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REPORTAJE

Tú, el hípico; yo, Montánchez

  •  Mientras los hijos se van al nuevo espacio del ´botellón´, los padres se escapan a los pueblos en fiestas de la periferia cacereña


  • ALONSO DE LA TORRE CACERESALONSO DE LA TORRE CACERES
    21/08/2003

     

    El hijo, al hípico y los padres, a Montánchez, o a Valdefuentes, o a Malpartida... Llega el fin de semana de agosto y la familia cacereña se dispersa. Los padres se van esta noche a Montánchez, paradigma de un pueblo cacereño en verano.

    El viaje es un sosegado placer de media hora. En cuanto se asciende, tras el cruce de El Parador, la temperatura baja tres grados y un fresquito que relaja te recibe con cariño. Aparcar en lo alto del pueblo es fácil. Encontrar el ambientillo resulta sencillo: solamente hay que seguir a la gente. Así se puede llegar hasta la plaza del Altozano.

    El ajetreo es de aúpa: hay un bullicio intenso y variopinto, la plaza está ocupada por decenas de veladores y sillas y encontrar una mesa vacía es tarea de titanes. Se levanta una familia y ocupamos su sitio. Estamos en el bar Pito Gordo. Llega el jefe a tomar nota. "¿Oiga, a usted por qué le llaman Pito Gordo", se interesa curiosa una madre cacereña. "Cuando usted quiera se lo demuestro, señora mía", responde pícaro el jefe.

    CERVEZAS Y JAMON

    Comienza la noche distinta, la noche rural, la noche loca de la Extremadura marchosa, la de los pueblos, la auténtica. Seis cervezas y una de jamón de pata negra, 15 euros. No es mal precio para tanto placer. Una nativa recién llegada de Francia a la que apodan La Vierge nos informa de los ritos veraniegos de Montánchez.

    "La cosa comienza con el chateo. Hacemos siempre el mismo recorrido: La Posada, La Bodeguilla, Club de la Tercera Edad, Calabria, Pito Gordo, Trinidad, Palomo, Chapete y Chus. Hacemos una doble ronda y acabamos a eso de las seis. Raciones no pedimos, nunca jamás, eso sería un insulto. Nos ponen pinchos: a primera hora, carne y cosas buenas, a última, aceitunas y altramuces, que en Montánchez somos muy finos y nunca los llamamos chochos".

    En la población de Montánchez, los camareros piden siempre especificación: "¿Cómo te pongo el vino, del bueno o del corriente?". Clásicos de la ruta como el popular Foxta lo toman del corriente, del de la cooperativa. Otros más exquisitos como Botica lo toman del bueno.

    Nada más acabar de comer, es decir, a eso de las siete, la partida. Se celebran en La Posada o en la terraza del Pito Gordo. "En Montánchez juegan tanto hombres como mujeres. Se juega dinero fuerte y ahí están Mari Pepa, Mari José y Carmen, a las que llaman las tahúres de Monte Culebro por su habilidad con los naipes", apunta La Vierge .

    Las partidas se acaban sobre las diez de la noche. "Las madres se van a casa a dar de comer a los niños y les dan deprisa, como a los pavos, para volver a salir. Los padres comen un poquito chope y a la calle. Unas veces vamos a cenar a los chiringuitos de la sierra y otras, tras unas cervezas, nos vamos a los corrales" .

    PUBS AL AIRE LIBRE

    En una calle céntrica, diversos corrales son adecentados en verano y reconvertidos en pubs al aire libre donde se bebe y se baila hasta el amanecer. Las copas cuestan dos euros menos que en el hípico.

    Aunque el descubrimiento más sorprendente de Montánchez son los dos chiringuitos del monte (el de Angelita, que era precioso, ha cerrado este año). Quedan por la carretera de la sierra, tienen unas vistas hermosísimas, cuentan con césped, flores, arboleda y comida barata y rica (tortilla, oreja, rabo, embutidos, caracoles, chuletas, pisto, gazpacho, chipirones, costillas, pinchos morunos, etcétera).

    De regreso a Cáceres, padres e hijos coinciden en el portal de casa, chocan sus manos y sus sonrisas felices demuestran que quien no disfruta en Cáceres en el mes de agosto es porque no quiere.