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LA FAMILIA, VECINA DE ELJAS, HA QUERIDO CONTAR SU HISTORIA CON LA ESPERANZA DE ENCONTRARLO

«Busco a mi hermano gemelo, fue un niño robado»

Francisco y Eugenio Sánchez Flores nacieron un 18 de mayo de 1954 en la Casa de la Madre de Cáceres, pero tres días después la institución religiosa dijo que uno había muerto. Nunca hubo certificado de defunción y sí infinitas sospechas

 

Su imagen de cuando era joven: Francisco muestra la foto de cuando hizo el servicio militar. - FOTOS: FRANCIS VILLEGAS

Las pruebas: Carmen, Francisco y Santa enseñan la partida de nacimiento y bautismo del hermano al que buscan. Nunca encontraron la de defunción. - FOTOS: FRANCIS VILLEGAS

Ciriaca se fue con 95 años con la pena y la impotencia de no poder abrazar nunca a su otro hijo gemelo. Falleció con la certeza de que se lo robaron a los pocos días de nacer, después de que lo amamantara y fuera bautizado. A ella le contaron que uno de los dos bebés había muerto, pero la sospecha de que le mintieron jamás dejó de agrandarse. Ciriaca, vecina de Eljas -al norte de Cáceres, casi lindando con Portugal-, falleció el año pasado y vivió siempre con esperanza y frustración por saber qué ocurrió con ese hijo que alumbró un 18 de mayo de 1954 y fue cristianizado como Eugenio Sánchez Flores dos días después.

Su historia es una más de las decenas que se conocen en Extremadura y las cientos de miles que han salido a la luz en España. Otro caso que se suma a la lista de niños robados que, en esta ocasión, tuvo como escenario la Casa de la Madre de Cáceres, una institución benéfica religiosa que se cerró a principios de los setenta (se ubicaba en el Palacio de Godoy) y en la que, se sospecha, Ciriaca no fue la única víctima de una trama sostenida por el propio Estado y en la que médicos y monjas estaban implicados.

Dos gotas de agua

Ahora Francisco Sánchez Flores, el hijo gemelo que sí dejaron con su madre, enseña su fotografía de cuando hacía la mili y dice: «Aquí debía ser cuando más nos parecíamos». Y cuenta que con 19 años una señora le agarró por el brazo en el centro de Cáceres convencido de que era su vecino de toda la vida. «¡Pero si te has criado en la puerta de mi casa! Ya se lo diré a tu padre», le espetaba. Él simplemente creyó que aquella mujer no estaba bien de la cabeza.

Cuando tocó hacer el servicio militar, en la notificación que les llegó a casa, estaba el nombre de los dos hermanos. Porque en el Ayuntamiento de Eljas no había registro alguno que confirmara que Eugenio hubiera muerto.

Justo en una fecha en la que Francisco ya había emigrado a Suiza, una vecina del pueblo aseguró haberlo visto en el Paseo de Cánovas. Y residiendo aún en este país, un primo reprochó a la familia que había coincidido con él en un restaurante, también en Cáceres, y que ni siquiera le había dirigido la palabra.

Incluso creen que Eugenio fue igualmente emigrante en Suiza, porque a Francisco, en la ciudad de Berna, lo volvieron a confundir con otro hombre que, le insistían, se parecía mucho a él.

Hasta ahí las coincidencias. Luego están los rumores en el pueblo, los secretos que se guardan en la familia que al final se descubren y ese presentimiento que se agarra al estómago y nunca desaparece.

Ciriaca y su marido Severo ya no viven, pero sus hijos: Santa (73 años), María del Carmen (70), el gemelo Francisco (63) y desde la distancia, desde Valencia, Juan (60), quieren volver a intentarlo.

Un parto complicado

La familia está reunida en el salón de Carmen, que sigue residiendo en Eljas (940 habitantes). Entre ellos, casi sin darse cuenta, hablan fala, el dialecto que conserva el pueblo. En su casa guarda como oro en paño las partidas de nacimiento y bautismo de Eugenio, «que seguramente se llame de otra manera». En vano han buscado varias veces la de defunción. «Cuando mi madre dio a luz, en 15 días no hay registrado ningún fallecimiento en la Casa de la Madre», asegura Carmen.

