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¿Historia contra Memoria?

La "memoria histórica" está convirtiéndose peligrosamente en "política de la Historia" y la obligación de los historiadores no es construir visiones, sino explicaciones probadas y sólidas del

ALFONSO PinillaALFONSO Pinilla
19/12/2006

 

Hay que distinguir entre Historia y Memoria, aunque ambas estén relacionadas. La Historia es el conocimiento científico de los hechos pasados, a través de hipótesis explicativas, ensayos metodológicos y pruebas documentales. La Memoria es construcción personal, social, sentimental, ideológica, pero no científica, del ayer. Construcción que bebe de nuestra propia experiencia individual, si acaso la tuvimos, o de lo visto en producciones culturales que van desde la literatura a la ficción cinematográfica. La Historia es la ciencia que intenta explicar y comprender el pasado, la Memoria es una representación de ese pasado que resulta poliédrica porque hay tantas memorias como percepciones --directas o mediadas-- del ayer. La Historia es conocimiento, la Memoria representación.

Ambas están influidas por el presente desde el que se hacen. El historiador conoce lo pretérito desde su inmediata actualidad, y el que rememora lo sucedido siempre lo hace desde hoy, desde el justo instante en que se pone a recordar. El presente introduce subjetividad, pero ésta no puede desembocar en la arbitrariedad, y a la hora de discernir hacia dónde bascula la balanza, los historiadores tenemos mucho que decir. Aludo a los historiadores para diferenciarlos con claridad de los memoriadores , que pueden construir percepciones, regalar imaginarios e inspirar legitimidades, pero que se diferenciarán de los primeros en que su edificio interpretativo no tiene sólidos pilares documentales, elaboradas teorías y eficaces herramientas metodológicas. El memoriador inventa, el historiador conoce. Al hacerlo desde sus circunstancias presentes, ambas actividades están afectadas por la inevitable subjetividad, sin embargo, el historiador puede transmitir sus conocimientos desde el rigor que aporta su trabajo científico, mientras el memoriador puede leer ciencia, puede consumir Historia , pero caerá en la arbitrariedad si no aplica rudimentos científicos para probar sus afirmaciones.

XAL MENOSx desde la academia deberíamos tener claro dónde están los historiadores y dónde los memoriadores . La memoria colectiva se alimenta del consumo masivo, a veces es una construcción mediática, otras una herramienta política, casi siempre un objeto de márketing, y en contadas ocasiones una ley para esposar el voluble viento del recuerdo y el trallazo sordo del olvido. La Historia está en las aulas, palpita en el archivo, surge del que piensa en soledad sobre el ayer, camina a través de hipótesis explicativas y se enfrenta a la continua bifurcación de caminos metodológicos. El historiador recorre sin descanso la infinita senda de la verificación, pero los memoriadores se arrojan a la cabeza sus respectivos pasados sin dejar de pensar en sus inevitables presentes. La memoria histórica está convirtiéndose, peligrosamente, en política de la Historia , tal y como afirma Santos Juliá en un reciente artículo publicado en la Revista de Occidente. Como historiadores, nuestra obligación no es tanto recordar, cuanto conocer; no es construir visiones, experiencias del ayer que muchos ni siquiera hemos vivido, sino arrojar explicaciones probadas y sólidas del pasado. No para olvidarlo, tampoco para aprehenderlo en su totalidad, sino para comprender de dónde venimos y evitar, en la medida de lo posible, viejos errores allá donde vayamos.

En las aulas franquistas no se explicaba Historia de la Guerra Civil, se impartía memoria unívoca, doctrina del recuerdo. Era el dogma de los vencedores. Pero cuando los hijos de esos vencedores anhelaron la democracia, se dieron cuenta de que el recuerdo de la guerra transmitido socialmente, expuesto y difundido entre la masa, podría reproducir aquel conflicto que se intentaba superar. Fue entonces cuando la victoria dejó paso a la reconciliación, y el recuerdo a ciertos olvidos que favorecieron la amnistía. Pero lo más importante de todo es que, durante y después de la Transición, aquél olvido mediático y social no dio lugar a la ignorancia, al desconocimiento del pasado, como se comprueba en las miles de páginas que sobre la Guerra Civil escribieron los historiadores a partir de aquel momento. Hubo olvido en la epidermis de la sociedad para que la democracia pudiera consolidarse, para evitar que viejas contiendas fratricidas pudieran abortar nuevos sueños, pero lo que nunca hubo fue ignorancia del ayer. Todo lo contrario, tras el invierno franquista, que impuso el silencio científico sobre la Guerra Civil, los historiadores empezaron a estudiar la República y su posterior contienda, sin ira pero con sólidas herramientas epistemológicas. La Memoria había dejado paso a la Historia; el ayer ya no se representaba con una sola voz --como ocurría en la sectaria memoria franquista-- sino que empezaba a conocerse teórica, metodológica y experimentalmente. Iniciábamos así una aventura fascinante, la del conocimiento, que nunca deberíamos abandonar.

Pero el paso de los años, el cambio generacional y las nuevas condiciones políticas del presente han vuelto a anteponer la Memoria a la Historia. Conocida buena parte del pasado, después del vasto reguero de datos que los historiadores nos recopilaron desde finales de los setenta y principios de los ochenta, las nuevas generaciones quisimos hacer memoria, justicia y reparación de los derrotados. Eso está bien, resulta legítimo, necesario y plausible, pero es aquí donde surge el debate, porque al ser la Memoria una construcción, existen tantas como constructores . Por eso no debería sorprendernos que ante la memoria de los vencidos resurja la de los vencedores, cristalizándose tan patético pulso en la vergonzosa guerra de esquelas que hoy podemos leer en los periódicos. Y en medio de todo ello el poder, la bronca del Congreso, la disputa de los diputados, que con su debate están materializando aquella máxima orwelliana de "quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado".

Ante tal algarabía, debemos recuperar la Historia como aventura del conocimiento, y entender a la Memoria como objeto de estudio de la ciencia histórica. Así sabremos distinguir, en el incierto tiempo presente, quiénes son los memoriadores y quiénes los historiadores.

*Profesor de Historia Contemporánea de la Univeridad de Extremadura

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