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Enrique Cidoncha: «Me hice fotógrafo porque era mi forma de retener el tiempo»

Al principio la fotografía le sirvió de excusa para conocer el mundo, ahora es un ejercicio de introspección, el mejor modo para comprenderse y retratar su manera de mirar. Huye de los selfies, le gusta Instagram y hace fotos con el móvil, aunque inevitablemente a Enrique Cidoncha todos los caminos le conducen a la alquimia del diafragma fascinante de su cámara. Con ella amarra los momentos que no van a volver. Fotógrafo (Don Benito, Badajoz, 1981)

 

Junto a Enrique Cidoncha en el Paseo Alto de Cáceres, donde se desarrolló esta entrevista. - FRANCIS VILLEGAS

-Alicia Chamorro, enfermera que trabaja en unidades de cuidados paliativos pediátricos, pasó hace una semana por esta entrevista y le pregunta: ‘¿Cuál ha sido el personaje que más le ha gustado fotografiar?’

-Recuerdo una foto que fue muy importante por el momento y por la repercusión que tuvo: la de Francisco Ayala. Se trataba de un encargo porque él iba a cumplir 100 años y luego se convirtió en la fotografía conmemorativa de su centenario. Luis García Montero, comisario de los actos, me la pidió y estuvo expuesta en la fachada de la Biblioteca Nacional. También se utilizó para una reedición conmemorativa de los cien años de sus memorias, ‘Recuerdos y olvidos’. Tuvimos una pequeña pero intensa amistad, porque Francisco Ayala falleció con 103 años y en esos tres años tuve la oportunidad de ser su amigo. Me invitó a tomar un whisky a su casa, que era lo que solía hacer con sus amigos.

-¿Qué ha visto hoy que merezca ser fotografiado?

-Viniendo de Don Benito a Cáceres he parado el coche, algo que hago muy pocas veces, porque en una curva a la altura de Valdemorales he visto ropa tendida en la fachada de una casa. La he fotografiado para Instagram.

-¿Ajá, y qué opina de Instagram?

-Me encanta. Me parece que ha sido la red social que ha popularizado definitivamente la fotografía a todos los niveles. Es una ventana tanto para los profesionales como para los chavales de 15 años, para que se puedan expresar gráficamente. Ha revolucionado la fotografía. Precisamente Francisco Ayala me dijo que la fotografía es el arte del siglo XXI; llevaba razón.

-¿En tiempos de selfies usted defiende el papel del fotógrafo como un mero observador que debe ceñirse a mirar sin ser visto?

-El selfie no me gusta nada. Creo que no tiene nada que ver con la fotografía. Cuando era joven pedía autógrafos a la gente que admiraba, o les llevaba un libro o un disco para que me lo dedicaran. Y ellos estaban de alguna forma personalizando su trabajo. No me hago un selfie con gente a la que admiro. Pienso que el fotógrafo tiene que ser identificado y reconocido por su trabajo. Suelo hacer retratos y recientemente el fotógrafo Alberto García Alix me decía que los retratos se hacen para gloria de los protagonistas, no del fotógrafo. Es verdad que en ese caso el fotógrafo pasa a un segundo o tercer plano, y ahí ser autor es mucho más difícil. A mí eso no me incomoda, al contrario, me siento cómodo pasando desapercibido.

-Vivimos en una sociedad más que nunca narcisista. Nuestras fotografías se reproducen en las redes sociales, en las que compartimos nuestra vida. ¿Le parece bien?

-Los límites los pone cada uno. Cada uno es libre de cómo utilizar su vida y las redes sociales. A mí no me gusta el postureo por el postureo. Me gusta que haya algo más detrás del puro narcisismo, que haya autenticidad, que haya algo que sostenga todo eso.

-Así que la vida está dentro de un objetivo...

-Sí. Estamos mirando continuamente. El objetivo es una realidad de amor-odio.

-¿En el fotoperiodismo nunca hay que despreciar una foto?

-Los buenos fotoperiodistas son los que saben mirar y tienen un papel importante en nuestra sociedad. El fotoperiodismo está en todo. He crecido como fotoperiodista, sigo siéndolo y aspiro a continuar siéndolo.

-Retrocedamos en el tiempo. Hable de su infancia...

-Nací en Don Benito. Mi padre es de allí, mi madre es de Trujillo, aunque vivía en Villanueva de la Serena. Cuando era pequeño nos vinimos a Cáceres, donde viví hasta los 18. El Paseo Alto es uno de mis primeros recuerdos. Una chica que ayudaba a mis padres en casa nos traía aquí por la tarde a mi hermana y a mí. Es un sitio especial. Estudié en el San Antonio y veníamos con Damián y con el padre Manolo hasta este paseo a dibujar los árboles, los pinos. Igual Cáceres no es el lugar donde mejor amé la vida, pero sí con más intensidad.

