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NOVEDAD EN LA CARTELERA

Los Schindler polacos

 

El matrimonio Zabinski, en su zoo. -

El matrimonio Zabinski, en su zoo. -

POR NANDO SALVÁ
18/06/2017

Mientras los proyectiles caían del cielo, los loros salían volando de sus jaulas con las alas envueltas en llamas; los monos chillaban histéricos; las cebras huían heridas, con la sangre tiñéndoles las rayas, hacia el casco antiguo de una ciudad presa del caos y la destrucción, y en la que aquellos suficientemente valientes para asomarse a la ventana sentían estar presenciando algo parecido a un castigo bíblico. Era septiembre de 1939 y el zoo de Varsovia, uno de los más famosos de Europa, sufría toda la furia del bombardeo que anunció la invasión nazi de Polonia. Pero en cuanto el humo hubo desaparecido, aquellos 300.000 metros cuadrados de jaulas y corrales se convirtieron en un santuario.

Entre 1940 y 1944, Jan y Antonina Zabinski, la pareja que dirigía el zoo, escondieron a cerca de 300 judíos y miembros de la Resistencia polaca en las jaulas y cuevas de las instalaciones. Los de apariencia más aria fueron ubicados en la propia casa de la familia, donde se hicieron pasar por sus parientes ante la peligrosa mirada de la antisemita criada; otros fueron escondidos en el sótano. Algunos permanecieron allí apenas unos días, hasta que tuvieron papeles falsificados para huir; hubo quienes se quedaron durante años, bajo la constante amenaza de ser descubiertos por los alemanes.

Hoy los Zabinski son considerados héroes de guerra como Oskar Schindler, el empresario alemán que gastó millones de marcos para sobornar a los nazis y salvar así de la muerte a 1.200 judíos; o Frank Foley, oficial de la embajada británica en Berlín que salvó a unas 10.000 personas expediéndoles pasaportes falsos. Su historia, reconstruida principalmente a partir de los diarios y memorias de Antonina, es ahora asunto de La casa de la esperanza, el biopic que el próximo viernes llega a los cines, con Jessica Chastain y Johan Heldenbergh interpretando al matrimonio.

En un primer momento, tras los bombardeos y el estallido de la guerra, Jan –que inmediatamente se unió al movimiento de resistencia polaco– vio los recovecos del zoo y sus cámaras subterráneas como un lugar ideal para esconder armas. Pero el comportamiento de un funcionario nazi lo cambió todo. Lutz Heck era director del zoológico de Berlín y había sido amigo de la familia, pero por entonces era responsable de coordinar las incautaciones de animales para el Tercer Reich. Una noche, tras haber visitado el zoo horas antes y arrebatado camellos, llamas, hipopótamos y linces a los Zabinski, Heck volvió allí borracho con unos amigos de las SS para celebrar una cacería.

Agazapada dentro de la casa, Antonina escuchó los sonidos de las risas beodas, los disparos y los alaridos de animales al ser abatidos. Aquella masacre gratuita le hizo preguntarse cuántos seres humanos perderían posteriormente sus vidas. Y entonces ella y Jan decidieron usar el zoológico para salvar a tantas personas como pudieran.

Jan convenció a Heck para que le dejara usar la propiedad como granja de cerdos para ayudar a las tropas del Tercer Reich. Empezó a viajar regularmente con su camión al gueto de Varsovia con el pretexto de recolectar restos de comida para alimentar a los cerdos, y en el proceso se dedicó a introducir comida y dinero en el barrio, y a sacar a la gente de allí hacia su casa.

Los escondidos en el zoo recibieron el nombre en código de un animal para evitar sospechas: una familia fue apodada «ardillas» porque tras intentar teñirse el pelo de rubio se les había quedado pelirrojo; un hombre recibió el sobrenombre «hámster» porque solía acurrucarse en un rincón con su mascota para leer libros. Todos estaban siempre atentos al piano que ocupaba el centro del comedor. En cuanto Antonina empezaba a tocar una pieza de Offenbach, sabían que los alemanes estaban cerca y debían esconderse.

Cuando no viajaba al gueto, Jan se dedicaba a construir bombas, hacer descarrilar trenes e incluso envenenar la carne con la que luego se alimentarían los nazis, y en 1944 participó en la operación de la Resistencia para liberar la capital. Durante su transcurso resultó herido y enviado a un campo de concentración. Poco después, Antonina fue detenida por los nazis bajo sospecha de colaboracionismo, y mandada con sus hijos a Alemania. Es casi milagroso que, al final de la guerra, marido y mujer fueran capaces de volver a casa y reunirse. Inmediatamente empezaron a reconstruir el zoo. El lugar sigue funcionando a día de hoy, y la casa de los Zabinski ha sido convertida en un museo, en el que se recuerdan las acciones clandestinas de Jan y se conservan los manuscritos de los numerosos libros infantiles que Antonina escribió en la última etapa de su vida. Todos estaban protagonizados por animales.