El primer gusanillo le entró hace más de 20 años, viendo en la televisión el programa sobre búsqueda de familiares de Paco Lobatón. «Un día le pregunté a mi padre si él conoció al niño que murió y me contestó que no lo vio ni vivo ni muerto porque mi madre se fue y vino solita de dar a luz». Traía dos, un parto complicado, y le dijeron en el pueblo que debía ser atendida en Cáceres. Apenas tenían dinero para pagar el coche que hizo de taxi en el camino de ida. Volvió en el autobús de línea. «Uno nació a las siete de la mañana y el otro media hora después. Siempre contaba que pesaron más de tres kilos, que se agarraron bien a la teta y que estaban hermosos. Tuvo a los dos con ella tres días», relata Carmen. Y recuerda que tras la conversación con su padre decidió pedir las partidas de nacimiento y bautismo y que él se encargó de escribirle a Lobatón. Pero nunca obtuvieron respuesta y el intento de búsqueda se quedó ahí. «No supimos cómo seguir, por dónde tirar». No era fácil de afrontar y explicar. Ni encontrar un camino.

Los años fueron pasando mientras Ciriaca acumulaba tristeza y rabia de saber que a su niño se lo robaron. Y esa herida siguió abierta en sus hijos.

Pero el pasado siempre vuelve y hace un mes una conversación en el mercadillo de Moraleja con una paisana de Eljas, que ahora vive en Coria, volvió a abrir el cajón de los recuerdos, las sospechas y el ánimo por encontrarlo. «Esta señora me dijo que cómo no estábamos buscando a mi hermano si su hijo, cuando trabajaba haciendo las aceras, lo había visto en Badajoz descargando cemento. Que se quedó muy impactado porque era igualito que Francisco, con el mismo bigote y los mismos andares. Que incluso se lo comentó a él mismo. Y que el otro le contó que él sabía que era adoptado y que tenía un hermano gemelo. Y que cree que el jefe de obra en aquel momento, que también era de la zona, quedó en darle un teléfono de la empresa donde estaba Francisco (que ya cerró)». Pero lo que esta señora narraba no era reciente, ocurrió hace ocho años. Y de aquel encuentro no llegaron noticias a la familia, hasta ahora. «La hija que tengo en Plasencia ha llamado esta semana a ese chico para que le contara bien todo lo que sabía», asegura Carmen.

Dice que siente una importencia horrible al saber que está vivo: «Yo me pregunto, ¿qué hago? ¿por dónde tiro? Queremos preguntarle si ha sido feliz, si lo han tratado bien. Y contarle que somos sus hermanos y que estamos dispuestos a seguir con lo que él quiera».

Las dudas

Aunque en el aire también está la duda de por qué, si él intuía algo, no ha tratado nunca de buscarlos... «A lo mejor sí lo ha intentado y tampoco ha sabido cómo. O a saber lo que le habrán contado, lo mismo le han dicho que su madre lo vendió...», se lamenta Carmen.

Entonces interviene Santa, la hermana mayor: «Siempre desconfiamos de la tía Tomasa, que ayudó en el parto, y la tía Paula. Ellas sabían la verdad perfectamente, lo tuvieron bien calladito. Y cuando mi madre se lamentaba ellas le reñían: ‘Cállate, que ese están bien donde está. No lo busquéis más’. Mi madre la pobre no sabía ni leer ni escribir, pero siempre tuvo claro que a su hijo se lo quitaron». «Si lo hicieron -continúa- fue con buena intención, porque ya había dos en casa y venía con otros dos».

Santa tenía 10 años cuando nacieron los gemelos y lo recuerda perfectamente. El primer telegrama con la buena noticia y el segundo, que anunciaba la muerte de uno. «Y esa misma semana despareció otro niño de una vecina de San Martín de Trevejo. También gemelos. Cuando eran dos, era más frecuente».

--Durante muchos años creímos que de verdad estaba muerto --expresa Carmen.

--Mi madre siempre lo supo. Y me duele mucho porque decían que se lo quitaron porque era pobre --le rebate Santa.

Ciriaca se fue con la pena y la impotencia de no poder contarle que ella no lo vendió. Y sus hijos lo que pretenden es decirle a su hermano que «aquí tiene una familia». Se emocionan imaginando un posible encuentro. «Si lo veo se me quita esa cosa de aquí dentro», así lo expresa Carmen.

Por eso han querido contar su historia. Lo hacen por ellos, por sentir paz interior. Y por la memoria de su madre, que insiste Santa, «sufrió mucho toda la vida pensando en él».