-Después se fue a Madrid...

-Sí. Me fui a estudiar Comunicación Audiovisual y allí me quedé porque empecé a trabajar casi sin darme cuenta, colaborando con El Periódico Extremadura y con otros medios informativos. Ya llevo allí 18 años. No olvidaré un verano que terminé mis prácticas en El Periódico Extremadura; fui a despedirme de mis compañeros en pantalones cortos y Enrique Ache, un maquetista al que no olvidaré jamás, me empujó literalmente al despacho del director, que en aquel momento era Julián Rodríguez, un gallego, que me ofreció la oportunidad de ser colaborador en Madrid. Fueron unos años en los que me sentí muy cerca de Extremadura y a Enrique Ache lo recuerdo como un padre, recuerdo su mirada de orgullo mientras ese director me daba la oportunidad que yo tanto tiempo llevaba esperando.

-¿Y en estos años ha aprendido usted a mirar mejor?

-El fotógrafo es la suma de todas las películas e imágenes que ha visto, de todos los libros que ha leído, de todo el tiempo que ha compartido con sus amigos. Toda la experiencia y todo el bagaje te ayudan a mirar mejor, a detenerte un poco más, a pensar, a dar importancia a lo que realmente la tiene. Los años en ese sentido nos vienen bien a todos.

-¿Por qué se hizo fotógrafo?

-Fue un proceso natural. Pero me hice fotógrafo porque era mi forma de retener el tiempo. De mis amigos y mi familia era el único que hacía fotos, nadie tenía una cámara ni entonces había móviles. Tengo un complejo de Peter Pan, que creo que he ido limando, y por eso me recuerdo siempre con una cámara de fotos, como una forma de atrapar el tiempo que no iba a volver, de amarrar los momentos que iba a querer recordar siempre. Con 12 años me apunté al taller de fotografía de un campamento y no olvido cómo cogimos un rollo de película, lo metimos en un tubo, le echamos unos líquidos, pusimos el rollo revelado en una ampliadora, colocamos un papel blanco, lo sumergimos en otros líquidos y de repente empezó a surgir de ahí una imagen. Y eso es alquimia, magia pura, algo que con 12 años te vuelve loco. Allí se forjó lo que ahora soy.

-De modo que es fotógrafo en una sociedad que piensa que los fotógrafos lo son por amor al arte, que su trabajo no cuesta dinero. ¿Se siente usted perteneciente a un sector laboralmente ninguneado?

-Por supuesto. Es un sector ninguneado por personas e instituciones que no saben valorar la fotografía como cualquier otra disciplina artística o como cualquier otro trabajo. La fotografía es la forma que mucha gente tenemos de ganarnos la vida. Tengo compañeros, muy buenos fotógrafos, que ahora están cultivando garbanzos en Jaén cuando deberían estar apretando el botón. Hace poco me llamaron del Ministerio de Cultura para pedirme que les regalara una fotografía para hacer una campaña publicitaria. Les costó entender que no la iba a regalar. Me dijeron que si tenían que pagar a todos los fotógrafos no les saldría rentable su proyecto. Les contesté que cómo era posible que ellos fueran a pagar esos catálogos, esas vallas, esas impresiones, y no fueran a pagar a los fotógrafos. ¡Y me llamaba el Ministerio de Cultura! Es algo incomprensible.

-¿La fotografía es como la pesca, para pescar la mejor presa hay que saber esperar?

-A veces también hay que saber no esperar. Ha habido momentos que he tenido todo el tiempo del mundo para hacer una foto y no la he conseguido y ha habido momentos en los que en el primer segundo ha surgido la mejor foto. He aprendido a vivir con esa incertidumbre en mi trabajo. No siempre se corresponde el tiempo con la calidad; aunque la espera, la paciencia y el mimo son fundamentales. Recuerdo que un día reconocí en un cine en Madrid al director Antonio Isasi-Isasmendi, que entonces tenía 88 años. Era admirador suyo y de sus películas; le pedí hacerle un retrato y le cogí en un entrante, junto a las paredes negras de la salida de emergencias: le pedí que me mirara, le hice un retrato muy cerrado. Tres meses después me fui a Ibiza, donde vivía. Estuve con él tres días porque quería volver a intentar hacerle otro retrato. No conseguí traerme uno mejor que el que le hice en menos de un minuto aquella noche en ese cine de Madrid.

-Y sin embargo, nosotros vivimos obsesionados por las prisas...

-A pesar de que una fotografía se hace en menos de un segundo, la prisa es matarla. Recientemente conocí al fotógrafo Javier Vallhonrat y me decía que yo era excesivamente práctico y racional, y es verdad, lo reconozco como un defecto. Me aconsejaba: ‘Hay que dejar al niño jugar, tienes que aprender a perder el tiempo’. Y mi objetivo a partir de ahora es ese, perder el tiempo para que salgan las mejores ideas.

