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La cultura que nos viene

De las relaciones fecundas

 

El cantaor Diego Carrasco, en una fotografía captada en Barcelona. - CARLOS VALBUENA

Olga Ayuso Olga Ayuso
22/12/2017

S Scrooge cumplió más de lo prometido. Lo hizo todo y muchísimo más; fue un segundo padre para Tim, que no murió. Se convirtió en el amigo, amo y hombre más bueno que se conoció en la vieja y buena ciudad o en cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia del bueno y viejo mundo. Algunas personas se reían al ver el cambio, pero él las dejaba reírse sin prestarles atención, pues era lo bastante sabio como para darse cuenta de que nada bueno sucede en este mundo de lo que al principio no hayan de reírse las gentes.

El año pasado, copié también un párrafo de Canción de Navidad, de Charles Dickens, lo que no estaría mal como tradición, y hasta redacté una carta a los Reyes Magos. Hoy, la mayoría de nosotros descubriremos que no somos ricos, pero que lo importante es tener salud (eso lo descubren, también y sobre todo, los que están enfermos). Salud y amigos, añado, porque estoy con Charles Nodier en aquello de que quienes no saben que la amistad es una pasión, es que no la conocen.

Uno puede deducir si un músico le va a gustar o no solo por la gente con la que comienza a colaborar en su carrera. Diego Carrasco lleva 50 años cantando, componiendo y tocando. Lo ha hecho con Jorge Pardo, Moraíto Chico, Raimundo Amador, Tino di Geraldo y, ahora, en el disco que celebra este medio siglo de escenarios, con Silvia Pérez Cruz, Dorantes y Pedro Peña (que es el padre de David Dorantes), Calamaro, Sabina, Arcángel y Rocío Márquez: con estos dos últimos canta un tema que comienza diciendo: «Ay, señor: qué sería del mundo sin flamenco». Si decimos esta frase, nos acordamos de dos hechos: Enrique Morente recitando una letrilla sobre los celos, hace muchos años, cuando vino al Festival de Mérida y diciendo, cuando le preguntaron de quién era: «Es popular». Y de Félix Grande, denunciando siempre el poco caso que se le había hecho a la literatura flamenca en las universidades. Y eso que sabemos, como recordamos hace poco con Cristián Gómez Olivares (que es chileno, es poeta y es medio agringao, porque desde hace casi quince años vive en Estados Unidos), que las universidades están sacando a la luz autores (y muchas autoras) realmente buenos y silenciados por una construcción del canon que no deja de ser ideológica. Por su recomendación, ando leyendo en internet a un tipo que tampoco es realmente conocido en Chile (aunque cuente con su entrada en la Wikipedia) y que se llama Rosamel del Valle. En realidad, el señor se llamaba (atención) Moisés Filadelfio Gutiérrez Gutiérrez (pobre criatura), pero escogió un seudónimo. Su padre era campesino y murió y él tuvo que dejar los estudios para darle de comer a sus hermanos.

Y, sin embargo, escribía: «Asómate a la raíz de mi sangre que pasa entre la madera / Dormida por pasos que la siguen hasta morir. / Habita fatigada la sombra de sus habitaciones donde el tiempo / Cierra todas las puertas. / Oh, país de un sonido largo como una luz a lo lejos, / Acércate a mi oído que tarda en despertar. / La crueldad de esta estrella que nada debajo del agua / Es tu voz fija en un instante sin existencia segura, / Algo más adentro de mi imagen errante que atraviesa las puertas cerradas. / Quítame las sienes de los vidrios y quítame las manos del fuego. / El calor de tus luces destruye las sombras y los vapores donde la muerte hace su nido».

Además de la salud (y una buena Primitiva), el deseo para el año próximo es que esté lleno de relaciones fecundas que les manden canciones y poemas, que les descubran nuevos autores, guionistas, directores y obras de teatro, gentes con las que poder ver una película de Tarkovski una tarde de un domingo cualquiera (en edición Criterion), con las que hablar de matar al padre y dinamitar el canon, de cómo podría reescribirse la historia para recuperar ciertas voces, de cómo esas voces podrían luchar con el maremágnum de la sobreinformación, las revistas literarias, los blogs, Twitter echando humo, la percepción del tiempo como algo demasiado finito que no nos llega nunca para detenernos diez minutos o quince delante de un cuadro, la necesidad de ocupar las horas, de ir corriendo a todas partes y de morirnos de estrés. Gente que te nombre a Rosamel del Valle, que te diga que fue Pablo de Rokha quien recibió a Neruda en el hotel Bristol, que aún está en pie, con la que recuerdes la infancia llena de libros cuando aprendías a deletrear F-a-u-l-k-n-e-r. Que sepa que Gustavo Ossorio y Teresa Wilms Montt te van a gustar porque saben cómo lees.

Hablar de libros es muy difícil. No digo ya hablar con escritores, a los que les explica su propia obra, sino hablar de libros con los demás: de lo poco tú que serías si no te hubieras topado con Daphne du Maurier, con Álvaro de Campos, con (por Dios) Carson McCullers (con todo su dolor, sus cigarros, su bisexualidad, su desesperación, su anormalidad cotidiana). Encontrar ese tipo de intimidad con alguien es complicado y por eso, que la encuentren, es mi deseo de año nuevo.

Diego Carrasco. Viernes, 22 de diciembre. 21.00 horas. Teatro López de Ayala (Badajoz).