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«Nunca sé qué pasará en la página siguiente»

 

El escritor Juan José Millás, tras la entrevista, el pasado mes de febrero. - JOSÉ LUIS ROCA

JUAN FERNÁNDEZ
02/03/2018

En Que nadie duerma (Alfaguara), la última novela de Juan José Millás (Valencia, 1946), Lucía, una programadora informática que se encuentra en paro, decide hacerse taxista con la esperanza de que un día la pare el hombre que la enamoró la única vez que lo vio. Sobre este punto de partida, los pasadizos y trampantojos habituales en la literatura del autor de La soledad era esto emergen y se encajan como las piezas de un puzle. No le pregunten por qué a un autor que escribe como quien oye voces al despertar de un sueño: se encogerá de hombros.

–¿Sería capaz de viajar al momento cero de esta novela?

–No, no recuerdo si se me ocurrió en la cama o caminando. Solo recuerdo una frase. «Esa gorda soy yo». La idea de la falsa delgada me obsesionó y a partir de ahí empecé a escribir.

–¿Sin saber dónde iba a llegar?

-Yo nunca sé qué va a pasar en la página siguiente. Admiro a los autores de best-sellers que son capaces de trazar un plan y cumplirlo. Para mí escribir es como navegar por el Gran Canal de Venecia. La vía es grandiosa, pero los callejones que asoman a los lados son tan tentadores que no puedo evitar meterme por ellos. Hay que escribir a ciegas. Al menos, es como yo lo hago. Solo si escribes de lo que no sabes nada encontrarás algo interesante.

–En su novela evoca la idea del algoritmo para explicar los pasos que la protagonista sigue en busca de su amado. ¿Existe el algoritmo de la creatividad?

–No. De hecho, los programas informáticos que hay para hacer escritura creativa suelen ofrecer resultados muy pobres. No entienden la ironía. Hemos creado algoritmos para que una máquina gane al campeón mundial de ajedrez, pero ningún programa le permite comprender el significado de ganar. Estamos lejos de tener ordenadores capaces de escribir Madame Bovary, por fortuna para los novelistas. Ahí llevamos ventaja a los ajedrecistas.

–Pero todo no será fruto del azar.

–No, es fruto de saber escuchar. Todo lo que ocurre en una novela de 200 páginas está oculto en los primeros 30 folios, igual que en un óvulo fecundado está la información del bebé que va a nacer. Para que ese ser se desarrolle solo hay que dejarle y no intervenir, porque si intervienes puede que nazca con tres orejas. Con la escritura sucede lo mismo. Suena misterioso, pero es así.

–Esta es la historia de una obsesión romántica sobre la que sobrevuelan otras obsesiones. Una es la de los pájaros. ¿De dónde proviene?

–Llevaba tiempo leyendo sobre pájaros y me volví loco con ellos. Los identificamos con la libertad y tenemos omóplatos que parecen alas cortadas. La propia protagonista dice que a su madre le cortaron las alas, como les ocurre a tantas mujeres. La idea entró sola en la novela. Es como cuando lanzas las piezas de un puzle y ellas mismas se van encajando. Escribir siempre causa placer y dolor, pero esta vez ha habido más de lo primero.

–De nuevo, la protagonista es una mujer. ¿Conoce bien la psicología femenina?

-Estoy seguro de que usted no es machista, pero su pregunta lo es, porque parte de un punto de vista machista. A una novelista no le preguntaría por qué elige a un hombre como protagonista. No se asuste, el machismo es la atmósfera que respiramos. Los peces no perciben el agua hasta que los sacan fuera. A nosotros nos ocurre igual con las conquistas feministas: cada vez que se logra una, nos sentimos descolocados.

-Su literatura también juega a descolocar.

–¿Y qué otra aspiración puede tener una novela que hacer que el lector pierda la familiaridad con lo que le era familiar? Se trata de eso, de causarle extrañeza, de hacerle ver que las cosas no son como él creía. Escribir de lo que el lector ya sabe no tiene ninguna gracia. Para eso ya está el Código Penal.