-¿Hace fotos con el móvil?

-Ahora sí. Me ha costado. Mi fotografía es muy poco vanguardista y adoro el poder de la alquimia, el tiempo y la técnica. Salir con un 50 y abrir el diafragma todo lo que puedo para desenfocar, eso es lo contrario al móvil, pero creo que la fotografía tiene un valor inmediato, el valor de la calle y a veces hay que utilizar el móvil como una herramienta más porque tiene un lenguaje y una inmediatez que no tiene la cámara. El móvil te permite dar valor al momento.

-¿Ha hecho fotos de gente que no se atrevería a mirar a los ojos?

-Me atrevo a mirar a los ojos a todo el mundo. Es muy importante. Es la mejor forma que tenemos de conocer a los demás. Me gusta hablar mucho con las personas que retrato. Las sesiones se convierten en una larga charla. Es muy importante conocer a quien tienes delante del objetivo.

-¿Qué es el cine?

-Fotografía, luz, canciones, historias. Es vida.

-Usted es colaborador de la Academia de Cine. ¿Cómo ve ese organismo, cree que el Estado debe fomentar más el séptimo arte?

-El gobierno debe fomentar ésta y todas las artes, especialmente el cine, que es una de las que ahora se ve más perjudicada. El cine es nuestra cultura, nuestra historia.

-Ha fotografiado a las caras más conocidas del cine español. ¿Qué ha aprendido de esos actores?

-De ellos he aprendido a valorar mucho el tiempo, a valorar el instante, porque generalmente las caras más conocidas del cine tienen muy poco tiempo para dejarse retratar. Algunas de las fotos que guardaría para siempre se han hecho en muy poco tiempo. De ahí han salido algunos de mis mejores amigos.

-¿Puede hablar de los cantautores Pablo Guerrero y Manuel Cuesta?

-A Pablo lo conocí en 2004, en el Hogar Extremeño de Madrid, y acudí. Colaboraba entonces yo en El Periódico Extremadura y Pablo acababa de publicar su poemario ‘Los rastros esparcidos’. Me acerqué a él y le pedí una entrevista. A los pocos días, un sábado, me llamó. Era estudiante y me acababa de levantar porque había salido la noche antes. Al carraspear me preguntó si me acababa de levantar, me dijo que le llamara otro día para tomar un café. A partir de ahí vinieron muchos cafés y una amistad muy bonita. Fue determinante cuando me citó en el Bar Manolo, de Argüelles, y me invitó a que participara en las fotografías de su disco ‘Luz de tierra’, dedicado a poetas extremeños. A Pablo le debo todo. A Manuel lo conocí a raíz de ‘Lobos sin dueño’, la antología de los 40 años del ‘A cántaros’ de Pablo Guerrero, y Manuel Cuesta era una de las voces que lo cantaba. Se fue fraguando una maravillosa amistad.

-Bayona, Juan Diego y Juan Diego Botto, Ángela Molina, Ana Belén, Paco León, Raúl Arévalo, Trueba, Garci, Miki Molina... son los nombres de su última exposición que a finales de año se pudo ver en Cáceres y que es un reencuentro con usted mismo...

-Es una retrospectiva. Medité que hacía media vida que me dedico a la fotografía y decidí participar en ‘Cáceres de Foto’. Esta exposición es un retrato actual con el que me siento identificado y cómodo. Son fotografías que he hecho en determinadas circunstancias, a lo largo de los últimos diez años, y me siento orgulloso de todas ellas. Me definen bastante bien.

-¿Es usted un fotógrafo de retratos y no de confictos?

-Bueno, creo que un retrato es también una manera de salvar un conflicto, contigo mismo y con la persona que tienes delante. Es una convergencia de miradas, es un entenderse, es algo muy potente.

-Vivimos en una sociedad colapsada por los conflictos: el secesionismo catalán, la crisis económica, la de los refugiados... ¿Desconfía usted de la clase política?

-No. Tengo confianza en nuestros políticos. Creo en ellos. La política es poner en orden la sociedad en la que vivimos y confío en que hay gente que tiene vocación de resolver nuestros problemas y de gobernar para todos. Espero que podamos dialogar más y podamos entendernos mejor.

-Para terminar esta entrevista lo haremos con una frase suya: «Cuando empecé a hacer fotos lo hacía para conocer el mundo, ahora le he dado la vuelta y hago fotos para conocerme a mí mismo y sacar lo que llevo dentro...»

-Cuando estás forjando tu personalidad y conociendo el mundo, la fotografía te sirve de excusa. Pero es un proceso vital en el que al final terminas utilizando la fotografía para conocerte a ti mismo y para sacar lo que llevas dentro.