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Fagocitosis institucional

Manuel Rodríguez GonzálezManuel Rodríguez González de Villafranca de los Barros -
09/02/2010

 
Recuerdo muy nítidamente un documental de la National Geographic, donde un impala era acosado, hostigado y relegado a la soledad, al rechazo del enorme rebaño de sus iguales. Aquel desdichado herbívoro expulsado, a pesar de ese aislamiento intentaba volver a entrar en la sociedad que conocía, en el rebaño. Una y otra vez los líderes de la manada, esencialmente, le empujaban y agredían, mientras muchos otros lo marginaban con el desprecio del conformismo, del seguir pastando o como mucho mirando impasibles, como era exiliado.

Tras esa expulsión forzada y ante la soledad del espacio abierto, de la inmensa sabana pronto fue reconocido y atacado por carnívoros en este caso por un grupo de leones que organizados pronto lo capturaron y devoraron, mientras el grupo de impalas, rumiaban más plácidamente, más seguros incluso que antes.

Y yo me pregunto, ¿acaso esta sociedad fagocitante es diferente a la del reino animal, que se rige por las leyes de la supervivencia y el miedo, siendo cómplices en general demasiados ciudadanos que con su silencio y mirar para otro lado dan el visto bueno a quienes con políticas insolidarias y gregarias toman por los demás decisiones a menudo tajantes y excluyentes con los más débiles?

Seguimos siendo pitecántropos al uso, donde lo que aún, a pesar de ese supuesto raciocinio intelectual y evolutivo del ser humano y que parece ser nos diferencia de irracionales seres no ha cuajado, donde el instinto animal prima mucho más que esa supuesta inteligencia emocional y empática hacia los demás, donde finalmente ese instinto darwiniano se aferra al afán, no de superación sino del empujón y nos "humaniza" para ser competitivos, para ser fuertes en todos los aspectos y repudiar a quienes no llegan al canon absurdo abducido, donde todo vale con tal de trepar y de hacerse un lugar para llegar a esta sociedad viciada de falsos éxitos sociales y económicos, pero que la decadencia de una sociedad insolidaria y falsa de valores comprometidos hacia la riqueza de la diversidad, de la participación y colaboración entre todos y para todos es pura imagen cual gotita de esperanza rota con una simple brisa.

Y es que, en pleno siglo XXI hemos "crecido" poco en asuntos bioéticos, humanos y deontológicos y seguimos mirando unas veces con lástima despiadada otras con mísero rechazo a quienes consideramos inferiores por su condición física, conductual, psicológica o intelectual. ¡BASTA YA!

Por cierto, el pecado de ese impala obligado a morir: Ser albino. Ser distinto, representar para ese enorme rebaño de su misma especie un peligro, un obstáculo al llamar la atención su pelaje atípico.

Dedicado a los muchos que componen ese rebaño de "impalas" que conocí: pseudoamig@s, fals@s compañer@s, a ciertos ecologistas que no ecológic@s, políticos, docentes indecentes, mal@s vecin@s y demasiados cobardes que tiñeron con su silencio en el mejor de los casos y con la cínica crítica, falsas denuncias y rumorología un caldo de cultivo propio de una verdadera quema de brujas.