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el verdadero sentido de un término

¿Qué significa ser fascista?

 

SIMBOLOGÍA José Antonio Primo de Rivera, llevando la clásica camisa de Falange Española, con el yugo y las flechas bordados en el pecho, en un mítin del partido. En la foto de la derecha, el duce Benito Mussolini y el -

SIMBOLOGÍA José Antonio Primo de Rivera, llevando la clásica camisa de Falange Española, con el yugo y las flechas bordados en el pecho, en un mítin del partido. En la foto de la derecha, el duce Benito Mussolini y el -

POR ALBERT GARRIDO
19/11/2017

La proliferación de excesos verbales, vituperios y toda suerte de descalificaciones personales en las redes sociales y en la calle han servido para llamar «fascistas» a quienes no comparten el ideario político del vituperante o emisor del improperio. Además de que los supuestos fascistas –músicos, escritores, cineastas, políticos de diferentes registros, profesores de toda índole, ciudadanos de toda clase y condición– no lo son en absoluto, sucede que el fascismo fue un fenómeno histórico, político, social, cultural incluso, que respondió a un concreto periodo histórico y hoy no concurren en nuestra atribulada política ninguno de los ingredientes que posibilitaron el alumbramiento del fascismo genuino –el nazismo y la Falange, dos de sus derivadas–; a lo sumo solo cabe hablar de neofascistas y neonazis en la Europa del siglo XXI.

El término fascismo, surgido en Italia, procede de fasces, plural de la palabra latina fascis, cuya traducción al castellano es haz. Un fascis era un conjunto de 30 varas ligeras de olmo o abedul, llamadas lictores, sujetas con una tira de cuero para formar un cilindro que sostenía un hacha. Los fasces eran el signo de autoridad de los cónsules de la República romana y se mantuvo durante el imperio como símbolo de las 30 curias fundadoras de la antigua Roma. Otros fascismos recurrieron también a señas de identidad rescatadas de un pasado lejano: así la esvástica de los nazis y el yugo y las flechas falangista.

En los años que siguieron a la unificación italiana (1870) empezó a difundirse en el movimiento sindical la palabra fascio como sinónima de liga o agrupación (un haz de ciudadanos). Se pusieron en circulación expresiones como fascio operaio o fascio dei lavoratori (liga de trabajadores), de los que el más renombrado fue el Fasci Siciliani, impulsor de un levantamiento contra el empobrecimiento de la isla y la decisión de las familias sicilianas más pudientes de invertir en las regiones industrializadas del norte (Piamonte y Lombardía). Este sindicato constituyó una mezcla heteróclita de diferentes corrientes libertarias y socialistas de estructura variable, definitivamente reducido a la nada después del bienio tormentoso 1895-1896.

«Pocos problemas de la historia reciente de Europa han generado más controversia que la interpretación del fascismo», afirma Stanley G. Payne en su libro El fascismo. Autores como S. J. Woolf y George L. Mosse atribuyeron a las condiciones sociales y políticas en Europa en las dos últimas décadas del siglo XIX y al desarrollo de la primera guerra mundial la fuerza motriz para pasar de la teoría a la praxis política fascista. Los acontecimientos que se sucedieron en Italia a partir del verano de 1914 dan la razón a estos autores: jóvenes nacionalistas partidarios de la acción directa exigieron que su país entrara en la contienda, fundaron los Fascios de Acción Internacionalista Revolucionaria el 1 de octubre de 1914 y publicaron un manifiesto en Pagine Libere cuatro días más tarde. En aquel momento se unió a la organización el socialista Benito Mussolini, que pronto se convirtió en su líder. Finalmente, en mayo de 1915, Italia se sumó a la guerra.

El programa fascista entendía la guerra como una ocasión única para engrandecer el país, exaltar la nación por encima del individuo, justificar el recurso a la violencia, promover una economía de naturaleza autárquica y defender una organización corporativa de la sociedad. Desde la fundación de la Liga Italiana de los Combatientes (1919) hasta la Marcha sobre Roma (27-29 de octubre de 1922), que otorgó el poder a Mussolini, nacionalismo, violencia y autarquía constituyeron la seña de identidad de los fascistas, un proyecto atractivo para una burguesía en guardia en toda Europa a partir del triunfo de la Revolución de Octubre en 1917 y del dinamismo de las organizaciones obreras de tradición socialista después de la guerra. Con un ingrediente añadido: el anticomunismo militante del universo mussoliniano.

Es imposible hacer que encajen en este esquema las piezas del entramado social y político de nuestros días. Payne explica que la consideración de fascista aplicada a cualquier adversario político es una herencia del comunismo, que en los años 20 y 30 del siglo XX tendió a llamar fascistas a quienes disentían o combatían sus planteamientos. En realidad, solo eran fascistas los seguidores del Partido Nacional Fascista, fundado en 1921, y de sus derivados, el Partido Nacionalsocialista Alemán, en primer lugar, y más tarde Falange Española y algunos otros. Ni los conservadores cristianos ni los socialdemócratas de la Segunda Internacional ni diferentes formas de liberalismo tenían vínculo alguno con el fascismo auténtico, totalitario, sometido a los dictados de un líder absoluto –el duce, el Führer–, contrario a la democracia y heredero degenerado del nacionalismo romántico, de cariz populista.

Ingrediente racial

Los diferentes fascismos se adecuaron por lo demás a tradiciones nacionales de naturaleza muy diversa. El ingrediente racial del nazismo, cuya máxima expresión fue la persecución de los judíos –seis millones de muertos– y de los gitanos –500.000 muertos– fue ajeno a la rama italiana, aunque a partir del pacto Hitler-Mussolini formó parte de la praxis política del Estado fascista. El dicterio dirigido a los judíos fue, en cambio, un factor constitutivo de fascismos como el rexismo en Bélgica y los cruces flechadas en Hungría, que colaboraron con los invasores alemanes durante la segunda guerra mundial.

De igual manera, la religión, entendida como uno de los pilares del fascismo, fue un factor realmente relevante en el mensaje de Falange y muy poco o nada importante en otros partidos. En su proclama de 17 de julio de 1936, José Antonio Primo de Rivera dice: «Trabajadores, labradores, intelectuales, soldados, marinos, guardianes de la patria: sacudid la resignación ante el cuadro de su hundimiento y venid con nosotros por España una, grande y libre. ¡Que Dios nos ayude! ¡Arriba España!». La idea misma de que «la época más alta que ha gozado Europa» fue el siglo XIII, el de Santo Tomás y el de «los frailes que se encararon con el poder de los reyes», nutrió al falangismo con los rasgos propios de un catolicismo integrista y retardatario, llamado más tarde nacionalcatolicismo, pilar esencial de la dictadura franquista.

Hubo, por el contrario, una idea compartida, capaz de unir diferentes tradiciones intelectuales: la debilidad o crisis de Occidente. La decadencia de Occidente, del alemán Oswald Spengler, publicado en 1918, inspiró a muchos ideólogos del fascismo, aunque su autor renegó paradójicamente del nazismo y su nacionalismo agresivo. En nuestros días, más allá de la parafernalia de algunos movimientos marginales o que son una reminiscencia del pasado, la extrema derecha, en nombre de la salvación de Occidente, arremete contra los inmigrantes, la Unión Europea y el islam, algo más eficaz, sin duda, que practicar el saludo romano.