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GERALDINE CHAPLIN

Cómica de una prolífica estirpe

 

EN FAMILIA. Geraldine Chaplin (izquierda), David Verdaguer y Oona Chaplin (de espaldas), en ‘Tierra firme’. -

POR NANDO SALVÁ
03/12/2017

Espera, que te paso a la Gerarda», anuncia el cinematógrafo Patricio Castilla desde el otro lado de la línea telefónica. Gerarda, su esposa, es Geraldine. Geraldine Chaplin, por supuesto. Adoptó el apodo cuando a finales del franquismo rodó algunas películas esenciales de la historia del cine español. Su voz suena, como de costumbre, cantarina y risueña. «Pero, ¿cómo no voy a estar feliz? Es una de las mejores películas que he hecho nunca», comenta con el tipo de entusiasmo que denota sinceridad.

Habla del nuevo trabajo de Carlos Marqués-Marcet, <i>Tierra firme</i>, la historia de dos mujeres que deciden tener un hijo juntas, y que para ello implican al mejor amigo de una de ellas. Mientras contempla los desacuerdos y malentendidos que el trío vive en su intento de formar una familia, la película ofrece varias reflexiones pertinentes sobre la pareja y la maternidad. «Está claro que tener hijos y compartir tu vida con otras personas es extremadamente complicado, da igual que seas homosexual o heterosexual o que intentes fórmulas conyugales alternativas. Y eso ha sido siempre así».

Sabe de lo que habla. Después de todo son asuntos de los que, entre muchos otros, lleva medio siglo meditando frente a la cámara. Ya ha rodado unos 150 trabajos en cine y televisión, y no tiene intención de parar. «Mi trabajo me apasiona. Dedicarse a interpretar es estudiar al ser humano, y el ser humano nunca deja de sorprender, a veces para bien y casi siempre para mal». Tan intensa actividad y tanta longevidad, reconoce, son una anomalía en el mundo de la interpretación y sobre todo entre las actrices, de las que se dice que a cierta edad empiezan a ser invisibles para los directores. «Yo les debo mucho a mis arrugas. Muchas de las mujeres de mi edad que se dedican a esto se han hecho retoques y no sirven para encarnar a ancianas. Yo, en cambio, las puedo interpretar a todas: a las adorables y a las terribles».

Es, quizá, la única ventaja que la edad le proporciona. «Quien inventó la vejez era un canalla; la odio… ¡Coño!», estalla. Pronunciados en su castellano matizado por el acento inglés, los tacos adquieren una incongruente dulzura. «Se dice que con la vejez uno se hace más sabio, pero eso es una tontería». La edad, además, la obligó a acostumbrarse a interpretar papeles más pequeños. En Tierra firme, por ejemplo, aparece en tres únicas escenas que, eso sí, vehiculan buena parte del peso temático y dramático de la película. «Siempre he escogido las películas en las que participaba en función de sus directores, no del tamaño de mi personaje».

De Marqués-Marcet, eso sí, confiesa que no sabía nada antes de empezar a rodar. «Una de las pocas cosas que me gustan de tener tantos años es que soy capaz de ver el talento desde lejos, y Carlos lo tiene. Me recuerda a Robert Altman… pero Carlos es mejor». El director español, por su parte, ha dicho de ella que es extremadamente disciplinada y a la vez muy humilde; que se toma muy en serio el trabajo y muy poco a sí misma. «Me gusta llegar preparada al rodaje porque, incluso a estas alturas, me siento muy insegura. Nunca me he considerado una estrella aunque, por otra parte, soy famosa desde que nací. Es lo que tiene llevar el apellido de uno de los grandes genios de la historia».

La misma circunstancia ha acompañado siempre a su hija, Oona Chaplin, que forma parte del trío protagonista de Tierra firme. Este es el cuarto largometraje en el que las dos han trabajado juntas. «Intenté convencer a Oona para que no fuera actriz. Siempre fue una niña muy mimada y pensé que no sería capaz de soportar la cantidad de decepciones y rechazos que la profesión conlleva. Afortunadamente las cosas le van muy bien».

Después de todo, es inevitable suponer que a cualquiera que nazca con ese apellido la vocación interpretativa le corre por las venas –el cuadro que acompaña estas páginas parece confirmar esa idea–. Sin embargo, para ella la interpretación fue algo parecido a un plan b. «¡Fue por pereza! Yo quería dedicarme a la danza, pero resulté no valer para ella. Y entonces pensé que el cine era la mejor alternativa, porque se gana dinero y yo ya tenía un nombre». Su padre, en cambio, era contrario a la idea: no quería que sus hijos explotaran su nombre. «Y eso es justo lo yo que hice, y sin reparos. Crucé todas las puertas que el apellido me abrió. Sin él, nunca habría participado en Doctor Zhivago (1965)».

10 años con Carlos Saura

La actriz tenía 19 años cuando obtuvo aquel papel. El director David Lean casualmente vio una foto suya en la portada de una revista femenina. «Debía de ser la primera que Lean hojeaba en su vida. Tuve suerte», recuerda. Poco después llegó a ella el que probablemente sea el cineasta más importante de su vida: Carlos Saura, con el que mantuvo una relación sentimental de 10 años y rodó títulos como Peppermint Frappé (1967), Ana y los lobos (1973) y Cría cuervos (1976). «Fue una etapa muy interesante porque luchábamos contra el sistema desde dentro, sorteando a los censores. La recuerdo como una etapa increíblemente formativa para mí». Fue gracias a ese trabajo en tándem –nueve películas– que llamaron a su puerta directores como Altman, Alan Rudolph, James Ivory y Alain Resnais.

Desde entonces, ha paseado el apellido de rodaje en rodaje, sin sentirse nunca aplastada por su peso: «Todo lo contrario. Siempre le he sacado provecho. Ya de niña, en el colegio los demás niños me hacían los deberes si los invitaba a casa y les presentaba a Charlot»; sostiene, eso sí, que además del nombre poco ha heredado de su padre. «Él fue un creador único y yo solo soy una actriz del montón. Me gusta mucho lo que dice mi hija cuando le piden que se compare con él: ‘Como Charlot, aunque no lo parezca, yo también tengo bigote’».

Y que la cultura popular haya llegado a vulgarizar la imagen de su padre de tanto usarla no podría importarle menos. «De hecho, me encanta verla estampada por todas partes, aunque sea en un rollo de papel higiénico o unos calzoncillos».