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El Periódico Extremadura | Miércoles, 23 de mayo de 2012 - Edición impresa
DOMINGO RODENAS DOMINGO RODENAS 01/06/2011
La lectura de El árbol de la ciencia , de Pío Baroja, fue uno de los ritos de paso de los estudiantes de secundaria desde la instauración de la democracia. Tres décadas y media más tarde, la novela, hoy no tan transitada en los institutos como antaño, no ha perdido su fuerza, quizá porque su inconformismo, su indignación avant la lettre , conecta a la perfección con la rebeldía adolescente.
El desván de las referencias generacionales está atestado de cine y televisión, de música y tebeos, de modas indumentarias y jergales pero también de las lecturas obligatorias hechas, por lo general, en los años de instituto.
Entre estas no se me ocurre una con capacidad para marcar tanto a los adolescentes españoles desde 1975 como El árbol de la ciencia , de Pío Baroja. Y es que a los 18 años se conecta bien con el inconformismo crítico del protagonista, Andrés Hurtado, con la montaña rusa de vitalismo, desánimo, asco ante el mundo mal hecho, sumisión a los impulsos y miedo a la corrupción de los sueños. Es la edad en que la vida aparece como "una corriente tumultuosa e inconsciente", una "lucha constante", fea, turbia, dolorosa e indomable. La edad en que Nietzsche y Schopenhauer producen obnubilación y se intuye que el mundo de los adultos es una "cacería cruel en que nos vamos devorando unos a otros".
Equivale al retrato propio de una época
Este año se cumple un siglo de la publicación en 1911 de El árbol de la ciencia y la novela se ha conservado fresca, mucho más que las otros dos con las que forma la trilogía La raza (que se completa con La dama errante y La ciudad de la niebla , ambientada en Londres). Años antes había estampado su firma en el álbum de visitas del Museo de San Sebastián añadiendo debajo, apremiado por el director para que hiciera constar sus títulos, "hombre humilde y errante". No era lo uno ni lo otro. Su propensión al menosprecio (o abierto desprecio) y su sedentarismo pasaron al infeliz Andrés, como otras porciones de su personalidad independiente (y atrabiliaria) y su biografía.
Si Baroja estimó la novela su libro "más acabado y completo" quizá fue porque era el más encarnizadamente autobiográfico, una especie de autorretrato de sus años formativos, de su aprendizaje de la decepción. Y también un cuadro muy vivo de las inquietudes reformistas de la generación de indignados de hacia 1900, incapacitada para convertir su protesta en acción política e intoxicada de doctrinas redentoristas. El inventario de la España abominada, ¡tan semejante a la del invernadero franquista!, está casi completo: una Iglesia oscurantista e inmoral, una política oligárquica y caciquil, una educación embrutecedora, un pueblo inculto y zafio.
Una rebeldía atemporal
Sin embargo, no son los anclajes históricos ni la abundante munición autobiográfica lo que mantiene intacta la frescura de la novela, sino la estampa del rebelde desconcertado, del espíritu crítico arrojado al circo de fieras de la ineptitud general, la crueldad indiscriminada, la ignorancia presuntuosa y la docilidad rebañega de los ciudadanos. Hurtado se subleva ante ese panorama, pero la suya es una sublevación mansa, interior, neuróticamente ineficaz. Por eso se queda extramuros de todo. Su torpeza para moverse en la realidad lo condena al fracaso. Se trata de un idealista irredento, un hijo de Kant y Hegel abrazado a la convicción de que el imperio de la razón irá haciendo mejor, sin vuelta atrás, la existencia de los hombres. Para Hurtado la ciencia es la panacea contra los males del mundo, aunque la ciencia no pueda evitar la muerte de su hermano Luisito ni tampoco la de su hijo y su mujer, Lulú. Aunque su religión racionalista vaya hurtándole su obligación de vivir. "Hay que vivir", le amonesta su tío Iturrioz, porque la ciencia arrolla los obstáculos pero también arrolla al hombre.
Cuando la ciencia es insuficiente
Es precisamente Iturrioz, sabio escéptico de vieja estirpe, realista a carta cabal, para quien la "justicia es una ilusión humana", quien explica el título de la novela a partir de la alegoría bíblica de los dos árboles en el paraíso. El de la ciencia, contrapuesto al "inmenso, frondoso" árbol de la vida, solo puede producir frutos agrios de los que se deriva, acaso el mejoramiento, pero seguras la angustia y la muerte.
No se toma a la tremenda Baroja (ni tampoco Hurtado) esta disyunción, porque autor y protagonista creen que la mentalidad científica de "los hombres del norte" habrá de prevalecer. Baroja creyó más que Hurtado en la fuerza de la voluntad (todo muy nietzscheano) y poco a poco fue descreyendo de la aptitud de la inteligencia para urdir soluciones infalibles.
A su Hurtado, aferrado al árbol del conocimiento, lo destinó a la prueba más dura, la de la experiencia, siempre imponderable y turbulenta. Y una tormenta de frutos del árbol de la vida rompió sus frágiles resistencias. Fue suficiente con enamorarlo, casarlo, retirarlo del contacto con el dolor (abandona el ejercicio de la medicina por la traducción) y darle un hijo para hacer de él una víctima propiciatoria. A continuación solo había que quitárselo todo y poner en su mano la aconitina cristalizada de Duquesnel con la que escribir el the end . "Había en él algo de precursor", murmura un médico. Pero junto al precursor de la fe ilusa en una razón salvadora había también en Hurtado un precursor del fracaso por la irresolución.
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