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Darío Adanti, cofundador de la revista Mongolia: «Nunca Franco estuvo más presente que ahora»

Dibuja desde que era chaval. Tiene 46 años y su madre le reprocha vivir cual adolescente, rodeado de muñequitos. Participa activamente en ‘Mongolia, el musical’ donde el humor es como Dios manda: sin límites. Dice ser ateo y de izquierdas

 

Adanti, en Madrid, donde posa para la entrevista. - JUAN MANUEL PRATS

OLGA PEREDA
16/07/2017

Cuando Darío Adanti estaba en el parvulario, sus maestros se percataron de que era disgráfico (dislexia escrita) y confundía, por ejemplo, abril con haber. Sus padres –una secretaria de la embajada de la India y un comercial de Coca-Cola cuya destreza con las matemáticas le convirtió en el cerebro informático de la multinacional– le enviaron a una logopeda «guay, competente y progre». Para corregir su defecto, le hizo copiar mil veces los tebeos que tanto amaba. Alehop. Acaba de nacer un historietista. Un dibujante. Un ser humano con el humor (y la cultura) por bandera. Cofundador de la revista Mongolia, Adanti llega a la entrevista sudando cual pollo, como cualquier autónomo multitarea en pleno verano. Necesita algo frío para combatir el calor y pide una Coca-Cola con mucho hielo. «No vayas a poner esto porque la izquierda es muy fanática y como se enteren que la tomo…».

–Ha venido solo. Le esperaba con un abogado. Últimamente, los humoristas tienen que tener mucho cuidado con lo que dicen.

–En estos cinco años hemos aprendido a jugar con la ambigüedad de la ley y el Código Penal. Sabemos que hay cosas que son imposibles, como la apología del terrorismo o burlarse de las víctimas.

–Cuando fundaron la revista ‘Mongolia’ contaron con un socio abogado.

–Sí, el listo en este sentido fue Pere Rusiñol, que venía del periodismo y sabía que iba a ser necesario. Los demás somos gente que hacemos humor y jamás se nos hubiera ocurrido algo así. Hemos tenido demandas, pero nunca han llegado a nada salvo una que tenemos ahora con Ortega Cano.

–¿En qué momento está?

–Ahí ahí. Nos demandó por un cartel que hicimos titulado Estamos tan a gustito. Se enojó. Le pareció que nos reíamos de su drama.

–Él solo iba pasado de copas y mató a un hombre al volante.

–Claro, pero lo grave es que hicimos un cartel.

–Accidente es que te explote una rueda. Pero si coges el coche borracho...

–No le pusimos en un coche sino en un ovni que se había estrellado. Es sátira. La sátira no es para que la gente se ría. Te puede ofender y remover, pero te hace reflexionar. La sátira utiliza recursos del humor para ejercer la opinión política o social.

–Tienen en marcha la gira del (renovado) musical de Mongolia. ¿La revista no da de comer y tienen que hacer bolos?

–La revista nos da de comer, pero es una empresa pequeña. Somos como una tienda de cupcakes de Malasaña. Cuando empezamos a presentar la revista nos vio Alejo Stivel, de Tequila, y nos dijo que eso no era una presentación sino un show y que lo teníamos que armar bien. Edu Galán y yo somos fans de la comedia. Tengo 46 años y me subí por primera vez a un escenario hace tres o cuatro. No creo que me pueda volver a bajar. Mi madre dice que vivo como un adolescente.

–¿Qué es ‘Mongolia, el musical’?

–No queríamos comedia clásica, pero tampoco stand up. Hacemos mezcla de personajes, desde yihadistas hasta curas o guardias civiles. También hay pequeños momentos de diálogos, haciendo de fachas o progres o lo que somos: ateos de izquierdas. Todo apoyado con audiovisual. Primero fue el musical, luego el 1.0, luego el 2.0. Siempre va cambiando, lo vamos renovando.

–Su último libro, ‘Disparen al humorista’ (Astiberri), se iba a llamar ‘A qué le llamamos humor’. ¿Qué es el humor?

–Tras el 11-S del humor, que fue lo que ocurrió con Charlie Hebdo, no me quedaba otra que explicarlo. Alguien más listo y más famoso que yo decía que es el más universal de los fenómenos culturales y sociales porque no hay pueblo que no lo tenga, ni una tribu perdida del Amazonas. La comedia nació con los griegos y tenía un punto de catarsis. Nuestro musical también lo tiene, es un acto catártico.

–¿Nos podemos reír de todo?

–Sí. La historia es que, al igual que en el periodismo, hay que explicar por qué, para qué, cuándo y dónde. Es el contexto lo que te marca. Te puedes reír de todo, ahora bien: dónde, cuándo y por qué es otro tema.

