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ESTRENO DE ‘EL EXTRANJERO’

Repartiendo a los 63

 

Etta Ng (derecha), junto a su novia, la ‘influencer’ Andi Autumm. - AFP / DANIEL MIHAILESCU

Etta Ng (derecha), junto a su novia, la ‘influencer’ Andi Autumm. - AFP / DANIEL MIHAILESCU

POR ADRIÁN FONCILLAS
14/01/2018

Los terroristas que matan a su hija (en la ficción) comprobarán que aún le quedan patadas voladoras. Sus 63 años permitían que le hubieran matado a la nieta, pero con la furia asesina de un abuelo se resentiría la credibilidad. Ocurre en El extranjero, la película de Jackie Chan que ha estrenado este fin de semana. Esperen un dramatismo inédito en el actor hongkonés junto a los preceptivos guantazos. Es el último giro de una biografía agitada que culmina con la rara conquista de Hollywood por un asiático. Chan fue el quinto actor mejor pagado de Hollywood en el 2017 (41,5 millones de euros).

Sus padres emigraron de China a la entonces británica Hong Kong y la familia vivió en la embajada francesa, donde él cocinaba y ella limpiaba. A los 7 años ingresó en la Academia de Drama China. En la siguiente década, compaginó los estudios de artes marciales, acrobacias y canto con la limpieza de las instalaciones en jornadas de 19 horas. Después se empleó como extra en las películas de artes marciales. Chan asegura que no conserva un solo hueso sin fractura tras décadas de carrera. Tampoco ha quedado indemne su cráneo, roto en una caída desde 12 metros.

Sus habilidades llamaron la atención de la industria y Lo Wei, mítico director y productor, le ungió como sucesor de Bruce Lee, fallecido en 1973. Pero la fórmula fracasó y cuando Chan era ya veneno para la taquilla, comprendió que el género y él necesitaban una vuelta. Esponjó las escenas de patadas y puñetazos con el humor callado de su admirado Buster Keaton. Ese hallazgo, tercamente copiado, apuntala aún su carrera.

El resto es historia. Su triunfo inmediato en Hong Kong lo convirtió en una estrella que actuaba, dirigía y producía. Su primer intento en Hollywood, en los años 80, fracasó y solo la reivindicación en los 90 de Quentin Tarantino, devorador del cine de acción hongkonés, posibilitó su desembarco final. El primero de sus éxitos llegó el siguiente año. Ninguna de sus películas ha sido glosada por su calidad, pero dejó poso la pareja protagonista con Chris Tucker en la triunfante saga de Hora Punta: un chino y un negro en un Hollywood que aún pintarrajea a los blancos para algunos roles étnicos.

Jackie Chan ejerce de ídolo y reserva moral en Asia. Encabeza las campañas recaudatorias tras terremotos en China o tsunamis en Japón y reprende a los famosos más tacaños. Su filantropía cubre todos los campos y las multinacionales se lo rifan. Solo las turbulencias filiales y sus opiniones políticas ensucian su imagen. Etta Ng, de 18 años, frecuenta la prensa rosa por intentos de suicidio y denuncias de malos tratos a su madre. Ante la conmoción en China por su salida del armario a través de las redes sociales, Chan zanjó: «Si a ella le gusta, está bien».

Etta es el fruto de una aventura con la reina de la belleza Elaine Ng. «Solo cometí un error que muchos hombres cometen», definió Chan, casado desde 1982 con la taiwanesa Feng-Jiao Lin. Etta se ha referido a él como «un extraño» y el actor ha aclarado que no verá un dólar hongkonés de su herencia.

Más le afectó el escándalo de su hijo. El treintañero Jaycee fue detenido con marihuana en una campaña contra la droga focalizada en la farándula. Resulta que Jaycee organizaba fumadas olímpicas en su ático pequinés para sus amigotes. Resulta también que Chan es el entusiasta embajador de China contra la droga. Se declaró avergonzado como figura pública y roto como padre. «Espero que los jóvenes aprendan la lección de Jaycee y se mantengan lejos de las drogas», terminó.

Su discurso está más alineado con la dictadura pequinesa que con el de la excolonia donde nació. Incluso es miembro de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, un órgano paralelo al Parlamento que en los últimos años ha atraído a famosos para darle algo de lustre. A Chan le han caído más palos por defender al régimen que en sus películas.

Chan describió las elecciones taiwanesas del año 2004 como «la mayor broma del mundo», y años después dijo no estar seguro de que la libertad fuera buena. «Empiezo a pensar que los chinos necesitamos estar controlados. De lo contrario, haríamos lo que nos diera la gana». No es una opinión extraña en China. La defiende el Gobierno y parte de la población. Pero en boca de Chan, que vive a caballo entre Hong Kong y Estados Unidos, tiene un irresistible tufo cínico.

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