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Caminante, no hay camino

Manuel Rodríguez GonzálezManuel Rodríguez González de Villafranca de los Barros -
29/09/2009

 
Llevo intentando recorrer una vereda desde hace demasiados años. En todo este difícil caminar he tenido varias posibilidades de elección, de tomar bifurcaciones hacia el destino que me he marcado. Estas bifurcaciones han sido muy concretas:

El primer camino era pura recta y era el cauce o vía principal: Pensé que si solicitaba la ayuda pertinente de los supuestos enseñantes y mi colaboración con ellos para apoyar a una niña que ya en Preescolar presentaba desajustes importantes respecto a los niños de su edad podría llegar a la consecución de esa ayuda obligada a mi hija concretamente. A medida que fui caminando pude comprobar como esa pista se llenaba de obstáculos y como vieja senda se perdía en un campo que me parecía inmenso. Era la consecuencia de quienes decían se preocupaban y ayudaban a la niña en el colegio, pero que en la praxis se olvidaban y menospreciaban con el ninguneo y el todo va bien, de labrarle y enseñarle el camino que generalizadamente seguían la multitud de niños es decir un aprendizaje óptimo no ya sólo en el terreno académico sino también social y afectivo. Fue entonces cuando sentí la obligación de torcer y retomar una carretera secundaria carretera que pensé estaría trazada y construida apropiadamente, con normas y señales pero me equivoqué. Seguí, en principio las pautas dadas, las limitaciones, obligaciones y consejos pero pude comprobar enseguida que ni la información ni el destino eran los marcados en esas señales: La distancia hacia el destino aunque lejana no correspondía, ya que cada vez se hacía más dilatada, más complicada de recorrer. Las curvas a diestro y siniestro, las limitaciones de velocidad y otras pautas para recorrer ese viaje incierto engañaban una y otra vez al viajante, no correspondiendo ni con el trazado de la vía ni con el estado de esa carretera. Algunos agentes pertenecientes a cuerpos llamados "E.O.E.P´s" en colaboración con otros tantos simples confidentes, autodenominados "maestros", muy frecuentemente desdoblando y polucionando hechos, multaban por seguir las normas de velocidad, de prudencia y en definitiva de llegar a buen cauce. Si te quejabas y ponías alguna objeción la multa se acrecentaba y unos superiores jerárquicos denominados "inspectores", convertidos casi en sindicalistas unilaterales a veces con aires de policía política, te condenaban por tu supuesta chifladura y tu desfachatez por pedir explicaciones y apoyo en ese recorrido todo ello con el consentimiento y complicidad de "Altos Cargos".

No contento con este caos y este esperpéntico viaje, más propio de trabajos de Lewis Carrol, Kafka o Buñuel decidí reconducir mi caminar por una nueva senda que supuestamente se presentaba como penúltima nativa en este lamentable viaje. Sabía, en principio que la nueva ruta era aún más lenta y nada fácil de recorrer, pero consciente de que tenía que intentar llegar a la meta la elegí y, donde quizás mi hija podría descansar de buena parte de su pesado e impuesto equipaje, de sus ataduras obligadas: exclusión, aislamiento, incomprensión, soledad, menosprecio y pérdida total de autoestima y de seguridad personal y emocional: Hace ya más de 9 meses que empecé esa nueva vía y aunque había parada de autobús Juzgado para recorrer el trayecto elegido ni el autobús, llamado "Legislación", ni el destino denominado "Justicia" parecen existir. Ni siquiera los revisores, informadores y responsables de un servicio llamado "Fiscalía de Menores", parecen ser conscientes de que llegar tarde o no llegar es sinónimo de grave riesgo y condena a esa menor. En toda esta infinita espera de más de nueve meses aún no me han informado, ni siquiera calmaron y estudiaron la ansiedad de una espera eterna, cual espejismo publicitario y de imagen viciada. Mi hija, entretanto sigue a la espera, sin plaza fija, sin asiento en ese autobús, a pesar de haber pagado una tasa muy costosa, incluso con alto recargo.

Harto de estar esperando me quedan mis zapatillas, muy desgastadas ya. Muy pocos, pero muy buenos consejeros y amigos me cuentan que desista ya, que aunque cogiese ese autobús, si es que llega, al otro lado del camino y antes del destino hay un muro enorme, infranqueable, indigno, insolidario, excluyente y fagocitante llamado Sistema Institucional, manejado en muchos casos por pseudoprotectores, verdaderos trepas y déspotas que con sus prostituidas prioridades vitales e impúdicas vestimentas de falsa honestidad, en forma de fascismo mal canalizado y presumiendo de su supuesta "gran preocupación por el bien común" no contemplan estudiar o aliviar cargas individuales y concretas que a nada les conduce pues son adictos a mayorías poco pensantes y muy manejables. Mayorías que sumisas y abducidas aún no entienden que antes o después todos tendremos que deambular y hacer camino, como decía el poeta.

Como antes comentaba, aunque cansado me quedan mis muy desgastadas zapatillas y una última bifurcación o nativa. Mis contados pero muy entrañables y valiosos acompañantes vuelven a aconsejarme que pare y desista, pues las heridas que vendrán, consecuencia de los ya casi agujereadas suelas serán muy dolorosas y seguramente, finalmente, queden secuelas perdurables.

Con todo mi cariño y aunque lo saben, les recuerdo a esos pocos y entrañables, ya que me conocen bien, que aunque las ya sobreusadas y muy deterioradas zapatillas finalmente dejen de defenderme contra el duro terreno árido que piso, merece la pena intentar llegar a buena meta y así reconducir, paliar, atender y en definitiva dar a mi hija lo que una "nueva clase social de nuevos"yuppies" ignorantes y travestidos de falsa ética y conductas míseras le están negando entre otras cosas la dignidad de tener una infancia saludable en todos los terrenos.