–¿Nos podemos reír del niño Aylan, el niño sirio que apareció muerto en una playa turca y cuya imagen nos rompió el alma?

–Pregunta difícil. Yo no lo haría porque no gano nada pero no puedo censurar a quien lo haga. Yo prefiero hacer sátira y disparar hacia arriba, a las élites. La gente se echó encima de Charlie Hebdo cuando hicieron un chiste de Aylan. Pero esa portada tenía un trasfondo detrás, y era la hipocresía de la clase media bienpensante francesa que se conmueve con la muerte de un niño, pero cuando el inmigrante crece y vive en un suburbio parisino, en su opinión, se hace un malhechor.

–Diga un chiste que no le haga gracia.

–Complicado. Hombre, los chistes simplones sin metáforas ni vueltas sobre temas como el machismo o el racismo no me hacen gracia a no ser que sea un chistazo. Sarah Silverman, una humorista que me encanta, tiene uno buenísimo: ¿Qué es un negro que viaja frecuentemente en avión? Y todo el auditorio se calla. Y ella contesta: «El piloto, racistas de mierda».

–El Gran Wyoming y Dani Mateo tienen un frente judicial por mencionar el Valle de los Caídos. Acojona.

–Mucho. Franco lleva muerto 42 años. Y es ahora cuando la monarquía lo ha llamado dictador. Han necesitado todo este tiempo. Nunca Franco estuvo más presente que ahora. Nunca se hicieron tantos juicios. Lo de la tuitera Cassandra fue ridículo. El Partido Popular, en lugar de quitarse de encima toda esa morralla franquista, la está avalando y apoyando. Es muy peligroso y jodido. El PP ha visto que ganó Trump. Que casi gana Le Pen en Francia y que los partidos de ultraderecha están creciendo, así que ha dicho: ¿Qué hacemos disimulando y haciéndonos los liberales demócratas?

–Usted vivió 12 años en una dictadura.

–Me acuerdo de mi padre escondiendo libros de anarquismo y socialismo. Hasta los de Nietzsche. No era un tipo especialmente de izquierdas, pero sí lector voraz y muy culto.

–Uno piensa que no podemos volver a esta situación.

–Se puede repetir perfectamente. La segunda guerra mundial fue peor que la primera.

–En Twitter cada día hay una víctima a la que apedrear. Ya sea Fernando Trueba o Miren Gaztañaga, víctimas de los «pajilleros de la indignación» como los llama Juan Soto Ivars, autor de ‘Arden las redes’ (Debate).

–Un libro excelente. Puede caer cualquiera, sí. Lo que se dice en las redes se convierte en la opinión pública. Es peligroso porque lo que funciona es el narcisismo y no la reflexión. Opinamos de todo todo el rato.

–¿Por qué hasta el humor tiene que ser políticamente correcto?

–Así no se hubiera publicado nunca Lolita y hubiéramos quemado los libros de Houellebecq. Eso es una especie de fascismo muy raro. ¿Qué queremos? ¿Un mundo desigual y perverso pero que parezca un mundo feliz en el que nadie se agrede y todo es guay? Somos tiquismiquis con cosas no importantes. ¿Cómo no salimos a la calle por la reforma laboral y sí lo hacemos por lo que opine Trueba? ¿Estamos locos? Nos ofende un libro, pero no nos ofende que gran parte de los miembros del Gobierno tengan algún papel en tramas de corrupción. No nos ofenden los seres humanos que están muriendo en el Mediterráneo, lo que nos ofende es que alguien haga un chiste sobre los refugiados. Estamos perdiendo el norte como sociedad. Cuanto más burgueses somos, más nos ofendemos por gilipolleces. Nuestros antepasados lucharon por el voto de la mujer, por tener vacaciones y sanidad pública. A ellos les cagaron a hostias y les prendieron fuego, pero a nosotros nos ofende la palabra negro.

–Cuando nació ‘Mongolia’, un lector les reprochó no dar todo su contenido gratis en internet. La respuesta de ustedes terminó con un «cómenos la polla, que es gratis».

–En esa época contestábamos siempre con un insulto. Tuvimos problemas por la corrección política. Nos llamaban marichulo. Tampoco podíamos decir «hijo de puta» porque decían que nos metíamos con las prostitutas. El liberalismo ha ganado a la izquierda porque si ahora la izquierda tiene miedo a ofender con las palabras apaga y vámonos. La izquierda antes acojonaba. Paraban una empresa o la calle o un país. Sin embargo, ahora no hay que decir hijo de puta. Patético. Somos una izquierda respetuosa, así no se va a ningún lado.

   
1 Comentario
01

Por Pascualim.- 19:03 - 16.07.2017

¿Que pinta en este Periódico serio. Un panfleto que uno de los dueños es un secuestrador etarra?