? A mí lo que más me puede gustar del mundo es cantar en un escenario, pero como me gusta bailar, y aprendí, me encanta la enseñanza también y es una de las cosas que me da más satisfacciones.

--De todos los momentos que usted habrá vivido en su familia, ¿con cuáles se queda?

--Destacaría cuando mis padres me regalaron un traje de la Niña de los Peines que ella le regaló a mi madre para su boda…, ese día lo recuerdo con una gran emoción y para mí eso es ¡como tener un Picasso! Otro momento, más actual, ha sido cuando han aparecido unas grabaciones que se me perdieron, de cuando aprendía con mi padre. Aún no he tenido valor de escucharlas porque está la voz de mi padre, que llevo doce años sin escuchar, cómo tocaba el piano, las explicaciones que me daba de los cantes, como le acompañaba yo…, Recuerdo cuando tenía tres o cuatro años y en casa de mi abuela, en Madrid, estaba la Paquera de Jerez cuando mi abuelo empezó a cantar por siguiriyas, y en un ‘arranque’ de los de la Paquera, abrió los brazos, gritó un olé, y tiró un árbol de Navidad que llegaba hasta el techo lleno de bolas de cristal…, ¡de qué manera estaría cantando para que pasara eso!

--A su juicio, ¿cuánto de payo y gitano tiene el cante?

--Es fácil: si lo canta el gitano, el cante es gitano, si lo canta el payo, el cante es flamenco. Hay muchos cantaores, muy buenos, de toda la vida, que no han sido gitanos y han cantado muy bien. Ahora, el cante que a mí me llega es el cante bueno, ni gitano ni payo, sino el cante que se mete en el corazón, ¡pobre del que cante solo con la cabeza, porque ese nunca hará un cante puro! No hay cante payo ni cante gitano, sino cante bueno.

--Viene con mucha frecuencia a nuestra región, ¿qué le parece el flamenco extremeño?

--Vengo mucho a Extremadura porque me gusta mucho vuestra tierra, vuestro flamenco, porque hay gente muy buena aquí, y las personas además, sois formidables. A mí me vuelve loca el flamenco extremeño. Es el más puro de todos, es el que ha quedado, el que no se moderniza, es puro y me encanta. Con esos grandes que ha dado esta tierra como el Porrina, Cantero, Marelu, o los de ahora como Kaíta, Alejandro…, son gente que me apasiona, muy gitanos, muy canasteros, muy de verdad.

--Una última pregunta, ¿alguna vez se planteó no dedicarse al flamenco?

--Si le contesto con el corazón…, mi vida es el flamenco. A mí la vida me la da subirme a un escenario, cuando estoy en el camerino maquillándome, arreglándome, haciendo voz…, pero sí me lo he planteado. Por ser Pavón Ortega me lo han puesto, y me lo están poniendo muy difícil y, a veces he dicho, ¿vale la pena la lucha? Y he pensado y lo siento: sí… sí vale la pena. Lo dice mi gran amigo Paco Zambrano, que de esto entiende y tela, que porqué yo no estoy en más sitios.., y lo dice Bohórquez, Álvarez Caballero…, pues mire, no lo sé. Si le soy sincera no sé a qué se debe que yo no trabaje más. Si me apellidara Pérez, o la Niña del Árbol quizás tendría más contratos…, a mí no me asustan mis apellidos, pero creo que a los demás sí.