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crítica literaria

Salman Rushdie, la voz del ventrílocuo permanente

El escritor convierte al presidente Donald Trump en un Joker literario de pelo verdoso con poder y riquezas

 

El escritor Salman Rushdie, en una imagen del 2015. - ARCHIVO / JUAN MANUEL PRATS

El escritor Salman Rushdie, en una imagen del 2015. - ARCHIVO / JUAN MANUEL PRATS

ENRIQUE DE HÉRIZ epextremadura@elperiodico.com BARCELONA
09/11/2017

Acaso por la insistencia de su editor americano, La decadencia de Nerón Golden se presenta como su «regreso al realismo», pero lo que define el mundo literario de Salman Rushdie no es su mayor o menor cercanía con respecto a la realidad descrita, sino la capacidad de su voz para recrearla como artificio. Véase esta definición de un bigote: «una mata tan espesa y ominosa que parecía un organismo parasitario que le nacía en las profundidades de la cabeza, quizá incluso en el cerebro, y le descendía por la nariz hasta surgir al mundo de fuera, como un alienígena que le emergía por encima del labio trayendo consigo nuevas del inmenso y peligroso poder de su anfitrión». Incluso cuando alguien tan pavorosamente real como Donald Trump se asoma a las páginas, en manos de Rushdie, el valor de la realidad se mide por su capacidad de contribuir a la construcción del artefacto.

Rushdie practica una ventriloquía permanente, oculta sus historias bajo envoltorios superpuestos en busca de una altisonancia que le permita esconderse detrás de sus narradores para opinar. «Llamadme René –se presenta en esta ocasión–. Siempre me ha gustado el hecho de que el narrador de Moby Dick no nos diga su nombre de verdad». Y corre a informarnos de que desea convertirse en director de cine, en un recurso que aprovechará para intercalar textos en forma de guion y docenas de referencias cinematográficas. También literarias: la presencia de El gran Gatsby es ubicua.

El día de la investidura de Obama, René ve llegar a los jardines del Village neoyorquino a una familia formada por un padre, Nerón Golden, y sus tres hijos: Plinio Apuleyo, Petronio y Dionisio. Son de apariencia inclasificable y tienen prohibido mencionar su ciudad de origen, aunque el narrador tardará poco en confesarnos que son de Bombay, de donde han tenido que huir tras la muerte de la madre en los ataques terroristas del Lashkar-e-Taiba del 2008. La sombra de ese trauma se prolongará sobre el devenir de la familia, permitiendo a René / Rushdie adentrarse en uno de los asuntos marca de la casa: las tortuosas relaciones entre pasado y destino. Otro clásico: la identidad en todas sus formas mutables, tratada aquí a partir de las peripecias de los hijos.

PURA CARICATURA / Trump aparece en forma de Joker de pelo verdoso y poder y riquezas; no hace falta seguir pistas sutiles para reconocerlo. El tono y la imaginería de Rushdie encuentran un objeto ideal en este personaje que es, por sí mismo, pura caricatura. Y que le sirve para mostrarnos que EEUU, empeñada en definir su identidad por medio de los superhéroes, podría haber hallado su perfil más exacto en la figura de un supervillano.

Como todas las últimas entregas del autor, La decadencia de Nerón Golden tiene un punto excesivo. Al mismo tiempo se hace difícil discutirle la genialidad, la solvencia en la construcción de la voz, la brillantez de algunos diálogos y la ligereza de unas peripecias que incluyen asesinatos, un suicidio y, por supuesto, tratándose de Nerón, un incendio.

‘LA DECADENCIA DE NERÓN GOLDEN’

Salman Rushdie

Seix Barral