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Valeriano Gutiérrez Macías, oficial y caballero

JUAN CARLOSJUAN CARLOS
15/05/2006

 

La noche, como un puñal de frío, alienta su vaho en mi ventana. Es el tiempo de apagar luces, páginas y párpados para invocar al sueño y cerrar otra jornada del vivir. La tibia primavera, en esta hora, es apenas un temblor de luz que muere en la memoria. Denso el día que termina, su tanta desazón entre las horas, los ojos, empujados por el alma, buscan el alivio de la poesía mientras el sueño se amansa y llega. Para la espera, unos versos de Cernuda. Suena el teléfono desde Cáceres. Al otro lado, una voz amiga me para los pulsos: Juan Carlos, ha muerto don Valeriano. Y un largo silencio. Después, las preguntas del color de la tristeza, ¿a qué hora; en Albacete, en Quintanar, en Cáceres; ha sufrido más de lo esperado...?

Mi deuda con Valeriano Gutiérrez Macías viene de lejos. Allá por los primeros setenta, el coronel don Valeriano era el factótum cultural de la ciudad de Cáceres. Su imagen de militar ilustrado gozaba de admiración y reconocimiento, pero en igual dimensión que su merecida fama de caballero pundonoroso y ciudadano de inigualables virtudes cívicas. Por entonces, joven teniente yo, sólo pude trabar con él alguna conversación, muy esporádica, pues las diferencias de edad y ocupaciones no permitía mucho más, aunque algún acercamiento se produjo por su amistad y vecindad con la familia de mi mujer. Años más tarde, a comienzo de los ochenta, el servicio me devolvió a Cáceres como capitán, donde ya mis inquietudes poéticas se habían volcado en un libro primerizo, publicado en una editorial madrileña con el título de ´El arpa cercenada´. Pedí y obtuve de don Valeriano el prólogo de aquel poemario que guardo con especial afecto y gratitud. Irrenunciable en su estilo escribía : "El poeta Juan Carlos Rodríguez Búrdalo luce la banda carmesí de los capitanes..."

La profesión me arrancó de mi ciudad cacereña a finales de los ochenta y él, don Valeriano, también dejó Cáceres un tiempo después, al quedar viudo, pero nunca nos perdimos el rastro. Poco o mucho, junto con las cartas, llegó el intercambio de libros, el comentario de uno para los del otro, el seguimiento, en fin, de los trajines en los que desenvolvíamos uno y otro, otro y uno, la devoción por la creación y promoción literarias.

El reencuentro se produjo hace cuatro años en Toledo. Allí su hijo y entrañable amigo mío, Juan de la Cruz Gutiérrez, dirigía los servicios de Televisión Española de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha y en mí, como general de la Guardia Civil recaía la responsabilidad de este Cuerpo en la Región. Me encontré en una excelente exposición de pintura --cómo no-- a un don Valeriano octogenario y lúcido, afectuoso y singular que se dirigía mí como "mi general". No debo aplazar más en estas letras apresuradas la expresión de la admiración por su personalidad extraordinaria, esa vida pegada a la literatura, el otro pan en el diario mantel de su mesa noble.

Es noche y primavera en esta hora última que cierra el día aquí, en Madrid, cuando un tren de cercanías detiene su final estrépito sobre los raíles que imposta mi recuerdo y los ocupa. Es la noche que trae un temblor conmovido y sutil sobre la voz al teléfono que acabo de escuchar mientras taladro con la mirada la neblina misteriosa y rojiza que prende algún neón en mi ventana. Es la noche y memoria y el Oeste y Cáceres y... ausencia sobre el ala obscurísima del silencio que, ido el tren de los recuerdos, se adueña de esa vía siempre abierta a mi ancestro extremeño. La Gran Ciudad callada, y estas líneas, sentido homenaje en esta hora altísima de noche y recuerdo y abrazo a Valeriano Gutiérrez Macías. Donde quiera que estés, mi coronel, buen servicio.